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Yo manejaba por la carretera federal, con el sol del mediodía pegándome en la cara a través del parabrisas sucio. El calor de Veracruz me tenía sudando, el aire acondicionado del coche hecho mierda, pero neta que valía la pena. Había visto el anuncio en mi cel: motel pasion precios que no te los crees, con fotos de habitaciones iluminadas con luces neón y camas king size. Necesitaba un break, algo para soltar la tensión que me cargaba del pinche trabajo en la oficina. Mi nombre es Ana, tengo veintiocho, soltera por elección, y hoy me picó el bichito de la aventura.

Llegué al Motel Pasión justo cuando el sol empezaba a bajar, tiñendo el cielo de naranja. El letrero parpadeaba con un corazón rojo latiendo, y el estacionamiento estaba medio vacío, perfecto para no lidiar con weyes ruidosos. Bajé del coche, mis shorts vaqueros pegados a los muslos por el sudor, la blusa escotada dejando ver el encaje negro de mi brasier. Olía a cloro de la alberca y a flores tropicales del jardín. En la recepción, un tipo alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido, me atendió. Se llamaba Marco, lo vi en su gafete.

—Qué onda, güerita. Buscas habitación sola o... ¿con compañía?

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Órale, este pendejo es directo, pensé. Le dije que sola, pero que ya vería. Me dio la llave de la 205, precios especiales para noches calientes, guiñó. Subí las escaleras, el eco de mis sandalias contra el concreto, el aire cargado de humedad y promesa. La habitación era chida: cama enorme con sábanas satinadas rojas, espejo en el techo, jacuzzi en una esquina burbujeando suave. Me quité la ropa, me metí a la regadera, el agua caliente cayendo como lluvia sobre mi piel, jabón con olor a vainilla deslizándose por mis tetas, bajando hasta mi entrepierna. Me toqué un poco, imaginando manos ajenas, pero paré. Quería algo real.

Salí a la alberca al atardecer, con un bikini rojo que apenas cubría mis curvas. El agua estaba tibia, salpicando contra mi piel bronceada. Ahí estaba él, Marco, sin camisa, músculos definidos por el trabajo, tatuaje de águila en el pecho. Nadaba como tiburón, saliendo del agua con gotas resbalando por su abdomen plano. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí el pulso acelerarse, el corazón latiéndome en las sienes.

—No pensé que la güerita de la 205 fuera tan rica —dijo, acercándose al borde, voz grave como ron.

Le salpiqué agua, juguetona. Neta, este wey me prende. Hablamos, platicamos de la vida, de cómo él administraba el motel por las noches, de mis ganas de follar sin compromisos. La química era pura gasolina. Al rato, con el cielo estrellado y grillos cantando alrededor, me invitó una chela fría de la hielera. Sus dedos rozaron los míos al pasármela, electricidad pura subiendo por mi brazo.

Volvimos a mi habitación, la puerta cerrándose con un clic que sonó a destino. El aire olía a su colonia masculina mezclada con mi perfume dulce. Se acercó lento, sus manos grandes en mi cintura, jalándome contra su pecho duro. Sentí su verga ya semi-dura presionando mi vientre. Nuestros labios se encontraron, besos hambrientos, lenguas danzando, sabor a cerveza y deseo. Gemí bajito cuando me mordió el labio inferior, suave pero firme.

Me quitó el bikini con calma, exponiendo mis tetas llenas, pezones duros como piedras. Los lamió, chupó, mordisqueó, enviando ondas de placer directo a mi clítoris. Carajo, qué bien sabe este cabrón. Mis manos bajaron a su short, lo bajé de un jalón, su verga saltando libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. La tomé, piel suave sobre acero, latiendo en mi palma. Él gruñó, profundo, animal.

Nos caímos en la cama, sábanas frescas contra mi espalda caliente. Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi concha ya empapada. Olía a mi excitación, almizclada, invitadora. Su lengua la exploró, lamiendo lento del ano hasta el clítoris, chupando mis labios mayores, metiendo dos dedos gruesos que me llenaban perfecto. Arqueé la espalda, uñas clavadas en su nuca, gimiendo su nombre. Marco, sí, así, no pares, pendejo. El espejo del techo reflejaba todo: mi cara de puta en celo, sus hombros anchos trabajando entre mis muslos.

El ritmo subió, mis caderas moviéndose contra su boca, jugos corriendo por su barbilla. Vine fuerte, temblando, grito ahogado contra la almohada, olas de placer rompiéndome en pedazos. Él subió, besándome con mi propio sabor en sus labios, salado y dulce. Le pedí que me cogiera, ya. Se puso condón rápido, posición de misionero primero, sus ojos clavados en los míos mientras empujaba adentro. Lento al inicio, estirándome, llenándome hasta el fondo. Qué chingón se siente, como si fuera hecho para mí.

Aceleró, embestidas profundas, piel contra piel chapoteando, sudor goteando de su frente a mis tetas. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, tetas rebotando, manos en su pecho peludo. Él las amasaba, pellizcando pezones, gruñendo qué rica verga te comes, Ana. El jacuzzi nos llamó después; agua caliente burbujeando alrededor, yo de espaldas contra su pecho, su verga entrando por atrás, agua salpicando, vapor empañando los espejos. Sus manos en mi clítoris, frotando círculos, yo gritando, él mordiéndome el hombro.

La tensión creció, mis paredes apretándolo, su respiración jadeante en mi oreja.

—Me vengo, güerita, contigo —susurró ronco.
Explotamos juntos, yo convulsionando, él pulsando dentro, gemidos mezclados con el gorgoteo del jacuzzi. Colapsamos en el agua, cuerpos flojos, pieles pegajosas de sudor y fluidos.

Salimos, nos secamos con toallas suaves, olor a sexo impregnando el aire. Nos acostamos en la cama, su brazo alrededor de mi cintura, mi cabeza en su pecho oyendo su corazón calmarse. Hablamos bajito, de nada y todo: sueños, risas, cómo motel pasion precios nos juntó en esta noche loca. No fue solo cogida; fue conexión, chispas que podrían encender más.

Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, lo besé despacio, saboreando su piel salada. Nos despedimos con promesas de volver, yo saliendo al estacionamiento con piernas temblorosas, sonrisa pendeja en la cara. El Motel Pasión se quedó atrás, pero el fuego en mi piel, no. Neta, los precios fueron lo de menos; la pasión, eso sí que valió cada centavo.

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