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La Pasión 2016 Desatada

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La Pasión 2016 Desatada

Era el verano del 2016 en Guadalajara, cuando el calor pegaba como un beso ardiente y el aire olía a tacos al pastor y a jazmines en flor. Yo, Ana, acababa de cumplir veintiocho y me sentía como una chava lista para comerse el mundo. Trabajaba en una galería de arte en el centro, rodeada de colores vibrantes y cuerpos esculpidos en bronce que me hacían soñar despierta. Pero esa noche, en el bar La Perla, todo cambió. Ahí estaba él, Diego, con su sonrisa de pendejo confiado y unos ojos negros que prometían travesuras.

Me vio desde la barra, mientras yo tomaba un michelada helada que me refrescaba la garganta seca. El sonido de la mariachi banda retumbaba, trompetas y guitarras que vibraban en el pecho como un latido acelerado.

¿Qué carajos me pasa con este wey?
pensé, mientras él se acercaba con una cerveza en la mano. Olía a colonia fresca mezclada con sudor masculino, ese aroma que te eriza la piel.

"Órale, mamacita, ¿vienes sola o esperas a alguien que te haga sudar de verdad?" dijo con voz ronca, juguetona. Reí, porque en México sabemos coquetear sin pendejadas. "Si eres capaz, carnal, pruébalo", le contesté, sintiendo ya el cosquilleo entre las piernas. Hablamos de todo: del pinche tráfico de la ciudad, de la expo de arte donde vi una escultura que parecía su torso marcado. La tensión crecía con cada roce accidental de sus dedos en mi brazo, piel contra piel, cálida y eléctrica.

Salimos a la calle, el viento nocturno lamía nuestras caras como una lengua ansiosa. Caminamos hasta su depa en Providencia, riendo y tropezando un poco por las chelas. Adentro, la luz tenue de una lámpara pintaba sombras en las paredes blancas. Me sirvió un tequila reposado, el olor fuerte y terroso subiendo por mi nariz, quemándome la lengua al primer sorbo. Esto es La Pasión 2016, pensé, recordando el calendario en mi cel que marcaba el año como el de mis deseos desbocados.

Acto uno del deseo: sus labios rozaron los míos, suaves al principio, probando como si yo fuera un mango maduro. Gemí bajito, el sabor salado de su boca mezclándose con el tequila. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría. Caí la tela al piso, quedando en brasier de encaje negro y tanga que apenas cubría mi calor húmedo. Él se quitó la camisa, revelando pecho velludo y abdomen firme, oliendo a hombre puro.

"Estás chingona, Ana", murmuró, besando mi cuello, mordisqueando la piel sensible que me hacía arquear. El sonido de su respiración agitada era música, más ronca que la banda de antes. Mis uñas arañaron su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo mis yemas. Bajé la mano a su pantalón, palpando la verga dura que saltaba como un resorte.

¡Qué madre, qué prieta y caliente!

Nos tumbamos en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio que contrastaban con nuestro sudor naciente. El segundo acto empezó lento, explorando. Lamí su pecho, saboreando la sal de su piel, bajando hasta el ombligo donde el vello oscuro me guiaba. Él me volteó, besando mis tetas, chupando los pezones rosados que se endurecían como piedras preciosas. ¡Ay, cabrón! grité en mi mente, mientras sus dedos jugaban con mi clítoris hinchado, círculos lentos que me mojaban más, el olor almizclado de mi excitación llenando la habitación.

La tensión subía como el volcán Popo en erupción. "Te quiero dentro, Diego, no mames, ya", le rogué, voz entrecortada. Él sonrió pícaro, sacando un condón del cajón —siempre responsable, qué chulo—. Se lo puso, la verga reluciente y gruesa lista para mí. Me abrí de piernas, guiándolo con la mano. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolor placer me hizo jadear, sus caderas chocando contra las mías en ritmo pausado.

El medio del clímax psicológico: platicamos entre embestidas, confesiones susurradas. "Desde que te vi, supe que eras la buena, Ana. Este año, La Pasión 2016, es nuestro", dijo él, acelerando. Yo respondí con gemidos, "Sí, pendejo, fóllame como si no hubiera mañana". El sudor nos unía, piel resbaladiza, el slap-slap de carne contra carne ahogando el tráfico lejano. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas, a chile y limón en el aire.

Sus manos amasaban mis nalgas, levantándome para penetrar más hondo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona tapatía. Mis tetas rebotaban, él las atrapaba con la boca, mordiendo suave. Sentía su verga pulsar dentro, rozando ese punto que me volvía loca.

¡No pares, Virgen de Guadalupe, dame más!
Mi clítoris frotaba su pubis, chispas de placer subiendo por la espina.

El tercer acto se avecinaba, la intensidad al tope. Me puso a cuatro patas, el espejo frente reflejando mi cara de puta en éxtasis, pelo revuelto, labios hinchados. Entró fuerte, jalándome el pelo con permiso implícito en mi "más". El sonido de sus huevos golpeando mi culo era obsceno, delicioso. Olía a nosotros, a semen contenido y jugos míos chorreando por sus muslos.

"Me vengo, Ana, córrete conmigo", gruñó. Asentí, el orgasmo rompiéndome como ola en Mazatlán. Gritamos juntos, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, leche caliente llenando el látex. Colapsamos, cuerpos temblando, pulsos galopantes sincronizados. El afterglow fue tierno: besos suaves, risas ahogadas. Su mano en mi vientre, trazando círculos perezosos.

Despertamos al amanecer, luz dorada filtrándose por las cortinas. Tomamos café negro humeante, oliendo a canela y tierra mojada de la lluvia matutina. "La Pasión 2016 no acaba aquí, ¿verdad?", preguntó él, guiñando. Sonreí, sabiendo que era el inicio de algo chido. Salí a la calle, piernas flojas pero alma plena, el recuerdo de su tacto grabado en la piel como tatuaje eterno.

Desde esa noche, cada verano evoco ese calor, ese olor, ese sabor. La Pasión 2016 desatada en mí, mexicana de hueso colorado, lista para más rondas de placer consensual y ardiente.

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