La Razón Esclava de las Pasiones
La noche en el rooftop de Polanco ardía como un tequila reposado recién servido. El skyline de la Ciudad de México se extendía ante mis ojos, con las luces de Reforma parpadeando como promesas coquetas. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, vestida con un vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa urbana, sorbía mi margarita con sal mientras el DJ soltaba un remix de Natalia Lafourcade que hacía vibrar el piso bajo mis tacones. El aire olía a jazmín mezclado con el humo dulce de los cigarros electrónicos y el sudor fresco de la gente bailando.
¿Qué chingados hago aquí sola? me pregunté, pero la verdad es que no estaba sola del todo. Mis amigas habían desaparecido en la pista, persiguiendo a unos vatos guapetones, y yo me quedé recargada en la barandilla, dejando que la brisa juguetona me erizara la piel de los brazos. Entonces lo vi. Diego. Alto, moreno, con esa barba de tres días que gritaba trouble en neón. Lo conocía de la chamba, de esas juntas eternas en la agencia de publicidad donde él siempre soltaba chistes que me hacían reír hasta que me dolía la panza.
—Órale, Ana, ¿ya te conquistó la vista o qué? —dijo acercándose, su voz grave cortando el ruido como un cuchillo caliente en mantequilla. Olía a colonia cara, con notas de sándalo y algo salvaje debajo, como tierra mojada después de la lluvia.
Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era del alcohol. —Neta, Diego, esta ciudad siempre me deja con ganas de más.
Charlamos un rato, coqueteando con miradas que duraban un segundo de más. Hablamos de todo: del pinche tráfico de Insurgentes, de cómo el pozole de mi tía en Coyoacán era el mejor del mundo, y de pronto, él sacó un tema filosófico de la manga. —Sabes, a veces pienso que la razón es la esclava de las pasiones. Como dijo ese escocés, Hume. No hay lógica en lo que realmente nos mueve.
Sus palabras me golpearon como un shot de mezcal.
La razón es la esclava de las pasiones, repetí en mi cabeza, mientras mi mirada bajaba a sus labios carnosos. ¿Por qué resistirme? La noche era joven, mi cuerpo pedía a gritos ser tocado, y él estaba ahí, con los ojos brillando como estrellas en el Valle de México.
Acto uno: la chispa. Terminamos bailando pegaditos, su mano en mi cintura enviando descargas eléctricas por mi espina. Sentía el calor de su pecho contra mi espalda, el roce de su aliento en mi cuello cuando se inclinaba para susurrarme al oído: —Estás cañona esta noche, Ana. Me traes loco.
Mi piel se erizó, el sonido de su voz ronca compitiendo con los beats del reggaetón. El sabor salado de su sudor cuando accidentalmente rozó mi hombro con los labios. Quería más, pero algo en mí, esa vocecita racional, susurraba: Es tu compañero de trabajo, no seas pendeja. Pero ya sabes, la razón siempre pierde contra el fuego que sube desde el vientre.
Nos fuimos del rooftop sin despedirnos de nadie. Su departamento estaba a dos cuadras, en una torre con vista al Castillo de Chapultepec. El elevador era un horno privado: sus manos en mis caderas, mi boca buscando la suya. El beso fue explosión pura. Sus labios suaves pero firmes, lengua danzando con la mía, probando a margarita y deseo puro. Gemí bajito cuando mordió mi labio inferior, el sonido del ding del elevador rompiendo el hechizo momentáneo.
Adentro, el lugar olía a limpio, a madera de roble y a él. Luces tenues, una botella de tequila Herradura abierta en la barra de granito. Acto dos: la escalada. Me quitó el vestido despacio, como si desenvolriera un regalo caro. Sus dedos trazaban mi espalda, enviando ondas de placer que me hacían arquearme. Su tacto es fuego, pensé, mientras yo le desabotonaba la camisa, oliendo su piel salada, lamiendo el hueco de su clavícula donde latía su pulso acelerado.
—Te quiero tanto —murmuró, cargándome hasta la cama king size con sábanas de algodón egipcio que se sentían como nubes. Nos tumbamos, cuerpos enredados, explorando. Mis uñas en su espalda, dejando surcos rojos que él gemía de placer. Besos bajando por mi cuello, mi pecho. Tomó un pezón en su boca, succionando suave al principio, luego con hambre. El sonido húmedo de su lengua, el tirón delicioso que me hacía jadear. ¡Qué rico!
Yo no me quedaba atrás. Bajé mi mano a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra bajo la tela. La saqué, acariciándola despacio, sintiendo las venas pulsantes, el calor que emanaba. Él gruñó, un sonido animal que me mojó hasta los huesos. —Chíngame con la boca, Ana —pidió, y yo obedecí, arrodillándome. El sabor salado y almizclado de su glande en mi lengua, el olor embriagador de su excitación. Lo chupé profundo, garganta relajada, oyendo sus jadeos roncos: —¡Pinche diosa! ¡Sí, así!
Pero no era solo físico. En mi mente, la batalla: Esto es una locura, mañana en la oficina... Pero la razón es la esclava de las pasiones, y mis pasiones rugían. Lo empujé sobre la cama, montándolo despacio. Su verga entrando en mí centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Sentía cada pulgada, el roce interno que me volvía loca. Empecé a moverme, caderas girando como en un baile de salsa callejero, mis tetas botando al ritmo.
Él agarró mis nalgas, guiándome, clavándome más profundo. El slap slap de piel contra piel, sudor resbalando entre nosotros, el olor a sexo crudo llenando la habitación. Aceleramos, yo cabalgándolo como una amazona, él embistiéndome desde abajo.
Esto es libertad, pensé, mientras el orgasmo se acumulaba como tormenta en el Popo.
—¡Me vengo! —grité primero, mi coño contrayéndose alrededor de él, olas de placer rompiéndome en mil pedazos. Él me siguió segundos después, gruñendo mi nombre, llenándome con su leche caliente. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones tronando como tambores aztecas.
Acto tres: el resplandor. Nos quedamos así, enredados, el silencio roto solo por nuestras respiraciones calmándose. Su mano acariciando mi cabello húmedo, besos suaves en la frente. Olía a nosotros, a pasión satisfecha. —Eres increíble, Ana —dijo bajito—. No sé qué fue eso, pero neta, quiero más.
Yo sonreí en la oscuridad, sintiendo una paz profunda. La razón querrá analizarlo mañana, pensé, pero esta noche, las pasiones ganaron. Afuera, la ciudad seguía latiendo, indiferente a nuestro incendio privado. Me acurruqué contra su pecho, oyendo su corazón volver a la normalidad, saboreando el afterglow que sabía a victoria dulce.
Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas de oro, nos despertamos para un round matutino lento, risas y caricias. No hubo promesas locas, solo la certeza de que algo había cambiado. Bajamos a desayunar tacos de barbacoa en la esquina, coqueteando como adolescentes. La razón podía volver a su trono, pero ahora sabía quién mandaba de verdad.