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Diario de una Pasion Frases No Sera Facil

7057 palabras

Diario de una Pasion Frases No Sera Facil

Neta que nunca pensé que mi vida daría un vuelco tan cabrón. Todo empezó en esa fiesta en la Condesa, con el ruido de la ciudad de fondo y el olor a tacos al pastor flotando en el aire. Yo, Ana, treintañera soltera, con mi trabajo de diseñadora gráfica que me tiene hasta la madre a veces, pero con ganas de algo que me haga vibrar de verdad. Ahí lo vi: Marco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te calienta la piel sin tocarte. Vestía una camisa ajustada que marcaba sus chacales y unos jeans que le quedaban como pintados.

Diario de una pasión, frases no será fácil, escribí esa noche en mi libreta, mientras el pulso me latía en las sienes. Porque desde el primer vistazo supe que esto no iba a ser pan comido. Él era de Guadalajara, aquí de paso por un proyecto arquitectónico, y yo con mis miedos de siempre: ¿y si duele? ¿Y si se va y me deja con el corazón hecho mierda? Pero órale, el deseo ya me picaba entre las piernas.

Nos acercamos en la barra, con shots de tequila reposado que quemaban la garganta como fuego bendito. "Qué chida fiesta, ¿no?", me dijo, su voz grave retumbando en mi pecho. Olía a colonia fresca mezclada con sudor varonil, ese aroma que te hace cerrar los ojos y morderte el labio. Hablamos de todo: de la neta de la vida en México, de cómo el tráfico en Polanco te quita el alma, de sueños locos como viajar a la playa en Tulum sin billete de regreso. Su mano rozó la mía al pasarme el limón, y sentí un chispazo eléctrico que me erizó la piel de los brazos. No será fácil, pensé, pero ya estaba enganchada.

Los días siguientes fueron un jueguito delicioso de mensajes. "Extraño tu risa", me escribía a media noche, y yo respondía con fotos de mis labios pintados de rojo, imaginando su boca devorándolos. Quedamos en un cafecito en Roma, con el sol filtrándose por las ventanas y el aroma a café de chiapas envolviéndonos. Nos sentamos cerca, nuestras rodillas tocándose bajo la mesa. Sentí el calor de su piel a través de la tela, y mi respiración se aceleró. "Quiero besarte", murmuró, inclinándose. Nuestros labios se encontraron suaves al principio, luego con hambre. Su lengua exploró la mía, saboreando a vainilla de mi gloss, y yo gemí bajito, sintiendo mi centro humedecerse.

Hoy en mi diario de una pasión, anoto: las frases no serán fáciles de olvidar. Su beso sabe a promesas rotas y orgasmos pendientes. No será fácil resistir.

Pero la tensión crecía. Él tenía que volver a Guadalajara en un mes, y yo aquí, atada a mi pinche rutina. No será fácil, repetía en mi cabeza mientras caminábamos por el parque de Chapultepec, tomados de la mano. El viento jugaba con mi falda, rozando mis muslos, y Marco no perdía oportunidad de susurrarme guarradas al oído: "Imagínate mi verga dura dentro de ti, Ana, partiéndote en dos". Me ponía roja como tomate, pero mi cuerpo respondía con un pulso traicionero entre las piernas. Esa noche, en mi depa, me toqué pensando en él, mis dedos resbalando en mi humedad, oliendo a deseo puro. Gemí su nombre, imaginando su peso sobre mí.

La escalada fue inevitable. Una cena en su hotel en Reforma, con vistas a la torre Latinoamericana brillando como diamante. Pedimos enchiladas suizas que chorreaban queso y salsa verde picosa, y nos reímos como pendejos recordando anécdotas. El vino tinto nos soltó la lengua y las manos. Terminamos en su cama king size, las sábanas crujiendo bajo nosotros. Se quitó la camisa despacio, revelando un pecho tatuado con un águila mexicana que me dieron ganas de lamer. "Eres preciosa, wey", dijo, mientras sus dedos trazaban mi clavícula, bajando hasta mis tetas. Las amasó suave, pellizcando los pezones hasta ponérmelos como piedras. Yo arqueé la espalda, jadeando, el olor de su piel mezclándose con el mío, sudor salado y excitación almizclada.

Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando, dejando marcas que mañana dolerían rico. Lamio mi ombligo, y cuando llegó a mi panocha, ya estaba empapada. "Estás chingona mojada por mí", gruñó, su aliento caliente en mi clítoris. Su lengua la rozó, círculos lentos que me hicieron agarrar las sábanas y gritar "¡Marco, cabrón!". El sonido de sus chupadas húmedas llenaba la habitación, junto con mis gemidos roncos. Metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto G que me volvía loca. Mi cuerpo temblaba, olas de placer subiendo desde el estómago. Pero no vine aún; quería más.

"Fóllame ya", le rogué, mi voz ronca de necesidad. Se puso un condón, su verga gruesa y venosa palpitando. Me penetró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome hasta el fondo. "¡Qué estrecha estás, pinche delicia!", jadeó, embistiéndome fuerte. El slap-slap de piel contra piel, el crujir de la cama, nuestros alaridos mezclados. Sudábamos como marranos, el cuarto oliendo a sexo puro. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, mis tetas rebotando, sus manos en mi culo guiándome. Luego de perrito, él jalándome el pelo, azotándome suave, "¡Toma, zorrita mía!". El orgasmo me pegó como rayo, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer escapando. Él se vino segundos después, gruñendo mi nombre, su leche caliente llenando el látex.

Nos quedamos tirados, jadeando, su brazo alrededor de mi cintura, piel pegajosa y cálida. El afterglow era puro éxtasis: pulsos calmándose, besos perezosos, risas tontas. "No será fácil despedirnos", murmuró, besando mi frente. Yo asentí, sabiendo que Guadalajara no está tan lejos, que los aviones existen y el amor –o lo que sea esto– vuela más rápido.

En mi diario de una pasión, las frases finales: no será fácil, pero valió cada segundo de esta locura. Mañana más, porque esta pasión apenas empieza.

Despertamos enredados, con el sol colándose por las cortinas y el tráfico de Reforma zumbando afuera. Preparamos café en la máquina del hotel, desnudos, riéndonos de lo cursis que sonábamos. "Ven a Guadalajara cuando quieras, mi reina", dijo, abrazándome por detrás, su erección matutina presionando mi culo. No follamos de nuevo –aún–, pero el roce fue promesa suficiente. Salí de ahí con las piernas flojas, el coño sensible y el corazón latiendo fuerte. En el metro de regreso, escribí en mi celular: frases no será fácil, pero neta que quiero intentarlo.

Semanas después, él se fue, pero no terminó. Volamos el uno al otro, follamos en moteles de carretera, en playas de Puerto Vallarta con olor a sal y coco. Cada encuentro era más intenso: él lamiéndome bajo las estrellas, yo chupándosela hasta que rogaba. La distancia duele, sí, pero el sexo recompensa con creces. Mi diario de una pasión crece páginas, lleno de frases como "no será fácil", pero también "órale, qué chido vale la pena". Porque el amor –o la pasión cachonda esta– no es fácil, pero ¿quién dijo que lo bueno lo es?

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