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La Pasion Desnuda del Actor que Protagoniza la Pasion de Cristo

6359 palabras

La Pasion Desnuda del Actor que Protagoniza la Pasion de Cristo

Estaba en el corazón de la Ciudad de México, en uno de esos festivales de cine que arman en el Palacio de Bellas Artes, con el aire cargado de humedad y el olor a elotes asados flotando desde los puestos callejeros. Yo, Lupita, una chava de veintiocho años que trabaja en producción de comerciales, nunca pensé que mi vida daría un vuelco esa noche. Había ido por curiosidad, pero cuando vi su foto en el cartel, el actor que protagoniza la Pasion de Cristo, mi corazón dio un brinco. Jim Caviezel, con esos ojos profundos y esa mandíbula que parecía tallada por Dios mismo, estaba de visita para una charla sobre fe y cine. Órale, pensé, este güey es el hombre que me ha hecho fantasear desde que vi la película en el cine de mi barrio.

La sala estaba a reventar, llena de fans gritando y aplaudiendo. Me colé hasta la primera fila, sintiendo el roce de cuerpos sudados y el zumbido de las luces. Cuando salió al escenario, alto, imponente, con una camisa blanca que se le pegaba al pecho por el calor, olía a colonia cara mezclada con algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia. Sus palabras resonaban graves, hablando de sacrificio y redención, pero yo solo podía imaginar esas manos fuertes sobre mi piel.

¿Qué carajos estoy pensando? Es el actor que protagoniza la Pasion de Cristo, no un pinche galán de telenovela
, me dije, pero mi cuerpo no escuchaba. Mis pezones se endurecieron bajo la blusa ligera, y entre las piernas sentí ese calor traicionero que me hacía apretar los muslos.

Después de la plática, en la recepción con copas de tequila reposado, me armé de valor. Me acerqué con una sonrisa coqueta, mi falda corta ondeando con la brisa del ventilador. "Oye, Jim, qué chingón verte en persona. Soy Lupita, fan tuya desde que vi La Pasion de Cristo. Ese papel... uf, me dejó marcada". Él se rio, una risa profunda que vibró en mi pecho, y me miró con esos ojos azules que parecían ver hasta mi alma. "Gracias, Lupita. México siempre me recibe con brazos abiertos". Su acento gringo envuelto en español torpe me derritió. Hablamos de todo: de la fe, del cine mexicano, de lo loco que es el DF. Sentí su mano rozar mi brazo al pasarme el vaso, un toque eléctrico que me erizó la piel. El tequila bajaba ardiente por mi garganta, y con cada sorbo, la tensión crecía. Quiere algo este cabrón, pensé, viendo cómo sus ojos bajaban a mis labios.

La noche avanzaba, la fiesta se ponía más loca con mariachis tocando en vivo y el humo de cigarros cubanos flotando. "Ven, caminemos un rato", me dijo, y salimos a las calles iluminadas por faroles, el bullicio de autos y vendedores ambulantes de fondo. El aire nocturno era fresco, pero mi piel ardía. Caminamos por el Zócalo, hablando de deseos reprimidos, de cómo su papel como Jesús lo había cambiado. "A veces extraño ser solo un hombre, Lupita", confesó, deteniéndose bajo un arco de luces. Su aliento olía a tequila y menta, y cuando me volteó a ver, supe que era el momento. Lo besé primero, mis labios suaves contra los suyos firmes, un beso que empezó tierno pero explotó en hambre. Sus manos grandes me tomaron la cintura, atrayéndome contra su cuerpo duro. Sentí su erección presionando mi vientre, gruesa y pulsante bajo los pantalones.

¡Qué verga tan choncha tiene este pendejo!
Mi mente gritaba mientras mi lengua danzaba con la suya, saboreando su saliva dulce.

Terminamos en su hotel en Reforma, un lugar chueco con vistas a la torre de Pemex parpadeante. El elevador subía lento, nuestras manos explorando ya: yo palpando su pecho peludo bajo la camisa desabotonada, él metiendo la mano bajo mi falda, rozando mis bragas empapadas. "Estás mojada, preciosa", murmuró en mi oído, su voz ronca enviando ondas de placer directo a mi clítoris. Entramos a la suite, el olor a sábanas frescas y su aroma masculino invadiéndome. Me quitó la blusa con urgencia, lamiendo mis tetas grandes, chupando los pezones hasta que gemí como loca. Su boca es fuego puro. Yo le bajé el pantalón, liberando esa verga impresionante, venosa y tiesa, goteando precum que lamí con gusto salado.

En la cama king size, el colchón hundéndose bajo nuestro peso, la tensión explotó. Me tumbó boca arriba, besando mi cuello, mordisqueando suave mientras sus dedos abrían mi concha resbalosa. "Qué rica estás, Lupita, tan apretada y húmeda para mí". Sus dos dedos entraron y salieron, curvándose en mi punto G, haciendo que mis caderas se arquearan. El sonido de mi jugo chorreando era obsceno, mezclado con mis jadeos y el slap de su mano. Olía a sexo puro, a mi excitación almizclada y su sudor varonil. Le supliqué: "Cógeme ya, Jim, no aguanto". Él se puso encima, su peso delicioso oprimiéndome, y empujó despacio esa polla enorme, centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo. Dolor y placer puro, carnal. Gemí fuerte, arañando su espalda, sintiendo cada vena pulsar dentro de mí.

El ritmo empezó lento, sus embestidas profundas haciendo que la cama crujiera, el cabecero golpeando la pared como un tambor. Sudábamos juntos, piel resbalosa chocando, el slap-slap ecoando en la habitación. Me volteó a cuatro patas, agarrándome las nalgas, penetrándome más hondo. "¡Sí, así, cabrón, rómpeme!", grité, mi voz ronca. Él gruñía como animal, una mano en mi clítoris frotando rápido, la otra jalándome el pelo suave. El orgasmo me vino en olas, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Él no paró, follándome más fuerte, hasta que sentí su polla hincharse y explotar dentro, chorros calientes llenándome, goteando por mis muslos.

Caímos exhaustos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su brazo alrededor de mi cintura, su piel pegajosa contra la mía, oliendo a semen y sudor. Besó mi frente, suave. "Eres increíble, Lupita. Esto fue... redención pura". Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.

El actor que protagoniza la Pasion de Cristo acaba de protagonizar la mia
. Afuera, el DF rugía indiferente, pero en esa cama, habíamos encontrado nuestra propia pasión, carnal y eterna. Me quedé dormida en sus brazos, sabiendo que esa noche cambiaría todo, un secreto ardiente guardado en mi piel.

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