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Trabajar con Pasion

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Trabajar con Pasion

Ana entró a la oficina con el sol de la tarde bañando las ventanas altas del edificio en Polanco. El aire acondicionado zumbaba suave, cargado con ese olor a café recién hecho y papeles nuevos que siempre la ponía en modo productivo. Llevaba años en la agencia de publicidad, pero hoy se sentía diferente. Su nuevo jefe, Diego, había llegado hace un mes y desde entonces, cada reunión era como una chispa esperando prenderse. Trabajar con pasión, decía él siempre, con esa voz grave que le erizaba la piel. Y neta, Ana lo hacía, pero ahora esa pasión se mezclaba con algo más carnal, algo que la hacía apretar las piernas bajo el escritorio.

Diego era alto, moreno, con ojos cafés que te desnudaban sin esfuerzo. Vestía camisas ajustadas que marcaban sus hombros anchos, ganados en el gym de la colonia Roma. Ana lo vio llegar con una caja de tacos de suadero de la taquería de la esquina, oliendo a cebolla asada y cilantro fresco. Órale, equipo, pa' que no nos muramos de hambre mientras le damos con todo a esta campaña, dijo riendo, repartiendo platos de cartón. Sus dedos rozaron los de ella al pasarle el suyo, un toque eléctrico que le subió calor por el brazo. ¿Se dio cuenta? ¿O soy yo la pendeja imaginando cosas?, pensó Ana, mordiendo el taco con ganas, el jugo picante resbalando por su barbilla.

La tarde avanzó y el equipo se fue yendo, pero ellos dos se quedaron. La campaña para el nuevo tequila necesitaba ajustes de última hora. Sentados lado a lado en la sala de juntas, las pantallas brillaban con gráficos vibrantes. Diego se inclinó sobre su hombro, su aliento cálido rozándole el cuello, oliendo a menta y hombre. Mira aquí, Ana, si cambiamos el eslogan a algo más visceral... como trabajar con pasión, pero en el alma del tequila, murmuró. Ella giró la cabeza y sus narices casi se tocaron. Sus ojos se clavaron, el silencio pesado como el pulso acelerado en su pecho.

Esto es el colmo, wey. ¿Vas a hacer algo o nomás vas a babear?, se regañó Ana internamente mientras sus rodillas se rozaban bajo la mesa. Diego no se apartó. En cambio, su mano grande cubrió la de ella sobre el mouse, guiándola con firmeza. Sí, así... siente cómo fluye, dijo, y su voz era ronca, como si hablara de otra cosa. El calor de su palma la quemaba, enviando ondas directas a su entrepierna. Ana tragó saliva, notando cómo su blusa se pegaba a sus pechos por el sudor sutil que brotaba en su espalda.

La noche cayó sobre la ciudad, las luces de Reforma parpadeando como estrellas artificiales. Pidieron unas chelas del minisob. Diego abrió las suyas con un pop que resonó en la sala vacía, el sonido fresco y burbujeante. Brindaron, vasos chocando con un tintineo cristalino. Por trabajar con pasión, Ana. Tú eres la neta en esto, dijo él, mirándola fijo. Ella sintió un tirón en el estómago, deseo puro. Tú tampoco estás tan pendejo, jefe, respondió juguetona, usando el slang que siempre soltaba con los cuates para romper el hielo.

Se levantaron para estirar las piernas, caminando por el pasillo oscuro. El piso alfombrado amortiguaba sus pasos, pero cada roce accidental era fuego. En la cocina, Diego la acorraló contra la encimera sin quererlo, o tal vez queriéndolo. Sus caderas se presionaron, y ella sintió su dureza contra su vientre. ¡Qué chingón!, está igual de puesto que yo, pensó Ana, el corazón martilleando. Él no se movió, solo la miró con pupilas dilatadas. Ana... neta que me traes loco desde el día uno, confesó, su aliento caliente en su oreja.

Ella no esperó más. Tomó su cara entre manos temblorosas, labios chocando en un beso hambriento. Sabían a cerveza fría y tacos picantes, lenguas enredándose con urgencia. Diego la levantó sin esfuerzo, sentándola en la encimera, manos subiendo por sus muslos bajo la falda. La tela rasposa de sus medias se rasgó levemente con sus uñas, un sonido que la hizo gemir. ¡Diego, qué rico!, jadeó ella, arqueando la espalda mientras él besaba su cuello, mordisqueando suave, dejando marcas húmedas que olían a su colonia amaderada.

La levantó en brazos, llevándola a su oficina como si fuera una pluma. La puerta se cerró con un clic suave, aislándolos del mundo. La recostó sobre el escritorio amplio, papeles volando al suelo con crujidos secos. Ana se quitó la blusa con dedos ansiosos, pechos libres bajo el brasier de encaje negro. Diego gruñó de aprobación, bajando la cabeza para lamer un pezón endurecido, el sabor salado de su piel volviéndolo loco. Su lengua es puro fuego, me va a derretir, pensó ella, enredando dedos en su cabello negro y revuelto.

Él se desabrochó el pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante al aire fresco. Ana la tomó, piel suave sobre acero duro, acariciándola con devoción. Qué chula, Diego... dame, suplicó, guiándolo a su entrada húmeda. Se hundió en ella lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El olor almizclado de su arousal llenaba la habitación, mezclado con el cuero del escritorio y su sudor. Cada embestida era un choque húmedo, piel contra piel, el plaf plaf rítmico acompañando sus gemidos.

Ana clavó uñas en su espalda, sintiendo músculos tensarse bajo la camisa arremangada. Más fuerte, pendejo, ¡dame todo!, exigió juguetona, y él obedeció, acelerando, bolas golpeando su culo con palmadas sonoras. El escritorio crujía, amenazando con romperse, mientras ella subía las caderas, encontrándolo a mitad de camino. Internamente, Ana gritaba de placer: Esto es trabajar con pasión, carajo, puro instinto animal. Sus pezones rozaban su pecho velludo, chispas de fricción que la acercaban al borde.

Diego la volteó, poniéndola a cuatro patas, falda arremangada sobre la cintura. Entró de nuevo, profundo, manos amasando sus nalgas redondas. El espejo del otro lado reflejaba la escena: ella con boca abierta en éxtasis, él embistiendo como un toro. El sudor perlaba sus frentes, goteando salado sobre su espalda. ¡Ana, te voy a llenar!, rugió él, y ella apretó alrededor de él, orgasmos explotando juntos. Olas de placer la sacudieron, coño contrayéndose en espasmos, jugos resbalando por sus muslos. Él se derramó dentro, caliente y abundante, gruñendo su nombre.

Se derrumbaron en el sofá de la oficina, cuerpos enredados, respiraciones jadeantes calmándose. El aire olía a sexo crudo, semen y mujer satisfecha. Diego la besó suave en la frente, acariciando su cabello revuelto. Eso fue... épico. Trabajar con pasión en todos los sentidos, murmuró riendo bajito. Ana sonrió, piernas flojas y corazón lleno. Neta, esto cambia todo, pero qué chido, pensó, acurrucándose contra su pecho cálido.

Al amanecer, con el primer tráfico de la ciudad zumbando afuera, se vistieron entre besos perezosos. La campaña quedó lista, mejor que nunca, pero lo mejor era esa conexión nueva, esa promesa de más noches así. Ana salió a la luz rosada, sintiéndose empoderada, sexy, viva. Trabajar con pasión ya no era solo un lema; era su nueva realidad.

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