Relatos Prohibidos
Inicio Sexo con Maduras Pasión de Gavilanes Capítulo 70 Fuego en la Carne Pasión de Gavilanes Capítulo 70 Fuego en la Carne

Pasión de Gavilanes Capítulo 70 Fuego en la Carne

7434 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 70 Fuego en la Carne

La noche en la hacienda Los Gavilanes era espesa como miel caliente, con el aroma de jazmines trepando por las paredes de adobe y el lejano relincho de los caballos bajo la luna llena. Gaby se recargaba en el sillón de cuero viejo, sus piernas desnudas cruzadas sobre las de Franco, mientras la televisión parpadeaba con las imágenes de Pasión de Gavilanes capítulo 70. El episodio estaba en su punto más ardiente: la escena donde los hermanos Reyes se entregaban a sus amores prohibidos, con besos que prometían tormentas y caricias que encendían la pantalla.

Franco, con su camisa entreabierta dejando ver el vello oscuro en su pecho moreno, le pasaba un brazo por la cintura a Gaby. Ella sentía el calor de su palma grande filtrándose a través de la blusa ligera de algodón, un toque que ya le erizaba la piel. Pinche Franco, siempre sabe cómo ponerme la piel chinita, pensó Gaby, mordiéndose el labio mientras en la tele Gaviota gemía bajito contra el cuello de su hombre.

—Órale, mira nomás cómo se avienta esa Gaviota — murmuró Franco con voz ronca, su aliento cálido rozando la oreja de Gaby, oliendo a tequila reposado y a tabaco dulce —. ¿No te dan ganas de hacer lo mismo, ricura?

Gaby giró la cabeza, sus ojos cafés clavándose en los verdes de él, intensos como los gavilanes que daban nombre a la hacienda. El deseo ya bullía en su vientre, un cosquilleo húmedo entre las piernas que la hacía apretar los muslos.

Este cabrón me conoce demasiado bien. Cada vez que vemos esto, termina enredados como animales
, se dijo, pero su cuerpo ya respondía, arqueándose un poquito hacia él.

—¿Y si sí? —le contestó ella juguetona, deslizando una mano por su muslo firme, sintiendo los músculos tensarse bajo los jeans gastados —. Pero tú primero, pendejo. Muéstrame qué tanto aprendiste de ese capítulo.

Franco soltó una risa grave que vibró en el pecho de Gaby, y sin más, apagó la tele con el control. La habitación quedó en penumbras, solo iluminada por las velas en la mesita, parpadeando sombras sobre sus rostros. La tomó por la nuca con gentileza pero firmeza, atrayéndola para un beso que empezó lento, labios rozando labios, el sabor salado de su piel mezclándose con el dulzor de su boca. Gaby suspiró contra él, el sonido suave como un ronroneo, mientras sus lenguas se enredaban perezosas al principio, explorando, saboreando el calor húmedo del otro.

El beso se profundizó, y las manos de Franco bajaron por la espalda de Gaby, amasando sus nalgas redondas con codicia. Ella jadeó, el roce áspero de sus callos de ranchero enviando chispas directas a su clítoris. Neta, este hombre me deshace con solo tocarme, pensó, mientras le desabotonaba la camisa, revelando más de ese torso esculpido por años de domar caballos y cortar caña. Sus pezones oscuros se endurecieron al aire fresco, y Gaby no pudo resistir: inclinó la cabeza y los lamió, saboreando el sudor salado mezclado con el aroma terroso de su piel.

—Chíngame, Gaby, qué boca tan rica tienes —gruñó Franco, echando la cabeza atrás, sus dedos enredándose en el cabello negro y largo de ella. La levantó en brazos como si no pesara nada, sus bíceps flexionándose, y la llevó al sillón más ancho, recostándola con cuidado. Gaby sintió el cuero fresco contra su espalda caliente, un contraste delicioso que la hizo gemir bajito.

Él se arrodilló entre sus piernas abiertas, besando el interior de sus muslos, la barba incipiente raspando suave como lija fina. El olor de su excitación lo envolvió, almizclado y dulce, haciendo que su verga palpitara dura contra los jeans. Subió despacio, quitándole las panties con los dientes, exponiendo su panocha depilada y ya brillante de jugos.

Quiero comérmela entera, hasta que grite mi nombre
, pensó Franco, mientras pasaba la lengua plana por sus labios mayores, saboreando el néctar salado y ácido.

Gaby arqueó la cadera, clavando las uñas en sus hombros. —¡Ay, Franco, no pares, cabrón! Lame más fuerte —suplicó, la voz entrecortada por jadeos. Él obedeció, chupando su clítoris hinchado, metiendo dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos para rozar ese punto que la volvía loca. Los sonidos húmedos de su boca trabajando llenaban la habitación, mezclados con los gemidos de Gaby que subían de tono, como rancheras apasionadas. Su cuerpo temblaba, el sudor perlando su frente, el corazón latiéndole en el pecho como tambores.

Pero Franco no quería que terminara tan pronto. Se levantó, quitándose los jeans de un tirón, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la punta ya húmeda de precúm. Gaby la miró con hambre, extendiendo la mano para acariciar la piel aterciopelada, sintiendo el pulso acelerado bajo su palma. Es mía esta noche, toda para mí, se dijo, guiándola a su boca. Lo lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando el gusto salado y masculino, mientras él gruñía y le cogía el pelo con ternura.

—Ya no aguanto, mi amor —dijo Franco con voz quebrada, posicionándose entre sus piernas. Gaby asintió, envolviéndole las caderas con las suyas, guiándolo adentro. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente, el calor apretado de su coño envolviéndolo como guante de terciopelo húmedo. Ambos gimieron al unísono, el sonido crudo y animalecocho en la quietud de la hacienda.

Empezaron a moverse, lento al principio, sintiendo cada roce, cada embestida profunda que rozaba su cervix. Gaby clavaba las uñas en su espalda, oliendo el sudor fresco que corría por sus cuerpos, escuchando el slap slap de piel contra piel. Franco aceleró, besándola con furia, mordisqueando su cuello, susurrándole al oído: —Te amo, Gaby, eres mi gavilana, mi fuego.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte, sus respiraciones agitadas, corazones galopando. Gaby sentía el orgasmo aproximándose, un nudo apretado en el bajo vientre que se deshacía en oleadas.

Es como en Pasión de Gavilanes capítulo 70, pero mejor, porque es real, nuestro
, pensó fugazmente, mientras él la penetraba más duro, su verga hinchándose dentro de ella.

—¡Ven conmigo, Franco! —gritó ella, el clímax explotando en luces blancas detrás de sus párpados. Su coño se contrajo en espasmos, ordeñándolo, mientras él rugía y se vaciaba dentro, chorros calientes llenándola hasta rebosar. Se quedaron unidos, temblando, el semen goteando entre sus muslos, el aire cargado de su aroma compartido.

Después, Franco se dejó caer a su lado, atrayéndola a su pecho sudoroso. Gaby escuchaba los latidos de su corazón calmándose poco a poco, trazando círculos perezosos en su piel con la yema del dedo. La brisa nocturna entraba por la ventana abierta, trayendo el scent de tierra mojada y flores, refrescando sus cuerpos exhaustos.

—Neta, eso fue mejor que cualquier telenovela —murmuró ella, besándole el hombro.

—Y apenas es el capítulo 70, mi reina. Hay mucho más por venir —respondió él, con una sonrisa lobuna, mientras la noche los envolvía en su manto tibio. En ese momento, Gaby supo que su pasión no tenía fin, como los gavilanes surcando el cielo eterno de la hacienda.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.