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La Pasion de Cristo Pelicula Completa en Espanol Desata Nuestra Lujuria Sagrada

7088 palabras

La Pasion de Cristo Pelicula Completa en Espanol Desata Nuestra Lujuria Sagrada

Era una noche de tormenta en el DF, de esas que te hacen querer acurrucarte bajo las cobijas con tu carnal. Yo, Ana, estaba en el depa de Marco, mi amor de años, con el olor a café recién hecho flotando en el aire y el trueno retumbando como si el cielo se estuviera quejando. Órale, pensé, qué chido estar aquí en vez de sola en mi cuarto. Marco, ese pendejo guapo con ojos cafés que me derriten, me jaló al sofá con una sonrisa pícara.

"Vamos a ver una película, mi reina", me dijo, mientras su mano rozaba mi muslo por debajo de la falda corta que me había puesto a propósito. Su piel cálida contra la mía mandó un escalofrío directo a mi entrepierna. Saqué el control remoto y empecé a buscar en el streaming. "La pasion de cristo pelicula completa en español", tecleé en la barra de búsqueda, neta no sé por qué, pero algo en el título me llamó. Quizás el morbo de lo prohibido, esa intensidad religiosa que siempre me ha puesto la piel chinita.

Apareció el link, y la pusimos a correr. La pantalla se llenó de imágenes crudas: el sudor en la frente de Jesús, los latigazos que sonaban como chasquidos en mi cabeza, el aroma imaginario a sangre y tierra húmeda. Me recargué en el pecho de Marco, sintiendo su corazón latiendo fuerte bajo mi oreja.

¿Por qué esto me excita tanto? Esa entrega total, ese dolor mezclado con éxtasis...
Su aliento caliente en mi cuello olía a tequila suave de la cena, y su mano subió despacito por mi pierna, rozando el encaje de mis panties.

En la película, los clavos atravesando la carne, los gemidos de agonía. Yo apreté las piernas, sintiendo cómo mi chucha empezaba a humedecerse. Marco lo notó, el cabrón, y murmuró: "Estás caliente, ¿verdad, amor?" Su voz ronca me erizó los vellos. Asentí, mordiéndome el labio, mientras la lluvia azotaba las ventanas como dedos impacientes.

Acto primero de nuestra propia pasión: el deseo inicial. Nos besamos lento al principio, sus labios suaves saboreando los míos como si fueran miel de maguey. Lenguas enredándose, el sabor salado de su boca mezclándose con el mío. Sus manos expertas desabrocharon mi blusa, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. "Qué ricas estás, Ana", gruñó, lamiendo uno con la lengua áspera que me hizo arquear la espalda.

Pero no paramos la película. La dejamos de fondo, el sonido de los azotes sincronizándose con los míos cuando me pellizcó suave. Me quitó la falda, sus dedos explorando mi humedad. ¡Ay, wey! Olía a mi propia excitación, ese musk dulce que llena el cuarto. Él se bajó los pantalones, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando como si tuviera vida propia. La toqué, sintiendo el calor irradiando, la piel sedosa sobre el acero debajo.

Nos frotamos mutuamente, yo masturbándolo despacio, él metiendo dos dedos en mí, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. "Dame más, Marco, no pares", jadeé, mi voz ahogada por los gritos de la película. El conflicto interno me carcomía:

Esto es pecaminoso, pero qué chingón se siente. Como si estuviéramos profanando lo sagrado con nuestro fuego.
La tensión crecía, nuestros cuerpos sudados pegándose, el sofá crujiendo bajo nosotros.

Pasamos al medio tiempo, la escalada. Pausamos la peli en la escena de la cruz, esa entrega absoluta. Marco me cargó a la cama, sus músculos tensos bajo mis manos, oliendo a hombre puro: sudor, colonia barata y deseo crudo. Me tiró sobre las sábanas frescas, el colchón hundiéndose con nuestro peso. Besó mi cuello, mordisqueando, dejando marcas rojas que arderían mañana como trofeos.

Yo lo volteé, queriendo dominar un rato. "Ahora yo, pendejo", le dije riendo, montándome en su cara. Su lengua atacó mi clítoris como un loco, chupando, lamiendo, metiéndose adentro. Saboreaba mis jugos, gimiendo contra mi carne. ¡Qué rico, carnal! Mis caderas se movían solas, grinding contra su boca barbuda que raspaba delicioso. El cuarto apestaba a sexo, a piel mojada, a lluvia filtrándose por la ventana.

Lo sentí tensarse debajo, su verga goteando pre-semen que lamí como helado derretido, salado y espeso en mi lengua. Lo chupé profundo, garganta relajada, oyendo sus gruñidos guturales: "¡Ana, me vas a matar, pinche diosa!" Jugamos así, edgeando, parando justo antes del clímax. Mis tetas rebotaban, pezones rozando su vientre, enviando chispas eléctricas. Internamente luchaba:

Quiero que dure, que esta pasión nos consuma como la cruz en la película.
Sus dedos en mi culo, masajeando el anillo apretado, prometiendo más.

La intensidad subía como la tormenta afuera. Me puse a cuatro, ofreciéndole mi culo redondo. Él se colocó atrás, frotando su cabeza hinchada contra mi entrada. "¿Quieres que te chupe, mi amor?", preguntó, siempre consensual, siempre atento. "Sí, chíngame duro pero con amor", respondí, empujando contra él. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolor placer inicial se convirtió en puro fuego cuando bottomed out, sus bolas golpeando mi clítoris.

Empezó a bombear, lento al principio, luego acelerando. Cada embestida un plaf húmedo, piel contra piel, sudor volando. Agarraba mis caderas, uñas clavándose leve, mientras yo me tocaba el clítoris, círculos rápidos. Gemidos mezclados con truenos, el olor a corrida inminente en el aire. "Eres mía, Ana, toda mía", jadeaba él, y yo: "Y tú mi Cristo personal, fóllame hasta el cielo". La psicología se entretejía: su vulnerabilidad en los ojos, mi entrega total, como la película que habíamos dejado atrás.

El clímax se acercaba, pulsos acelerados, músculos temblando. Cambiamos a misionero, cara a cara, besándonos feroz mientras él me taladraba profundo. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes, mi chucha contrayéndose alrededor. "Vente conmigo, amor", supliqué, y explotamos juntos. Mi orgasmo como olas, squirteando un poco en sus bolas, grito ahogado en su hombro. Él se vació dentro, chorros calientes pintando mis entrañas, gruñendo mi nombre.

El final, el afterglow. Colapsamos enredados, respiraciones jadeantes calmándose, piel pegajosa enfriándose. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El olor a semen y sudor impregnaba las sábanas, la lluvia un susurro de fondo. Marco me acarició el pelo, susurrando: "Fue como nuestra propia pasión de cristo, ¿no?" Reí bajito,

Qué cabrón, pero neta, lo fue. Sagrado y sucio a la vez.

Nos quedamos así, reflexionando en silencio. Mañana dolerían los músculos, pero valdría la pena. Esa noche, la película había sido solo el detonante para nuestra lujuria eterna, un lazo más fuerte entre nosotros. El trueno lejano selló el momento, prometiendo más tormentas de placer.

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