Abismo de Pasión Capítulo 3 Descenso al Éxtasis
La noche en Polanco se extendía como un manto de luces neón y susurros calientes. Ana se recargaba en el balcón del hotel, con el aire fresco de la ciudad rozando su piel desnuda bajo el kimono de seda negra. El olor a jazmín del jardín abajo se mezclaba con el humo distante de los taquitos callejeros, recordándole que México DF nunca duerme. Hacía semanas que no veía a Marco, ese macho que la volvía loca con solo una mirada. Su corazón latía fuerte, como tamborazo zacatecano, mientras repasaba en su mente los encuentros pasados.
¿Será esta la vez que caiga de lleno en este abismo de pasión capítulo 3 de nuestra historia prohibida?pensó, mordiéndose el labio.
El sonido de la llave electrónica rompió el silencio. Marco entró, alto, moreno, con esa camisa guayabera ajustada que marcaba sus pectorales duros como rocas de Teotihuacán. Sus ojos cafés la devoraron de inmediato. "Ana, mi reina, neta que te extrañé chingo", murmuró con voz ronca, acercándose con pasos felinos. Ella sintió un cosquilleo en el vientre, el calor subiendo por sus muslos. Lo abrazó fuerte, inhalando su colonia terrosa mezclada con sudor fresco de la noche. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como en una salsa candente.
La tensión del principio era palpable. Ana se apartó un poco, jadeando. "Marco, ¿y si esto nos destruye? Tú con tu carnal en la oficina, yo con mi pinche ex que no suelta". Él la miró serio, pasando los dedos por su cuello, erizando su piel. "No mames, güey, aquí no hay drama. Solo tú y yo, puro fuego". La llevó a la cama king size, donde las sábanas blancas olían a lavanda recién planchada. Se sentaron, piernas entrelazadas, y hablaron bajito de sus días. Ella le contó de su clase de yoga en Reforma, cómo el instructor la ponía caliente pero no como él. Marco rio, "Ese pendejo no te llega ni a los talones", y la besó el hombro, saboreando la sal de su piel.
El deseo crecía lento, como el hervor de un mole poblano. Marco desató el kimono de Ana, dejando que cayera al piso con un susurro sedoso. Sus pechos se liberaron, pezones endurecidos por el aire acondicionado y la anticipación. Él los admiró, pasando la lengua por uno, succionando suave. Ana gimió, arqueando la espalda, sintiendo el roce áspero de su barba incipiente contra su carne sensible.
¡Ay, Diosito, este hombre me va a matar de placer!Su mano bajó por el abdomen plano de él, desabrochando el cinturón con dedos temblorosos. El pantalón cayó, revelando su erección dura, palpitante, con ese aroma almizclado que la enloquecía.
Se tumbaron, cuerpos pegados, piel con piel. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de Insurgentes. Ana exploró su pecho con las uñas, dejando rastros rojos que lo hacían gruñir. "Qué rica estás, carnala", susurró él, metiendo la mano entre sus piernas. Sus dedos encontraron su humedad, resbaladiza como miel de maguey. La acarició en círculos lentos, presionando el clítoris hinchado. Ana se retorció, el placer subiendo en oleadas, mordiendo su hombro para no gritar. El sabor salado de su sudor en la boca la volvía más salvaje.
Pero había un conflicto interno. Ana dudaba, recordando cómo empezó todo en una fiesta en Coyoacán. Capítulo 1: miradas robadas. Capítulo 2: besos en el auto bajo la lluvia. Ahora, este abismo de pasión capítulo 3 amenazaba con tragárselos. "¿Y si nos ven? Mi jefa es chismosa", jadeó ella mientras él lamía su ombligo. Marco levantó la vista, ojos brillando. "Que se chinguen todos. Tú eres mía esta noche". La volteó boca abajo, besando su espalda, bajando hasta las nalgas firmes. Sus manos amasaron la carne, separándola para lamer su entrada secreta. Ana chilló de sorpresa y deleite, el calor húmedo de su lengua enviando chispas por su espina.
La intensidad escalaba. Ella se giró, empujándolo sobre las almohadas. "Ahora yo mando, rey", dijo con voz juguetona, montándose a horcajadas. Su sexo rozó el de él, lubricándose mutuamente en un baile erótico. El roce era eléctrico, piel resbaladiza, pulsos acelerados latiendo juntos. Ana se hundió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. "¡Qué chingón te sientes!", exclamó, comenzando a moverse, caderas ondulando como en un huapango. Marco la sujetó por las caderas, embistiéndola desde abajo, el slap-slap de carne contra carne resonando como aplausos en un palenque.
El sudor perlaba sus cuerpos, goteando como rocío matutino. Olía a sexo puro, almizcle y feromonas, con toques de su perfume caro. Ana aceleró, pechos rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él pellizcaba sus pezones, tirando suave, enviando descargas directas a su centro.
Esto es el abismo, puro vicio del que no quiero salir, pensó ella, perdida en el ritmo. Marco se incorporó, abrazándola fuerte, besándola mientras follaban sentados. Sus lenguas se enredaban, sabores mezclados de saliva y pasión.
El clímax se acercaba como tormenta en el Popo. Ana sintió el nudo en el vientre apretarse, músculos contrayéndose alrededor de él. "¡Ya, Marco, no aguanto!", gritó. Él redobló, gruñendo "¡Ven conmigo, mi amor!". El orgasmo la golpeó como rayo, olas de placer sacudiéndola, visión nublada, grito ahogado en su cuello. Marco explotó segundos después, caliente y profundo, llenándola con su esencia. Se quedaron temblando, unidos, respiraciones entrecortadas.
En el afterglow, se recostaron, piernas enredadas. El aire olía a ellos, satisfechos. Marco acariciaba su cabello húmedo. "Neta, Ana, esto es lo mejor que me ha pasado". Ella sonrió, besando su pecho. "Sí, pero sigamos en secreto, ¿va?". Reflexionaron sobre su conexión, más profunda que el mero sexo. Este abismo de pasión capítulo 3 los había unido más, dejando un anhelo por el siguiente. La ciudad ronroneaba afuera, testigo muda de su fuego.
Ana se acurrucó, sintiendo su calor envolvente. Mañana volverían a sus vidas: ella a su agencia en Santa Fe, él a sus reuniones en Lomas. Pero en el fondo, sabían que el deseo renacería, llamándolos de vuelta al borde. El sueño los venció, envueltos en sábanas revueltas, con el eco de sus gemidos aún flotando en el aire.