Pasión y Prejuicio Libro de Deseos
Isabella caminaba por las calles empedradas de San Miguel de Allende, con el sol de la tarde besando su piel morena. Llevaba en su bolso el Pasión y Prejuicio libro que había encontrado en una librería antigua, un tomo prohibido que olía a cuero viejo y secretos. Las páginas hablaban de amores intensos, prejuicios que se derretían como cera caliente, y pasiones que ardían sin control. Neta, cada vez que lo leía, sentía un cosquilleo en el vientre, como si las palabras se colaran bajo su blusa de algodón blanco.
Era una chava de veintiocho años, con curvas que volvían locos a los galanes del pueblo, pero con un carácter que espantaba a los pendejos superficiales. Trabajaba en una galería de arte, rodeada de ricos que presumían coches y relojes, pero ella los veía como fachas sin alma. Ese día, en la plaza principal, tropezó con él. Diego. Alto, moreno, con ojos negros que perforaban como dagas. Vestía camisa de lino impecable, pantalones ajustados que marcaban sus muslos fuertes. Era el tipo de wey que odiaba: heredero de una cadena de hoteles en la zona, presumido y arrogante.
¿Qué hace este pendejo aquí, posando como galán de telenovela?pensó ella, mientras él se agachaba a recoger el libro que se le había caído. Sus dedos rozaron los de ella, un toque eléctrico que le erizó la piel. Olía a colonia cara, madera y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.
—Pasión y Prejuicio, ¿eh? —dijo él con una sonrisa ladeada, su voz grave como un ronroneo—. Suena a lectura para solteronas románticas.
Isabella sintió que le hervía la sangre. —No seas pendejo, wey. Es un Pasión y Prejuicio libro que te vuela la cabeza. Habla de cómo el orgullo y los prejuicios se convierten en fuego puro. Pero tú no entenderías, con tu vida de fifí.
Él rio, un sonido profundo que vibró en el pecho de ella. —Prueba conmigo, entonces. Si es tan bueno, préstamelo. O mejor, cuéntame qué te prende tanto.
Se separaron con una promesa de duelo verbal, pero Isabella no podía sacárselo de la mente. Esa noche, en su casa de paredes blancas y jardín lleno de bugambilias, abrió el libro. Las letras describían besos húmedos, manos explorando piel sudorosa, y ella se imaginó a Diego. Su mano bajó por su vientre, tocando la humedad entre sus piernas. Qué rico, pensó, mientras el placer la invadía en oleadas suaves.
Al día siguiente, en la inauguración de una expo en la galería, ahí estaba él de nuevo. Traía el libro en la mano, con una ceja arqueada. —Lo leí, Isabella. Y tienes razón. Ese Pasión y Prejuicio libro es una bomba. Me dejó pensando en prejuicios... como el que tengo de ti. Pensé que eras una estirada, pero neta, eres puro fuego.
El aire entre ellos se cargó de tensión. Bailaron un son en la terraza, sus cuerpos pegados bajo las luces tenues. Ella sentía su calor a través de la tela, el roce de su pecho duro contra sus senos. Su aliento en el cuello olía a tequila y menta. —No me mires así, wey —susurró ella, pero su voz temblaba de deseo.
¿Por qué carajos me afecta tanto este pendejo? Es todo lo que odio, pero su toque me quema.
Diego la llevó a un rincón apartado, donde el aroma de jazmines flotaba pesado. Sus labios rozaron su oreja. —Déjame demostrarte que mis prejuicios contra las artistas independientes eran una mamada. Quiero saborearte, Isabella.
Ella no lo detuvo. Sus bocas se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando como en las páginas del libro. Sabía a sal y promesas, sus manos grandes amasando sus nalgas con fuerza consentida. Ella jadeó cuando él mordió su labio inferior, un pinchazo dulce que envió chispas a su clítoris.
—Vamos a mi hotel —murmuró él, y ella asintió, el corazón latiéndole como tambor de mariachi. En el coche, sus dedos jugaban bajo su falda, rozando la tela húmeda de sus panties. Ella lo tocó a través del pantalón, sintiendo la verga dura, gruesa, palpitante. Chingón, pensó, lamiéndose los labios.
La suite era un paraíso de lujo: sábanas de seda, velas parpadeando, música suave de guitarra. Se desnudaron despacio, explorando con ojos hambrientos. La piel de Diego era tersa, bronceada, con vellos oscuros que invitaban a la caricia. Sus senos se alzaron ante su mirada, pezones endurecidos como chocolate amargo. Él los lamió, succionó, haciendo que ella arqueara la espalda con gemidos roncos.
—Qué rico chupas, cabrón —dijo ella, enterrando los dedos en su cabello negro.
Él bajó, besando su vientre suave, inhalando el olor almizclado de su arousal. Sus labios encontraron su panocha depilada, lengua experta lamiendo los labios hinchados, chupando el clítoris con succión perfecta. Isabella gritó, el placer como olas del Pacífico, sus jugos cubriendo su barbilla. Él metió dos dedos, curvándolos contra su punto G, mientras su boca no paraba. Ella se corrió fuerte, temblando, el mundo explotando en colores.
Este wey sabe lo que hace, no es pendejo en la cama.
Ahora era su turno. Ella lo empujó a la cama, montándose sobre él. Su verga era impresionante, venosa, la cabeza brillante de precum. La tomó en su mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso acelerado. Lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando el salado, metiéndosela hasta la garganta. Diego gruñó, caderas alzándose. —Me vas a matar, güey.
Se posicionó sobre él, guiando la verga a su entrada húmeda. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirla estirarla, llenarla por completo. Era perfecto, grueso, tocando todos sus nervios. Cabalgó con ritmo, senos rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él la sujetó por las caderas, embistiendo arriba, piel contra piel en palmadas húmedas. El olor a sexo llenaba la habitación, sudor mezclándose, gemidos entremezclados.
Cambiaron posiciones: él atrás, penetrándola profundo, una mano en su clítoris frotando círculos. Ella empujaba contra él, pidiendo más. —Dame duro, Diego, no seas suave —exigió, y él obedeció, follándola con fuerza animal, bolas golpeando su culo. El orgasmo la alcanzó como tormenta, contrayéndose alrededor de su verga, gritando su nombre.
Él se corrió segundos después, llenándola con chorros calientes, rugiendo de placer. Colapsaron juntos, cuerpos enredados, respiraciones agitadas. Su piel pegajosa, el corazón de él latiendo contra su espalda.
Después, en la calma del afterglow, Diego la besó suave. —Mis prejuicios se fueron al carajo, Isabella. Eres mi Pasión y Prejuicio libro vivo.
Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.
Neta, este pendejo me conquistó. Y qué chido se siente.El libro yacía en la mesita, testigo de su entrega. Afuera, la noche de San Miguel susurraba promesas de más noches así, sin prejuicios, solo pasión pura.