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Nora El Color de la Pasión

6176 palabras

Nora El Color de la Pasión

La noche en Polanco ardía como un tequila reposado, con ese calor que se pega a la piel y te hace sudar deseos. Yo, Alejandro, acababa de entrar al bar La Pasión, un antro chido lleno de luces neón y música cumbia rebajada que retumbaba en el pecho. El olor a mezcal ahumado y perfume caro flotaba en el aire, mezclándose con el sudor de cuerpos que se rozaban en la pista. Ahí la vi por primera vez: Nora, el color de la pasión hecha mujer. Su vestido rojo fuego se ceñía a sus curvas como una promesa pecaminosa, y su piel morena brillaba bajo las luces, oliendo a vainilla y algo más salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

Me quedé clavado, wey. Sus ojos negros, profundos como el mar de Acapulco, me atraparon desde el otro lado del bar. Se movía con una gracia que hacía que todos los pendejos volteáramos, pero ella no los pelaba. Pidió un margarita con sal, lamió el borde del vaso despacio, y juro que sentí el roce de su lengua en mi propia piel. ¿Qué chingados me pasa? pensé, mientras mi pulso se aceleraba como tamborazo zacatecano. Me acerqué, con el corazón latiéndome en las sienes, y le dije: "Órale, güeyita, ¿ese vestido es pa' quemar almas o qué?" Ella rió, una carcajada ronca y juguetona que vibró en mis huesos.

"Soy Nora", dijo, extendiendo la mano con uñas pintadas de rojo intenso. Su palma era cálida, suave como seda, y al tocarla, un chispazo eléctrico me recorrió el brazo hasta la verga, que ya empezaba a despertar. "Y tú pareces el tipo que sabe apreciar el color de la pasión", agregó con una guiñada. Neta, en ese momento supe que esa noche no iba a ser como las demás. Hablamos de todo y nada: de la ciudad que nunca duerme, de cómo el DF te come vivo si no sabes bailar con sus demonios. Su voz era miel caliente, con ese acento chilango puro que me ponía la piel de gallina.

La pista nos llamó. La cumbia nos envolvió, sus caderas ondulando contra las mías en un roce que era puro fuego. Sentí el calor de su cuerpo pegado al mío, el sudor perlándole el cuello, oliendo a deseo crudo. Mis manos bajaron a su cintura, apretando esa carne firme y redonda, y ella se arqueó contra mí, gimiendo bajito al ritmo de la música. "Ay, cabrón, muévete así", susurró en mi oído, su aliento caliente rozándome la oreja, sabroso a tequila y limón. Mi mente era un remolino:

Esta chava es dinamita, no la cagues, Alejandro. Tócala más, siente cómo tiembla por ti.
La tensión crecía, cada giro un paso más cerca del borde, sus pechos rozando mi torso, duros y ansiosos bajo la tela delgada.

Salimos del bar hechos un par de fieras enjauladas. El taxi nos llevó a su depa en la Condesa, un lugar con paredes pintadas de colores vibrantes y velas que olían a canela y sexo. Apenas cerramos la puerta, sus labios se estrellaron contra los míos. Sabían a sal y pasión desbordada, su lengua danzando con la mía en un beso húmedo y feroz. La devoré, mis manos explorando su espalda, bajando hasta ese culo perfecto que apreté con ganas. Ella jadeaba, "Sí, así, pendejito, no pares", mientras me quitaba la camisa, sus uñas arañando mi pecho, dejando surcos rojos que ardían delicioso.

La llevé a la cama, un colchón king size con sábanas de satén negro que crujían bajo nuestro peso. Nora se recostó, abriendo las piernas con una sonrisa diabólica, invitándome. Su coño depilado brillaba húmedo, oliendo a almizcle dulce y excitación pura. Me arrodillé entre sus muslos, besando su piel desde los tobillos hasta el interior, lamiendo despacio esa carne temblorosa. Ella gemía fuerte, "¡Chíngame con la boca, wey!", sus manos enredadas en mi pelo, empujándome más profundo. Su sabor era salado y adictivo, como mariscos frescos con limón, y su clítoris hinchado palpitaba contra mi lengua. La chupé con hambre, sintiendo cómo se convulsionaba, sus jugos empapándome la cara.

Pero Nora no era de las que se dejan solo recibir. Me volteó como si fuera un pinche trapo, montándome con furia. Su coño se tragó mi verga de un jalón, caliente y apretado como un guante de terciopelo mojado. "¡Métemela toda, cabrón!", gritó, cabalgándome con ritmo salvaje, sus tetas rebotando, pezones oscuros y duros como piedras preciosas. Yo la agarraba de las caderas, embistiéndola desde abajo, el sonido de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos y el olor a sexo que llenaba la habitación. Sudábamos a chorros, piel resbaladiza, pulsos desbocados. Es el color de la pasión, neta, esta morra me está volviendo loco, pensaba mientras ella se corría primero, su coño contrayéndose alrededor de mi pija, ordeñándome con espasmos que me hicieron ver estrellas.

No paramos ahí. La puse en cuatro, admirando ese culo redondo alzado como ofrenda. La penetré lento al principio, sintiendo cada centímetro de su calor envolviéndome, luego más rápido, mis bolas golpeando su clítoris. Ella empujaba hacia atrás, "Más duro, Alejandro, rómpeme", su voz ronca de placer. El cuarto olía a nosotros, a semen y fluidos mezclados, el aire espeso y caliente. Mis manos amasaban sus nalgas, un dedo rozando su ano apretado, y ella se vino de nuevo, gritando mi nombre como una bendición. Yo no aguanté más: el orgasmo me explotó como volcán, llenándola de leche caliente, pulsando dentro de ella hasta vaciarme por completo.

Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, el ritmo de su respiración calmándose contra mi piel aún sensible. Olía a nosotros, a pasión consumada, y su mano trazaba círculos perezosos en mi abdomen. "Eres chido, wey", murmuró Nora, besándome el cuello con labios hinchados. Yo la abracé, sintiendo el peso dulce del afterglow, ese momento en que el cuerpo flota y el alma se aquieta.

Nora, el color de la pasión, había pintado mi noche de rojo eterno. ¿Volvería a verla? Neta, no importaba. Esa pasión ya era mía para siempre.
Afuera, la ciudad seguía latiendo, pero en ese depa, solo existíamos nosotros, saciados y en paz.

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