Pasión de Gavilanes 2 Capítulo 1 Fuego en la Hacienda
La noche en la hacienda Gavilanes olía a tierra húmeda después de la lluvia y a jazmín silvestre que trepaba por las paredes de adobe. Yo, Jimena, había regresado esa tarde de la ciudad, con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. Hacía un año que no pisaba este lugar, desde que pasión de gavilanes 2 capítulo 1 se había grabado aquí mismo, esa telenovela que todos veíamos a escondidas por sus besos ardientes y miradas que prometían más. Pero mi historia no era ficción; era real, y el hombre que me esperaba en el porche era Juan Darío, el gavilán de mis sueños, con su camisa blanca abierta dejando ver ese pecho moreno y musculoso que tanto extrañaba.
—Jimena, mi reina, murmuró él con esa voz ronca que me erizaba la piel, acercándose con pasos lentos como si saboreara cada segundo. Sus ojos negros me devoraban, y sentí un cosquilleo en el vientre, como si mi cuerpo ya supiera lo que vendría.
Me quedé quieta, oliendo su colonia mezclada con sudor fresco de caballo.
¿Por qué carajos regrese? Pensé. Porque lo neta extraño, porque su toque me hace volar.Nuestras manos se rozaron al saludar, y fue como electricidad pura. Él era el capataz de la hacienda, alto, fuerte, con manos callosas de tanto domar bestias, pero tierno conmigo. Yo, con mi vestido floreado pegado al cuerpo por la humedad, sentía mis pezones endurecerse bajo la tela fina.
Entramos a la casa principal, iluminada por velas que parpadeaban sombras juguetones en las paredes. La cena fue ligera: tacos de arrachera jugosos, con cilantro fresco y limón que chorreaba, pero el verdadero hambre era otra. Hablamos de todo y nada, de la lluvia que azotaba el tejado como dedos impacientes, de cómo la hacienda había cambiado poco. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa de roble, y cada roce era una promesa.
—Te extrañé, chula, dijo de pronto, su aliento cálido en mi oreja mientras se inclinaba. Su mano subió por mi muslo, despacio, y yo abrí las piernas un poquito, invitándolo sin palabras. Sentí el calor de su palma a través del vestido, y un jadeo se me escapó. ¡Ay, wey, ya me tienes mojadita!
La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Me levanté, fingiendo ir por más pulque, pero él me siguió a la cocina. Ahí, contra la encimera de granito fría, me giró y me besó. Sus labios eran fuego, sabían a tequila y a deseo puro. Su lengua invadió mi boca, bailando con la mía, mientras sus manos me apretaban las nalgas, levantándome contra él. Sentí su verga dura presionando mi entrepierna, gruesa y lista, y gemí bajito, ¡Juan, cabrón, no pares!
Pero nos detuvimos, jadeantes, riéndonos como pendejos. —No aquí, mi amor, susurró. —Vamos a mi cuarto. La lluvia arreció, golpeando las ventanas como aplausos a nuestro pecado. Subimos las escaleras crujientes, sus brazos alrededor de mi cintura, besándome el cuello, mordisqueando la piel sensible que olía a mi perfume de vainilla.
En su habitación, el aire estaba cargado de almizcle masculino y sábanas limpias de algodón egipcio. Me quitó el vestido con dedos temblorosos de ansia, dejando al descubierto mi lencería negra de encaje. —Eres una diosa, Jimena, gruñó, sus ojos recorriendo mis curvas, mis tetas llenas que subían y bajaban con cada respiración agitada. Yo le arranqué la camisa, clavando uñas en su espalda tatuada con un gavilán en vuelo, símbolo de su pasión indomable.
Nos tumbamos en la cama king size, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Sus besos bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor salado, chupando mis pezones hasta que dolían de placer.
¡Qué rico, pinche Juan, me vas a volver loca!Mi mano bajó a su pantalón, liberando esa polla venosa, palpitante, que chorrea precum. La apreté, sintiendo su calor, su grosor que apenas cabía en mi palma. Él gimió, ¡Sí, mámacita, así!, y metió la mano en mi calzón, encontrándome empapada, resbalosa de jugos.
Sus dedos juguetearon mi clítoris hinchado, círculos lentos que me hacían arquear la espalda, oliendo mi propia excitación dulce y almizclada. —Estás chorreando por mí, dijo con voz juguetona, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Gemí fuerte, mordiéndome el labio, mis caderas moviéndose solas contra su mano. El sonido de mis fluidos era obsceno, chapoteante, mezclado con nuestros jadeos y la lluvia furiosa afuera.
Lo empujé boca arriba, queriendo mi turno. Me subí encima, rozando mi coño mojado contra su verga dura como fierro. Lo besé, saboreando su boca, mientras lo montaba despacio, dejando que la punta entrara poquito a poquito. ¡Qué chingón se siente! Él agarró mis caderas, guiándome, y de un empujón me llenó por completo. Grité de placer, sintiendo cada vena, cada pulgada estirándome deliciosamente. Olía a sexo crudo, a sudor mezclado, a nosotros.
Cabalgaba como en trance, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Él embestía desde abajo, fuerte, profundo, haciendo que mis paredes se contraigan alrededor de él. —¡Te voy a llenar, Jimena! —gruñó, su cara contorsionada de éxtasis. Sudábamos, piel contra piel resbalosa, el slap-slap de carne contra carne ahogando la tormenta.
La tensión subía, mis muslos temblando, el orgasmo acechando como lobo. Aceleré, girando caderas, sintiendo su polla golpear mi cervix.
Neta, esto es mejor que cualquier telenovela, que cualquier pasión de gavilanes 2 capítulo 1.Él se sentó, abrazándome, chupando mi cuello mientras me follaba vertical, nuestros cuerpos pegados, corazones latiendo al unísono. El clímax me golpeó como rayo: grité su nombre, contrayéndome en espasmos, chorros calientes mojando sus bolas. Él rugió, explotando dentro, semen espeso llenándome, goteando por mis muslos.
Caímos exhaustos, enredados en sábanas empapadas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. La lluvia amainaba, dejando un silencio roto solo por nuestras respiraciones. —Eres mi todo, Jimena, murmuró, besando mi piel salada. Yo acaricié su cabello revuelto, sintiendo paz profunda, como si el mundo entero cupiera en esa cama.
Nos quedamos así horas, hablando susurros de futuro, de no separarnos más. El amanecer tiñó las cortinas de oro, oliendo a tierra fresca y promesas. Esto es nuestra pasión, real y eterna, pensé, mientras su mano descansaba en mi vientre, cálida y posesiva. La hacienda Gavilanes había sido testigo de nuestro fuego, y sabía que habría más noches así, más capítulos de nuestro propio amor ardiente.