Pasión X Cuba
Llegué a La Habana con el sol quemándome la piel, el aire cargado de sal marina y ese olor a ron que te envuelve como un abrazo caliente. Soy Raúl, un chilango de pura cepa, de esos que se la pasan en el DF soñando con playas y aventuras. Neta, necesitaba un break del pinche tráfico y las juntas eternas. Cuba me llamaba, con sus ritmos calientes y sus mujeres que te miran como si ya supieran tus secretos.
Me instalé en un casa particular cerca del Malecón, de esas casitas coloniales con balcones que dan al mar. Esa noche, salí a buscar acción en un bar de la Habana Vieja. El lugar estaba a reventar: salsa retumbando en los parlantes, sudor mezclado con perfume barato y humo de tabaco. Pedí un mojito, bien cargado, y ahí la vi. Se llamaba Isabella, una cubana de curvas que quitaban el hipo, con el pelo negro como la noche cayéndole en ondas por la espalda. Llevaba un vestido rojo ajustado que marcaba cada movimiento, y unos ojos verdes que te clavaban en el sitio.
—¿Qué hace un mexicano como tú por acá, guapo? —me dijo con esa voz ronca, acercándose al mostrador con una sonrisa pícara.
Le contesté con mi mejor acento chilango: —Neta, vine por la pasión x Cuba, wey. Dicen que aquí se siente en el aire.
Se rio, un sonido como campanas en la brisa caribeña, y pidió un trago. Hablamos de todo: de la salsa que nos movía los huesos, de cómo en México extrañamos el mar, de sus sueños de bailar en escenarios grandes. Su piel olía a coco y flores tropicales, y cada vez que se inclinaba, sentía el calor de su cuerpo rozando el mío.
Órale, Raúl, esta morra es fuego puro. No la cagues, me dije mientras su mano rozaba mi brazo accidentalmente. O no tan accidental.
La música subió de volumen, y me jaló a la pista. Bailamos pegados, sus caderas ondulando contra las mías al ritmo de la rumba. Sentía su aliento en mi cuello, caliente y dulce por el ron, el sudor perlando su escote. Mis manos bajaron a su cintura, apretando esa carne firme y suave. Ella se arqueó contra mí, gimiendo bajito al oído: —Me gustas, mexicano. Tienes ese fuego que nos falta aquí.
El deseo crecía como una ola, latiendo en mis venas. Cada giro, cada roce, era una promesa. Salimos del bar tomados de la mano, el aire nocturno fresco contra nuestra piel ardiente. Caminamos por calles empedradas, iluminadas por faroles antiguos, hasta su apartamento en un edificio viejo pero coqueto, con vistas al mar.
Adentro, el lugar era un nido de sensaciones: velas parpadeando, música suave de fondo, el aroma a jazmín y algo más profundo, como almizcle. Se giró hacia mí, sus labios entreabiertos, y me besó. Fue como un rayo: sus labios suaves, jugosos, saboreando a ron y pasión. Mis manos exploraron su espalda, bajando hasta sus nalgas redondas, apretándolas mientras ella gemía en mi boca.
—Te quiero, Raúl —susurró, quitándome la camisa con urgencia. Sus uñas rozaron mi pecho, enviando chispas por mi espina dorsal. Yo deslicé el vestido por sus hombros, revelando pechos perfectos, oscuros pezones endurecidos por el deseo. Los besé, lamiendo esa piel salada, sintiendo cómo se erizaba bajo mi lengua. Ella jadeó, arqueando la espalda, sus dedos enredados en mi pelo.
Esto es la neta del planeta, carnal. Su cuerpo es un templo, y yo soy el devoto, pensé mientras la cargaba al cuarto. La acosté en la cama, sábanas frescas contra su piel caliente. Me quité el resto de la ropa, y ella me miró con hambre, mordiéndose el labio. —Ven, papi, dame todo.
Me tendí sobre ella, piel contra piel, el calor de nuestros cuerpos fundiéndose. Besé su cuello, bajando por el valle de sus senos, mordisqueando suave hasta que gimió fuerte. Mis manos bajaron entre sus muslos, encontrándola húmeda, lista. Sus jugos calientes cubrieron mis dedos mientras la acariciaba, círculos lentos que la hacían retorcerse. —¡Ay, sí! Más, mexicano cabrón —gruñó, con esa voz que me ponía la verga como piedra.
La tensión era insoportable, un pulso acelerado en mi pecho, el olor a sexo llenando la habitación. La penetré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes me apretaban, calientes y sedosas. Ella clavó las uñas en mi espalda, un dolor placentero que me impulsaba más profundo. Empezamos un ritmo lento, sus caderas subiendo a mi encuentro, el sonido de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos.
La volteé, poniéndola encima. Isabella cabalgó como una diosa, sus tetas botando al ritmo, sudor brillando en su piel morena bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Agarré sus nalgas, guiándola, mientras ella gritaba: —¡Duro, Raúl! ¡Fóllame como en México! Sentía su coño apretándome, ordeñándome, el clímax acercándose como un tren.
La puse de rodillas, embistiéndola por detrás. Su culo perfecto rebotando contra mi pelvis, el slap-slap ecoando. Alcé una mano y le di una nalgada juguetona —¡Pendejo! —rio ella, empujando hacia atrás. El olor a sudor y excitación era embriagador, su pelo desordenado, gemidos roncos. Aceleré, sintiendo el orgasmo subir desde mis huevos, un fuego que me consumía.
—¡Me vengo, Isabella! —rugí, y ella apretó más, su propio clímax explotando. Su coño se contrajo en espasmos, ordeñándome mientras yo la llenaba, chorros calientes que nos unían en éxtasis. Colapsamos juntos, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas. El mar rugía afuera, como aplaudiendo.
Nos quedamos así, enredados, su cabeza en mi pecho. El afterglow era puro: piel pegajosa, besos suaves, risas bajitas. —Esto fue pasión x Cuba, mi amor —le dije, acariciando su pelo. Ella sonrió, trazando círculos en mi piel con el dedo.
—Quédate un rato más, chilango. Hay más noches como esta.
Neta, Cuba no es solo un lugar. Es un sentimiento que te cambia la sangre. Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, supe que volvería. Por ella, por esa pasión que cruza océanos.