Pasión Cap 33 El Fuego Incontrolable
La noche en Polanco se sentía como un sueño caliente y pegajoso. El aire traía ese olor a jazmín mezclado con el humo lejano de los taquizos de la esquina, y las luces de la ciudad parpadeaban abajo como estrellas traviesas. Yo, Ana, de veinticinco años, estaba recargada en la barandilla de la terraza del penthouse que Marco había rentado para esta ocasión especial. Habíamos estado separados una semana por su pinche viaje de trabajo a Guadalajara, y cada mensaje que nos mandábamos era puro fuego. "Prepárate para Pasión Cap 33, mi reina", me escribió anoche, y supe que esta noche iba a ser épica.
Mi corazón latía como tamborazo en quinceañera mientras ajustaba el vestido negro ajustado que me ceñía como segunda piel. No traía nada debajo, solo el roce fresco del aire contra mi piel erizada. ¿Y si llega y me ve así de lista? ¿Me va a comer con los ojos primero o directo al grano? me preguntaba, mordiéndome el labio. El sonido de la puerta corrediza abriéndose me erizó la nuca. Ahí estaba él, Marco, mi moreno de veintiocho, con esa camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el tatuaje del águila en su pecho. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, y una sonrisa pícara se le dibujó en la cara.
—Órale, mamacita, ¿ya estás lista para Pasión Cap 33? —dijo con esa voz ronca que me deshace, acercándose con pasos lentos, como depredador.
Me volteé despacio, sintiendo cómo mis pezones se endurecían bajo la tela. —Ven pendejo, no me hagas esperar más. Te extrañé tanto que me tienes mojada desde la regañada.
Nos fundimos en un abrazo que era puro voltaje. Sus manos grandes bajaron por mi espalda hasta mi culo, apretándolo con fuerza posesiva. Olía a su colonia cítrica mezclada con sudor fresco de avión, y cuando me besó, su lengua invadió mi boca con sabor a chicle de menta y deseo crudo. Gemí bajito contra sus labios, el ruido de la ciudad abajo ahogando mis jadeos iniciales. Sus dedos se colaron bajo el vestido, rozando mis nalgas desnudas, y sentí un escalofrío que me subió por la columna.
—Estás caliente como tamal en comal —murmuró en mi oído, mordisqueándome el lóbulo mientras sus uñas me arañaban suave la piel.
Lo empujé contra la mesa de la terraza, donde brillaban dos vasos de tequila reposado y limones cortados. El cristal frío contrastaba con el calor de su cuerpo. Le quité la camisa de un jalón, besando su pecho salado, lamiendo el sudor que perlaba su piel. Él rio, un sonido grave y sexy que vibró en mi pecho.
—Chin, Ana, vas a hacer que me corra antes de tiempo.
Acto uno apenas empezaba, pero la tensión ya era un nudo en mi vientre. Nos sentamos en las sillas loungers, bebiendo tequila que quemaba la garganta como promesas rotas. Hablábamos de todo y nada: de cómo el wey de su jefe lo había chingado en la junta, de mis clases de yoga donde fantaseaba con él en cada pose. Pero sus ojos no dejaban los míos, y su mano descansaba en mi muslo, subiendo centímetro a centímetro. El pulso en mi clítoris latía al ritmo de su roce, y el olor de mi propia excitación empezaba a mezclarse con el jazmín.
De repente, se levantó y me cargó como si no pesara nada, llevándome adentro al cuarto principal. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Me tiró suave sobre ella, y el colchón rebotó, haciendo que mis tetas saltaran libres cuando el vestido se subió. Él se quitó el pantalón, revelando su verga dura, venosa, apuntándome como arma cargada. Qué chingona se ve, gruesa y lista para romperme, pensé, lamiéndome los labios.
En el medio del acto, la cosa escaló despacio pero con fuerza. Marco se arrodilló entre mis piernas abiertas, besando mi interior de muslos. Su aliento caliente me hacía arquear la espalda, y cuando su lengua tocó mi concha empapada, grité su nombre. Lamía despacio, chupando mi clítoris como si fuera mango maduro, el sabor salado de mis jugos en su boca. Yo enredaba mis dedos en su pelo negro, tirando suave.
—Más, cabrón, no pares —jadeaba, el sonido de su succión húmeda llenando la habitación junto al zumbido del AC.
Pero él jugaba conmigo, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Mis paredes se contraían alrededor de él, y el olor almizclado de sexo nos envolvía como niebla.
Esto es Pasión Cap 33, el capítulo donde me rindo por completo, donde su toque me hace olvidar el mundo, pensé en un arrebato, mientras mi primer orgasmo me sacudía como terremoto. Ondas de placer me recorrieron, piernas temblando, uñas clavadas en las sábanas.
Él subió, besándome para que probara mi propio sabor dulce y salado en su lengua. —Ahora te voy a coger como mereces, mi amor —gruñó, posicionando su verga en mi entrada resbalosa.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena pulsando contra mis paredes, el calor de su piel contra la mía sudada. Empezó a moverse, primero lento, profundo, nuestros gemidos sincronizados como ranchera. El slap slap de carne contra carne, el crujir de la cama, el gusto de su cuello salado cuando lo mordí. Aceleró, sus bolas golpeando mi culo, y yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavando tacones en su espalda.
—¡Qué rico, Marco! ¡Cógeme más duro, pendejo! —gritaba, perdida en el vaivén.
La intensidad psicológica crecía: recordaba nuestras primeras veces, torpes y urgentes en su coche viejo; ahora éramos expertos en el cuerpo del otro. Él me susurraba guarradas al oído: "Tu concha es mía, tan apretada y mojada para mí". Yo respondía arqueándome, apretándolo más, sintiendo su pulso acelerado contra mi pecho. Sudor nos pegaba, piel resbalosa, el aroma a sexo puro y tequila impregnando todo. Otro orgasmo me vino, fuerte, haciendo que chorree un poco, mojando las sábanas.
Cambié de posición, montándolo como reina. Sus manos en mis caderas guiaban, pero yo mandaba el ritmo, rebotando sobre su verga, tetas saltando libres. Él las amasaba, pellizcando pezones duros como piedras. El placer era eléctrico, mi clítoris rozando su pubis con cada bajada. No quiero que acabe nunca, esta pasión es adictiva, monologaba internamente mientras lo veía mirarme embobado, ojos negros de lujuria.
En el clímax final, él se tensó debajo de mí. —Me vengo, Ana, ¡joder! —rugió, y sentí su verga hincharse, chorros calientes llenándome profundo. Mi tercer orgasmo explotó con él, olas de éxtasis puro, cuerpos convulsionando juntos. Grité, él gruñó, y colapsamos en un enredo sudoroso.
El afterglow fue puro paraíso. Yacíamos jadeando, el corazón tronándole en mi oído pegado a su pecho. El aire fresco de la noche entraba por la ventana, secando nuestro sudor. Él me acariciaba el pelo, besándome la frente.
—Pasión Cap 33 fue la mejor hasta ahora, mi vida —dijo suave, con voz post-sexo ronca.
—Y hay más capítulos, wey. No creas que te vas a librar fácil —respondí, riendo bajito, sintiendo su semen escurrir lento entre mis piernas.
Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el skyline de CDMX testigo mudo de nuestra entrega. El deseo no se apagó; solo se transformó en algo más profundo, un fuego que arde eterno. Mañana empezaríamos a planear Cap 34, pero por ahora, solo éramos piel, aliento y promesas susurradas en la oscuridad.