Mi Preciosa Pasion
La noche en Polanco estaba viva, con el bullicio de la fiesta saliendo del balcón de la casa de mi carnal. Luces de neón parpadeaban contra el cielo oscuro de la Ciudad de México, y el aire traía ese olor a tacos al pastor de la esquina mezclándose con el perfume dulce de las flores en los jarrones. Yo, Alejandro, acababa de llegar de un viaje de trabajo en Guadalajara, y lo último que esperaba era toparme con ella. Sofia. Mi preciosa pasión.
La vi de lejos, recargada en la barra improvisada, con un vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas como si estuviera pintado sobre su piel morena. Su cabello negro caía en ondas salvajes hasta la cintura, y cuando volteó, sus ojos cafés me clavaron en el sitio. Neta, güey, mi corazón dio un brinco como si me hubieran dado un susto. Hacía meses que no la veía, desde esa noche loca en la playa de Puerto Vallarta donde nos dimos el primer beso. Pero aquí estaba, sonriéndome con esa boca carnosa que prometía pecados.
Me acerqué, sintiendo el calor subiéndome por el cuello. El reggaetón retumbaba en los parlantes, haciendo vibrar el piso de madera. "¡Órale, Alejandro! ¿Qué onda, cabrón?" gritó ella por encima de la música, abrazándome fuerte. Su cuerpo se pegó al mío un segundo de más, y olí su esencia: vainilla y algo picante, como chile en nogada. "Venía pensando en ti, mi amor. ¿Bailamos?"
La tomé de la mano, su piel suave y cálida contra mis dedos callosos de tanto manejar obra. En la pista improvisada, nos movimos al ritmo, cadera con cadera. Sentía su aliento en mi oreja, caliente y húmedo, mientras sus nalgas rozaban mi entrepierna. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras mi verga empezaba a despertar bajo los jeans. Ella se giró, presionando sus tetas firmes contra mi pecho, y susurró: "Te extrañé, pendejo. No sabes cuánto."
El deseo crecía como una ola en el Pacífico. Sus manos subían por mi espalda, arañando leve, y yo no pude más: la besé ahí mismo, con la boca abierta, lengua explorando la suya dulce como tamarindo. Saboreé el tequila en su saliva, y ella gimió bajito, un sonido que me erizó la piel. La gente a nuestro alrededor aplaudía y silbaba, pero nos valía madre. Esto era nuestro.
La llevé al balcón, lejos del ruido. El viento fresco de la noche nos acariciaba, trayendo el aroma de jacarandas desde el parque. Nos sentamos en una banca, y ella se recargó en mi hombro. "Alejandro, desde que te fuiste, no dejo de soñar contigo. Eres mi preciosa pasión, ¿sabes? La que me quema por dentro." Sus palabras me encendieron. La miré a los ojos, viendo el fuego reflejado en ellos.
"Yo también, Sofia. Cada noche te imaginaba así, preciosa y ardiente. Quiero comerte entera."
Sus dedos juguetearon con los botones de mi camisa, desabrochándolos uno a uno. Sentí sus uñas rozando mi pecho, bajando hasta el ombligo. Mi piel se erizó, y un escalofrío me recorrió la espina. La besé el cuello, lamiendo esa sal suave de su sudor, oliendo su aroma que me volvía loco. Ella arqueó la espalda, gimiendo: "¡Ay, güey, qué rico! No pares."
La levanté en brazos, fuerte como soy de cargar materiales en la construcción, y la llevé adentro, a una habitación de huéspedes que mi carnal me había mostrado antes. Cerré la puerta con el pie, y la acosté en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me quité la camisa, y ella se lamió los labios, mirándome como si fuera su cena. "Ven, cabrón. Quítame este vestido."
Deslicé el zipper lentamente, sintiendo la tela roja caer como agua. Debajo, solo un tanga negro diminuto. Sus tetas perfectas, con pezones oscuros ya duros como piedritas. Las tomé en mis manos, pesadas y calientes, amasándolas mientras ella jadeaba. Bajé la boca, chupando uno, mordisqueando suave. Sabían a miel y sal, y su gemido fue como música ranchera en mi alma. "¡Simón, así! Muerde más fuerte, mi amor."
Mi verga palpitaba, dura como cemento, presionando contra los pantalones. Sofia metió la mano, desabrochándome el cinturón con prisa. "Quiero verte, Alejandro. Todo." Sacó mi miembro, grueso y venoso, y lo acarició despacio, de arriba abajo. Sentí su palma cálida envolviéndome, el pulgar rozando la cabeza sensible. No mames, qué paraíso, pensé, mientras un chorro de pre-semen lubricaba su mano.
La volteé boca abajo, besando su espalda desde las hombros hasta las nalgas redondas. Le quité el tanga, oliendo su excitación: almizcle dulce, como chocolate caliente con chile. Separé sus muslos, y lamí su panocha húmeda, saboreando esos jugos que goteaban. Ella se retorcía, agarrando las sábanas. "¡Ay, Diosito! Tu lengua es puro fuego, pendejo." Metí un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar. Su clítoris hinchado lo chupé como tamalito, y ella se corrió primero, temblando, mojadísima, gritando mi nombre.
Pero yo quería más. La puse de rodillas, y ella me miró con ojos de loca por mí. "Córrete conmigo, Sofia. Eres mi preciosa pasión." Se montó encima, guiando mi verga a su entrada caliente. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretándome como guante de terciopelo mojado. Qué chido, tan estrecha y profunda. Empezó a cabalgar, tetas rebotando, sudor brillando en su piel bajo la luz tenue de la lámpara.
Sus caderas giraban en círculos, rozando mi pubis contra su clítoris. Yo la agarraba de la cintura, embistiéndola desde abajo, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. El sonido era obsceno, mezclado con sus jadeos y mis gruñidos. Olía a sexo puro, a nosotros dos fundidos. "¡Más duro, Alejandro! ¡Cómetela toda!" gritaba ella, clavándome las uñas en el pecho.
Cambié posiciones: la puse en cuatro, admirando su culo perfecto alzado. Entré de nuevo, profundo, golpeando ese ángulo que la volvía loca. Mis bolas chocaban contra su clítoris, y ella se masturbaba frenética. Sentía el orgasmo construyéndose, como volcán en erupción. "¡Me vengo, mi amor! ¡Júntate!" grité, y ella asintió, temblando.
Explosión. Me corrí dentro, chorros calientes llenándola, mientras ella se contraía a mi alrededor, ordeñándome hasta la última gota. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopando como caballo desbocado.
Minutos después, la abracé fuerte, besando su frente húmeda. "Eres todo para mí, Sofia. Mi preciosa pasión eterna." Ella sonrió, trazando círculos en mi piel con el dedo. "Y tú la mía, cabrón. No te vayas nunca más."
Nos quedamos así, envueltos en el afterglow, con el eco de la fiesta lejano. El amanecer pintaba el cielo de rosa, prometiendo más noches como esta. En ese momento, supe que esto no era solo pasión: era la nuestra, profunda y real, como el amor en las telenovelas pero mil veces mejor.