Abismo de Pasion Carmina Es Descubierta
Carmina caminaba por las calles empedradas de Coyoacán, con el sol de la tarde besando su piel morena como un amante impaciente. El aroma de las flores de cempasúchil flotaba en el aire, mezclado con el humo dulce de los tacos al pastor que vendían en la esquina. Llevaba un vestido rojo ajustado que marcaba sus curvas generosas, esas que volvían locos a los machotes del barrio. Pero hoy no pensaba en ellos. Su mente estaba enredada en el abismo de pasión que la consumía desde hace semanas.
¿Por qué carajos me pongo así por él? se preguntaba mientras entraba a su departamento en una casa colonial remodelada, con balcones de hierro forjado y vistas al jardín trasero. Alejandro, su vecino del piso de arriba, el wey alto y fornido con ojos color café que la miraban como si quisiera devorarla entera. Habían empezado con coqueteos inocentes: un "buenas tardes, mamacita" aquí, un roce accidental allá. Pero anoche, en el balcón compartido, sus labios se habían encontrado en un beso que sabía a tequila reposado y promesas prohibidas.
Se quitó los zapatos de tacón, sintiendo el fresco del piso de losa bajo sus pies cansados. El sonido de la regadera la tentaba, pero antes abrió la ventana para que entrara la brisa.
Si supiera lo que me hace sentir... esa verga dura presionando contra mí, su aliento caliente en mi cuello.Se mordió el labio, recordando cómo sus manos grandes habían explorado sus senos por encima del escote, amasándolos con una urgencia que la dejó jadeante.
De repente, un ruido en la puerta la sacó de su trance. Tocaron suave, como quien no quiere ser oído. Abrió y ahí estaba él, Alejandro, con una camisa blanca desabotonada que dejaba ver el vello oscuro de su pecho. "Carmina, neta, no aguanto más. Te vi llegar y... Carmina es descubierta en mi cabeza todo el pinche día", murmuró con voz ronca, entrando sin esperar invitación.
El corazón de Carmina latió como tamborazo en una fiesta de pueblo. Sus ojos se clavaron en los de él, oscuros y llenos de hambre. "Wey, ¿y si nos ven?", susurró ella, pero su cuerpo ya se inclinaba hacia adelante, atraído por el calor que emanaba de su piel sudada. Él cerró la puerta con el pie y la acorraló contra la pared, su boca capturando la de ella en un beso feroz. Sabía a chicle de canela y a deseo crudo. Sus lenguas danzaron, explorando, mientras las manos de Alejandro bajaban por su espalda, apretando sus nalgas con fuerza posesiva.
Carmina gimió contra su boca, el sonido ahogado por el beso. Sus pezones se endurecieron bajo la tela delgada del vestido, rozando el pecho duro de él. Qué chido se siente esto, pendeja, déjate llevar, pensó mientras sus uñas se clavaban en sus hombros. Él la levantó en vilo, sus piernas envolviéndose alrededor de su cintura como serpientes en celo. La llevó al sofá de la sala, donde la tiró con gentileza bruta, el mueble crujiendo bajo su peso combinado.
En el abismo de pasión, el tiempo se detuvo. Alejandro se arrodilló entre sus piernas abiertas, subiendo el vestido hasta la cintura. "Mírate, Carmina, toda mojada para mí", gruñó al ver sus bragas de encaje negro empapadas. Ella jadeó cuando sus dedos las apartaron, rozando su clítoris hinchado. El toque fue eléctrico, un cosquilleo que subió por su espina como corriente de 220. Olía a su propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el perfume de jazmín que se había echado esa mañana.
"Ándale, no me tortures", suplicó ella, arqueando la cadera. Él sonrió pícaro, ese gesto de galán de telenovela, y hundió dos dedos en su panocha resbaladiza. Entraron fácil, lubricados por sus jugos, y Carmina soltó un grito ahogado. El sonido de sus embestidas húmedas llenó la habitación, un chapoteo obsceno que la ponía más caliente. Sus paredes internas se contraían alrededor de él, succionando, mientras su pulgar masajeaba el botón de placer en círculos lentos.
Pero Alejandro no era de los que se conforman con dedos. Se puso de pie, desabrochando su jeans con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum. Carmina la miró con hambre, lamiéndose los labios. "Ven pa'cá, cabrón", lo invitó, sentándose para tomarla en la mano. La piel era suave como terciopelo sobre acero, palpitando en su palma. La acercó a su boca y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su sudor. Él gruñó, enredando los dedos en su cabello negro ondulado, guiándola sin forzar.
La chupó con devoción, succionando la cabeza mientras su lengua giraba alrededor. El sabor era adictivo, masculino y puro vicio. Alejandro jadeaba, sus caderas moviéndose instintivo. "Carmina, me vas a matar", masculló, pero ella no paró hasta que lo sintió al borde. Entonces se apartó, juguetona, y se recostó abriendo las piernas. "Fóllame ya, wey. Quiero sentirte adentro."
Él no se hizo rogar. Se colocó entre sus muslos, frotando la punta contra su entrada húmeda. Entró de un solo empujón, llenándola por completo. Carmina gritó de placer, el estiramiento delicioso quemando como chile en nogada. Sus paredes lo abrazaron, moldeándose a su forma. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida profunda tocando ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido de piel contra piel resonaba, plaf plaf plaf, acompañado de sus gemidos entremezclados.
El sudor les corría por la piel, goteando entre sus senos. Alejandro se inclinó para morderle un pezón a través del vestido, succionándolo hasta que dolió rico. Carmina clavó las uñas en su espalda, dejando surcos rojos. Esto es el abismo, y yo me lanzo de cabeza, pensó en medio del frenesí. Aceleró el ritmo, sus pelotas golpeando su culo con cada estocada. Ella levantó las caderas, encontrándolo a mitad de camino, el placer acumulándose como tormenta en el desierto.
La tensión crecía, sus cuerpos resbalosos uniéndose en un baile primitivo. Carmina sentía el orgasmo aproximándose, un nudo apretado en el vientre listo para explotar. "Más fuerte, pendejo, hazme venir", ordenó, y él obedeció, follando como poseído. El clímax la golpeó como ola en Acapulco, su panocha convulsionando alrededor de su verga, chorros de placer escapando. Gritó su nombre, el mundo reduciéndose a esa fricción divina.
Alejandro la siguió segundos después, gruñendo como toro mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes pintando sus paredes. Colapsaron juntos, jadeantes, el aire cargado de olor a sexo y satisfacción. Él se quedó encima, su peso reconfortante, besando su cuello sudoroso.
Después, en la quietud, Carmina acarició su cabello revuelto. "Neta, wey, esto fue... el abismo de pasión donde Carmina es descubierta de verdad", murmuró riendo bajito. Él levantó la cabeza, ojos brillando. "Y yo quiero perderme ahí contigo todos los días, mi reina."
Se levantaron despacio, piernas temblorosas, y fueron a la regadera. Bajo el agua caliente, se enjabonaron mutuamente, risas mezcladas con besos suaves. El vapor olía a jabón de lavanda y a sus cuerpos limpios. Esa noche, durmieron enredados en las sábanas frescas, el corazón de Carmina latiendo en paz, sabiendo que había encontrado su propio paraíso en ese abismo.