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Echar Pasión en la Caleta Secreta

6749 palabras

Echar Pasión en la Caleta Secreta

El sol se hundía en el Pacífico como una bola de fuego, tiñendo el cielo de Puerto Vallarta con tonos naranjas y rosados. Yo, Ana, acababa de llegar a esa caleta escondida, un rincón de playa que solo los locales conocemos, lejos del bullicio turístico. El aire olía a sal marina mezclada con el humo de las fogatas que empezaban a encenderse. Mis pies se hundían en la arena tibia, aún caliente del día, y el sonido de las olas rompiendo suave me relajaba los nervios. Había venido sola, huyendo del estrés de la ciudad, con un bikini rojo que apenas contenía mis curvas y un pareo que ondeaba con la brisa.

Allí estaba él, Diego, recargado contra una palmera, con una cerveza fría en la mano. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que grita mexicano de pura cepa. Sus ojos cafés me barrieron de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en la piel, como si ya me estuviera desnudando con la mirada. Me acerqué al grupo donde tocaban guitarra y cantaban rancheras bajito, pidiendo un trago de tequila. Él se acercó, ofreciéndome su botella.

—Prueba este, mamacita. Es del bueno, de Tequila.

Su voz ronca me erizó la nuca. Tomé un sorbo, el líquido ardiente bajando por mi garganta, despertando un fuego en el estómago. Charlamos de tonterías: el mar, la vida en la costa, cómo el pinche tráfico de Guadalajara lo tenía harto. Pero debajo de las palabras, había chispas. Sus roces casuales al pasarme la botella, el modo en que su mano rozaba mi brazo. Mi corazón latía más rápido, y entre mis piernas sentía esa humedad traicionera que delataba mi deseo.

La noche cayó como un manto estrellado. La fogata crepitaba, lanzando chispas al aire, y el olor a leña quemada se mezclaba con el de su colonia, algo fresco y masculino. Bailamos un poco, sus caderas pegadas a las mías al ritmo de una cumbia que alguien puso en el Bluetooth. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, y en vez de alejarme, me pegué más.

¿Qué carajos me pasa? Este carnal me tiene loca con solo mirarme.
Sus manos bajaron a mi cintura, apretando posesivo.

Nos alejamos del grupo, caminando por la orilla. El agua lamía nuestros pies, fría contrastando con el calor de nuestros cuerpos. Se detuvo, me jaló hacia él y me besó. Dios, qué beso. Sus labios carnosos sabían a tequila y sal, su lengua invadiendo mi boca con hambre. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto. El mundo se redujo a eso: su aliento caliente en mi cuello, sus dientes mordisqueando mi oreja.

—Ven conmigo —murmuró, su voz temblorosa de ganas.

Lo seguí a una cabaña rústica al final de la caleta, iluminada por velas. Adentro olía a madera y jazmín silvestre. Cerró la puerta y me arrinconó contra la pared, sus manos desatando mi pareo con urgencia. Mi bikini voló al piso, y quedé expuesta, mis pechos subiendo y bajando con cada respiración agitada. Él se quitó la camisa, revelando un torso marcado por el sol, músculos que brillaban con sudor fino.

Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó a la cama king size cubierta de sábanas blancas. Me recostó suave, pero sus ojos ardían. Besó mi cuello, bajando lento por mi clavícula, lamiendo el sudor salado de mi piel. Sus manos amasaban mis senos, pulgares rozando mis pezones duros como piedras. Qué rico se siente, pensé, arqueándome hacia él. Gemí cuando chupó uno, tirando suave con los dientes, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris palpitante.

Estás chingona, Ana. Quiero comerte entera —gruñó, bajando más.

Su boca llegó a mi ombligo, luego a mis muslos internos. Los separó con reverencia, inhalando profundo mi aroma de excitación. Su lengua trazó líneas lentas por mis labios mayores, saboreando la humedad que ya chorreaba. Entró en mí, lamiendo mi clítoris con maestría, chupando como si fuera el néctar más dulce. Mis caderas se movían solas, follándole la cara, mis uñas clavadas en sus hombros. El sonido de sus lamidas obscenas, mezclado con mis jadeos, llenaba la habitación. Olía a sexo puro, a mi esencia mezclada con su saliva.

Lo jalé hacia arriba, desesperada por sentirlo dentro. Le bajé el short, liberando su verga gruesa, venosa, apuntando al techo. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. La masturbé lento, viendo cómo sus ojos se ponían vidriosos.

Echame pasión, Diego. Fóllame duro —le rogué, mi voz ronca.

Se puso condón rápido —gracias a Dios por los responsables— y se posicionó entre mis piernas. Entró despacio al principio, estirándome delicioso, centímetro a centímetro. Gemimos al unísono cuando sus bolas chocaron contra mi culo. Empezó a moverse, lento, profundo, sus caderas girando para rozar ese punto dentro de mí que me volvía loca. El slap-slap de piel contra piel, el crujir de la cama, sus gruñidos animales... todo me llevaba al borde.

Aceleró, embistiéndome con fuerza, sus manos sujetando mis muñecas sobre mi cabeza. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavándole los talones. Sudábamos como locos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Olía a nosotros, a sexo crudo y sudor, el aire cargado de feromonas. Sus labios capturaron los míos en un beso salvaje mientras me penetraba sin piedad.

No puedo más, se me viene el agua...
Mi orgasmo explotó como ola gigante, contrayéndome alrededor de su verga, gritando su nombre. Él siguió bombeando, prolongando mi placer hasta que rugió, tensándose todo, llenando el condón con chorros calientes. Colapsó sobre mí, nuestros pechos agitados uno contra el otro, respiraciones entrecortadas.

Nos quedamos así un rato, enredados, el ventilador zumbando perezoso sobre nosotros. Su peso era reconfortante, su piel pegajosa contra la mía. Besó mi frente, suave ahora, tierno.

Qué chido fue eso, ¿verdad? Echar pasión así, sin prisas —dijo, riendo bajito.

Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón volver a normal. Afuera, las olas seguían su ritmo eterno, y las estrellas brillaban como testigos. Por primera vez en meses, me sentía viva, completa. No sabía si esto sería una noche sola o más, pero en ese momento, no importaba. Habíamos echado pasión pura, mexicana, del alma.

Al amanecer, nos despertamos con besos perezosos y otra ronda más lenta, exploratoria. Sus dedos trazando mis curvas, mi boca devorando su verga hasta hacerlo gemir. Terminamos exhaustos, riendo como pendejos, planeando el día en la playa. La caleta secreta guardaría nuestro secreto, pero yo llevaría esa pasión en la piel para siempre.

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