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Contra la Censura Ensayos Sobre la Pasión por Silenciar

6682 palabras

Contra la Censura Ensayos Sobre la Pasión por Silenciar

Entré a esa librería chiquita en el corazón de la Roma, con el aire cargado de ese olor a papel viejo y café recién molido que me pone la piel chinita. Estaba buscando algo que me sacara del pinche tedio de la oficina, y ahí lo vi: Contra la censura ensayos sobre la pasión por silenciar. El título me jaló como imán, neta. Parecía un grito mudo contra todo lo que nos callan, sobre esa urgencia de tapar la boca a los deseos que arden por dentro. Lo agarras y sientes el peso de las palabras prohibidas, ¿sabes?

Yo, Ana, con mis treinta y tantos, viuda hace dos años y harta de masturbarme con fantasías que nadie escucha. Ese libro prometía algo más, algo que me hacía mojarme solo de imaginarlo. Mientras lo hojeaba, una mano rozó la mía. Volteé y ahí estaba él: Diego, alto, moreno, con ojos que te desnudan sin piedad. "¿Te late? Es cabrón, ¿verdad? Habla de cómo la pasión quiere gritar, pero la sociedad la silencia", me dijo con voz grave, como ronroneo de tigre.

Nos miramos fijo, el pulso acelerado, el calor subiendo por el cuello. ¿Y si lo ponemos a prueba?, pensé, mientras su aliento olía a menta y algo salvaje. Salimos juntos, caminando por las calles empedradas, riéndonos de pendejadas.

"Órale, carnala, ¿y si leemos eso en voz baja, como si nos censuraran?"
Su risa era ronca, vibrante, y yo ya sentía el cosquilleo entre las piernas.

Acto primero: la chispa. Terminamos en un café escondido, con mesas de madera que crujían bajo los codos. Pedimos mezcal, ese que quema la garganta y afloja la lengua. Hablamos del libro: ensayos que destrozan la idea de silenciar la pasión, de cómo el deseo es un fuego que no se apaga con mordazas. Sus dedos jugaban con el borde de mi vaso, rozando los míos. Cada toque era eléctrico, como chispas en la piel húmeda de sudor. Olía a su colonia, madera y hombre, mezclada con el humo de los cigarros de la mesera.

Yo lo veía y me imaginaba su boca en mi cuello, silenciándome con besos. Neta, este wey me va a chingar la cabeza. La tensión crecía, mis pezones duros contra la blusa de algodón. Él se inclinó: "¿Quieres que vayamos a mi depa? Ahí nadie nos censura". Asentí, el corazón latiéndome en el clítoris.

En su coche, un vocho restaurado, la ciudad pasaba borrosa por la ventana. Su mano en mi muslo, subiendo despacio, el calor de su palma traspasando la falda. No dijimos nada, solo respiraciones pesadas. Llegamos a su penthouse en Polanco, minimalista, con vistas al skyline que brillaba como promesas sucias.

El medio: la escalada. Cerró la puerta y me acorraló contra la pared, su cuerpo duro presionando el mío. Olía a deseo crudo, a piel salada. Silencio, Ana, haz que ruegue, me dije. Lo besé primero, lento, saboreando sus labios carnosos, la lengua que sabía a mezcal y urgencia. Sus manos bajaron mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco. "Shh, no hagas ruido, vecina chismosa", susurró, mordiendo mi oreja.

El juego empezó: contra la censura, pero jugando a silenciar. Me llevó al sillón de piel, que crujió bajo nosotros. Me sentó en sus piernas, mi falda arremangada, sintiendo su verga tiesa contra mi culo. La froté despacio, oyendo su gemido ahogado. Qué rico, pendejo, agárrate. Sus dedos bajaron mi calzón, húmedo ya, oliendo a mi excitación almizclada. Me metió dos dedos, curvándolos, tocando ese punto que me hace arquear la espalda.

Yo lo masturbé por encima del pantalón, sintiendo el bulto palpitante, caliente como hierro. "Más despacio, no grites", me ordenó juguetón, y yo mordí su hombro para no jadear. El sonido de su cremallera bajando fue obsceno, como un secreto revelado. Saqué su verga, gruesa, venosa, goteando precum que lamí de la punta, salado y dulce. Él gruñó bajo, las manos en mi pelo.

Me puso de rodillas, el piso frío contra mis rodillas. La chupé hondo, garganta relajada, oyendo sus respiraciones entrecortadas. Silenciar la pasión, ja, pero tu verga habla por ti. Él me levantó, me tiró al sillón, abrió mis piernas. Su lengua en mi coño, lamiendo lento, chupando el clítoris hinchado. Gemí bajito, el sabor de mi propia humedad en su boca cuando me besó después. El cuarto olía a sexo, sudor, a nosotros.

La intensidad subía. Me volteó, de perrito, su verga rozando mi entrada. "Dime si quieres, pero susurra". "Sí, chíngame, pero calladito", respondí ronca. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El roce de su pubis contra mi culo, el slap suave de pieles. Íbamos lento, torturándonos, mordiendo almohadas para no gritar. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, el dolor placentero.

Inner struggle:

¿Y si alguien oye? ¿Y si rompo el silencio? Pero esta pasión no se silencia, carajo
. Aceleramos, él embistiendo hondo, yo empujando contra él, el sudor chorreando, mezclándose. El olor a almizcle, el gusto salado de su cuello que lamí. Tension building, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose más.

El fin: la liberación. Cambiamos a misionero, ojos clavados, almas desnudas. "No te calles ahora, grita mi nombre", jadeó rompiendo el juego. Contra la censura, al fin. "¡Diego, cabrón, más!" Grité, libre. Él me taladró fuerte, bolas golpeando mi culo, el sonido wet wet de jugos. Mi orgasmo vino como tsunami, coño convulsionando, chorros calientes mojando las sábanas. Él se corrió segundos después, llenándome de leche espesa, gruñendo como animal.

Colapsamos, pegajosos, respirando agitados. Su peso sobre mí, reconfortante. El afterglow: pieles enfriándose, besos suaves, risas cansadas. El libro tenía razón, la pasión por silenciar es solo el preludio al estallido. Nos duchamos juntos, agua caliente lavando pecados, sus manos jabonosas en mi cuerpo, reviviendo chispas.

Desayunamos tacos de barbacoa en la terraza, el sol calentando la piel aún sensible. Hablamos del libro otra vez, riéndonos. "Fue el mejor ensayo práctico, ¿no?". Asentí, sintiendo su mano en mi rodilla bajo la mesa. No era solo sexo; era conexión, romper cadenas invisibles.

Me fui con el libro bajo el brazo, el cuerpo zumbando de placer residual. Caminando por Insurgentes, el viento lamiendo mi piel, pensé: Contra la censura, siempre. La pasión no se silencia, se vive a gritos. Y supe que lo vería pronto, para más ensayos.

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