Canal Pasiones en Vivo Enciende Mi Deseo
La noche en mi depa de la Roma estaba cargada de ese calor bochornoso que te pega la blusa al cuerpo como si quisiera fundirse contigo. Me tiré en el sillón con una chela fría en la mano, el ventilador zumbando como loco arriba, pero ni así bajaba la temperatura. Neta, qué pinche aburrimiento. Agarré el control remoto y empecé a zapear por los canales, hasta que di con él: Canal Pasiones en Vivo. El logo brillaba en rojo pasión, con unas curvas insinuantes que ya me pusieron la piel chinita.
En la pantalla, una morra bien buena, de esas que parecen salidas de un sueño húmedo, se retorcía de placer mientras un vato le comía el cuello. Sus gemidos salían del bocina como un susurro ronco, "Ay, papi, más adentro", y el sonido me erizó los vellos de los brazos. Olía a mi perfume mezclado con el sudor que empezaba a perlarme la frente. Me acomodé mejor, cruzando las piernas, sintiendo ya ese cosquilleo traicionero entre los muslos.
¿Por qué carajos no tengo a alguien aquí ahorita?pensé, mientras la cámara hacía zoom en sus tetas perfectas, subiendo y bajando con cada jadeo.
El vato en la tele era puro músculo, con tatuajes que se movían como serpientes vivas bajo su piel morena. La penetraba despacio al principio, con esa tensión que te hace morderte el labio, y ella arqueaba la espalda como si quisiera tragárselo entero. Yo no pude aguantar más; metí la mano por debajo de mi falda corta, rozando la tanga ya húmeda. El tacto de mis propios dedos era eléctrico, suave como terciopelo mojado. Órale, qué rico se sentía. El aire olía a mi excitación, ese aroma almizclado que te traiciona y te enciende más.
Pero justo cuando estaba a punto de perderme del todo, sonó el timbre. ¿Quién chingados a estas horas? Me levanté de un brinco, acomodándome la ropa como pude, el corazón latiéndome a mil. Abrí la puerta y ahí estaba Marco, mi vecino del piso de arriba, el güey que siempre me guiña el ojo en el elevador. Alto, con esa barba de tres días que me dan ganas de lamer, y una sonrisa pícara que gritaba problemas.
—Wey, ¿qué pedo? ¿Vienes a pedirme azúcar o qué? —le dije, tratando de sonar casual, pero mi voz salió ronca, traidora.
Él se rió, entrando sin invitación, con una botella de tequila en la mano.
—Neta, Ana, oí la tele a todo volumen desde arriba. ¿Canal Pasiones en Vivo? ¿Estás sola y caliente? —me soltó, directo al grano, mientras sus ojos bajaban por mi cuerpo como caricias invisibles.
Me quedé muda un segundo, el pulso retumbándome en las sienes.
Este pendejo sabe exactamente qué decir.En lugar de negarlo, lo jalé adentro y cerré la puerta. La pantalla seguía encendida, la pareja ahora en doggy style, los cuerpos chocando con un plaf plaf rítmico que llenaba la habitación. Marco dejó la chela en la mesa y se acercó, su calor corporal invadiendo mi espacio.
—¿Quieres unirte al show? —murmuró, su aliento oliendo a menta y deseo, mientras ponía una mano en mi cintura.
Yo asentí, sin palabras, el deseo ardiéndome por dentro como chile en nogada. Nos besamos ahí mismo, frente a la tele, sus labios firmes y urgentes devorando los míos. Sabían a tequila y a promesas sucias. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el bra, y cuando mis tetas quedaron libres, él las tomó con avidez, pellizcando los pezones hasta que gimí contra su boca. El sonido de la tele se mezclaba con nuestros jadeos, como si fuéramos parte del Canal Pasiones en Vivo.
Me empujó suave contra el sillón, quitándome la falda de un tirón. Quedé en tanga, expuesta, vulnerable y jodidamente excitada. Él se arrodilló entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, el roce de su barba raspándome la piel sensible. "Estás empapada, preciosa", dijo, y metió un dedo por el costado de la tela, rozando mi clítoris hinchado. El placer fue como un rayo, mis caderas se alzaron solas, buscando más. Olía a sexo puro, a mi humedad y a su colonia varonil.
Le quité la playera, admirando su pecho ancho, los abdominales que se contraían bajo mis uñas. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra presionando contra la tela. Qué chingona, gruesa y palpitante. La saqué, acariciándola despacio, el calor de su piel en mi palma me hacía salivar. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho, y me quitó la tanga de un jalón.
En la tele, la morra gritaba su orgasmo, pero nosotros íbamos a nuestro ritmo, construyendo la tensión como maestros. Marco lamió mi panocha con hambre, su lengua plana y caliente trazando círculos en mi clítoris. "¡Marco, no pares, cabrón!" le supliqué, enredando los dedos en su pelo. Cada lamida era fuego líquido, mis jugos cubriéndole la barbilla, el sabor salado que él chupaba con deleite. Mis muslos temblaban, el sudor nos pegaba, el ventilador solo avivaba el calor.
Lo jalé arriba, queriendo sentirlo dentro. Él se puso un condón rápido —siempre precavido, el güey— y se hundió en mí de una embestida lenta, deliciosa. "¡Ay, wey, qué rico!" grité, mis paredes apretándolo como un puño. Empezó a moverse, primero suave, rozando ese punto dentro que me volvía loca, nuestros cuerpos chocando con sonidos húmedos y obscenos. Lo monté después, cabalgándolo en el sillón, mis tetas rebotando, sus manos en mi culo guiándome. El olor a sexo impregnaba todo, mezclado con el jazmín del balcón y el tequila derramado.
La tensión subía como olla exprés, mis uñas clavadas en su pecho, sus caderas dándome todo.
Esto es mejor que cualquier Canal Pasiones en Vivo, pensé, mientras el orgasmo me barría como tsunami. Grité su nombre, contrayéndome alrededor de él, el placer explotando en chispas detrás de mis ojos. Él me siguió segundos después, gruñendo profundo, su verga pulsando dentro de mí, llenando el condón con su leche caliente.
Nos quedamos así, jadeantes, pegados de sudor, la tele ya en comerciales pero nosotros en nuestro propio afterglow. Marco me besó la frente, suave ahora, y yo me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. "¿Repetimos con la cámara prendida la próxima?" bromeó, y yo reí, sintiendo esa calidez post-sexo que te hace sentir invencible.
Apagué la tele, pero el Canal Pasiones en Vivo ya había hecho su magia. Esa noche, en mi depa de la Roma, descubrimos que las pasiones reales no necesitan pantalla; solo dos cuerpos dispuestos a arder juntos. Y neta, qué chido fue.