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Novela Pasión de Gavilanes Carnal

7808 palabras

Novela Pasión de Gavilanes Carnal

Yo me llamaba Gabriela, pero en el rancho todos me decían Gaby la Reina, porque mandaba con mano firme en esa tierra caliente de Sinaloa donde el sol quema la piel y el aire huele a tierra mojada después de la lluvia. Aquella tarde, sentada en el porche de la hacienda, con el abanico moviéndose perezoso, saqué mi librito gastado de novela Pasión de Gavilanes. Lo había comprado en el tianguis de Culiacán, esa historia de amores prohibidos y venganzas que me ponía la piel chinita cada vez que la leía. Los hermanos Reyes seduciendo a las Elizondo, con esa pasión que ardía como chile de árbol.

¿Y si me pasaba a mí?
pensé, mientras sentía un calorcillo entre las piernas que no era solo del sol.

El ruido de cascos de caballo me sacó del ensueño. Era Javier, el capataz nuevo, un moreno alto y fornido con ojos de gavilán que me miraban como si ya me tuvieran desnuda. Bajó del caballo con gracia de charro, quitándose el sombrero vaquero para saludar. Órale, qué chulo, murmuré para mis adentros. Sudaba bajo la camisa blanca pegada al pecho musculoso, oliendo a hombre de campo, a cuero y a algo salvaje que me hacía mojarme sin remedio.

—Buenas tardes, jefa —dijo con voz ronca, acercándose con paso lento—. ¿Todo en orden por aquí?

Yo asentí, cruzando las piernas para disimular el fuego que ya me subía por el vientre. Es como Franco Reyes, pensé, recordando la novela. Javier se paró frente a mí, tan cerca que podía oler su aliento fresco de menta y el sudor salado de su cuello. Nuestras miradas se engancharon, y ahí empezó todo. El deseo que había estado acumulando desde que mi marido se fue a los Estados Unidos por negocios. Tres meses sola, tocándome por las noches imaginando escenas como las de mi novela.

—Ven, siéntate conmigo —le invité, señalando la mecedora al lado—. Hace un calor del carajo.

Él sonrió de lado, esa sonrisa pícara que me derretía. Se sentó, y su rodilla rozó la mía. Un toque eléctrico, como si mi piel gritara ¡tómame ya!. Hablamos de la novela primero, para romper el hielo. Le conté cómo me gustaba esa novela Pasión de Gavilanes, con sus traiciones y polvos legendarios.

—Yo soy más como un gavilán —murmuró él, inclinándose hacia mí—. Cazo lo que quiero, Gaby.

Mi corazón latió fuerte, bum bum bum, como tamborazo sinaloense. Extendí la mano y la puse en su muslo firme, sintiendo el calor a través del pantalón de mezclilla. Él no se movió, solo respiró hondo, sus ojos oscuros clavados en mis labios carnosos.

Acto primero del rancho: el coqueteo que enciende la mecha.

La noche cayó como manta negra sobre la hacienda. Cenamos en la cocina grande, con velas parpadeando y el olor a carne asada flotando en el aire. Javier me servía el vino tinto, sus dedos rozando los míos cada vez. Estás cañón, wey, pensé, viéndolo devorar su plato con hambre de lobo. Después, salimos al corral, donde las estrellas brillaban como diamantes y el viento traía aroma de jazmín silvestre.

Nos paramos frente a frente, el silencio roto solo por los grillos cantando su serenata. Él me tomó de la cintura, tirando de mí suave pero firme. Nuestros cuerpos se pegaron, pecho contra pecho. Sentí su verga dura presionando mi vientre, gruesa y lista, y un gemido se me escapó sin querer.

—Gaby, desde que te vi, te quiero —susurró en mi oído, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos de la nuca.

—Pues tómame, gavilán —respondí, mordiéndome el labio, mi voz temblorosa de pura necesidad.

Sus labios cayeron sobre los míos como tormenta. Beso salvaje, lenguas enredadas bailando salsa picante, sabor a vino y a él, masculino y dulce. Sus manos bajaron a mis nalgas, apretándolas fuerte, amasándolas como masa de tamal. Yo le clavé las uñas en la espalda, sintiendo los músculos duros bajo la camisa. Esto es mejor que la novela, rugió mi mente mientras él me lamía el cuello, mordisqueando suave, dejando marcas de fuego.

Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó a mi cuarto, la cama king size esperándonos con sábanas de algodón fresco. Me tiró con cuidado, pero con urgencia, y se quitó la camisa de un jalón. Su torso era un mapa de perfección: pectorales firmes, abdomen marcado, vello negro bajando hasta el ombligo. Olía a sudor limpio, a hombre en celo. Yo me desabroché el vestido floreado, dejándolo caer, quedando en brasier de encaje rojo y tanga diminuta.

Qué chingona estás, mamacita —gruñó él, arrodillándose frente a mí.

Sus manos subieron por mis muslos, lentas, torturantes, hasta llegar a mi panocha empapada. Me quitó la tanga con dientes, oliendo mi aroma almizclado de excitación. Lamidas suaves primero, lengua plana lamiendo mis labios hinchados, luego chupando mi clítoris como si fuera dulce de tamarindo. Yo arqueé la espalda, gimiendo alto, ¡ay, Javier, no pares! El placer subía en olas, mis jugos corriendo por su barbilla, el sonido húmedo de su boca devorándome llenando la habitación.

Acto segundo: la escalada al paraíso, con luchas internas que se disuelven en éxtasis.

Yo lo quería dentro ya, pero él jugaba, torturándome delicioso.

¿Por qué resiste tanto? ¿Y si mi marido regresa?
dudé un segundo, pero su dedo entrando en mí, curvándose para tocar ese punto mágico, barrió todo pensamiento. Grité su nombre, mis caderas moviéndose solas contra su cara. Él se levantó, desabrochándose el cinturón con prisa, sacando su verga enorme, venosa, goteando precum que brillaba a la luz de la luna colándose por la ventana.

—Ven acá, mi reina —me dijo, acostándose y jalándome encima.

Monté su cadera, frotándome contra él, sintiendo la fricción ardiente. Bajé despacio, centímetro a centímetro, su grosor estirándome delicioso. ¡Está cañón de grande! jadeé, mientras él gemía ronco, manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Empecé a cabalgar, lento primero, sintiendo cada vena palpitar dentro, luego más rápido, piel chocando piel con plaf plaf rítmico. Sudor nos cubría, mezclándose, salado en mi lengua cuando lo besé.

Cambié de posición, él encima ahora, misionero profundo. Me abrió las piernas como libro, embistiéndome fuerte, bolas golpeando mi culo. Cada thrust tocaba mi alma, placer eléctrico subiendo por la espina. Olía a sexo puro, a panocha mojada y verga lubricada. Sus gruñidos animales, mis chillidos agudos, la cama crujiendo como vaquera vieja.

—Te cojo rico, ¿verdad, Gaby? —jadeó él, acelerando.

—Sí, pendejo, ¡más duro! —grité, clavándole uñas en los hombros.

La tensión creció, mis músculos apretándolo, su verga hinchándose más. El orgasmo me golpeó como rayo, olas y olas, chillando su nombre mientras mi panocha lo ordeñaba. Él se vino segundos después, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar, rugiendo como toro.

Acto tercero: el afterglow que sella el alma.

Quedamos jadeando, enredados, piel pegajosa y tibia. Su peso sobre mí era bendición, su corazón latiendo contra el mío. Me besó la frente, suave ahora, mientras el semen chorreaba lento entre mis piernas, aroma íntimo envolviéndonos.

—Esto fue mejor que cualquier novela —murmuré, acariciando su espalda.

—Y apenas empieza, mi Pasión de Gavilanes —rió él bajito, abrazándome fuerte.

Durmió conmigo esa noche, y al amanecer, con el sol pintando el rancho de oro, supe que mi vida había cambiado. Ya no era solo la reina del rancho; era la hembra de su gavilán, lista para más capítulos de pasión carnal. El viento traía promesas, y yo, con el corazón lleno, sonreí al cielo.

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