Luisa Piccarreta Las Horas de la Pasion
En el corazón de la Roma Norte, donde las calles empedradas susurran historias de antaño y el aroma a café recién molido se mezcla con el jazmín de los balcones, Luisa se recostaba en su sillón de terciopelo rojo. Tenía treinta y cinco años, piel morena como el chocolate de Oaxaca y ojos negros que guardaban secretos ardientes. Era una lectora voraz, y esa tarde, entre sus manos temblorosas, sostenía el libro Luisa Piccarreta Las Horas de la Pasion. No era la devota mística italiana la que la cautivaba, sino la forma en que esas páginas describían el sufrimiento y éxtasis de la pasión, palabras que en su mente se retorcían como caricias prohibidas.
El sol filtraba a través de las cortinas de encaje, tiñendo la habitación de un dorado cálido. Luisa inhaló profundo, el olor a papel viejo y tinta la envolvió, y sintió un cosquilleo en el vientre.
¿Por qué estas horas de la pasión me encienden tanto? Como si cada línea fuera un roce en mi piel, pensó, mientras sus dedos rozaban las páginas. Su blusa de algodón se pegaba a sus pechos plenos por el calor de la tarde, y un suspiro escapó de sus labios carnosos.
Entonces sonó el timbre. Era Alejandro, su amigo de la universidad, ahora un hombre de hombros anchos y sonrisa pícara que la visitaba cada semana para charlar de libros. Alto, con barba recortada y ojos verdes heredados de algún abuelo español, entró con una botella de mezcal artesanal de Matatlán. ¡Órale, Luisa! ¿Qué traes ahí? ¿Otra de tus lecturas místicas? dijo, dejando el mezcal en la mesa de madera tallada.
Luisa sonrió, el pulso acelerándose al verlo quitarse la chamarra de cuero, revelando una camiseta ajustada que marcaba sus músculos. Neta, este wey me pone caliente sin esfuerzo, pensó ella. Le mostró el libro. Es Luisa Piccarreta, Las Horas de la Pasion. Habla del dolor y el placer entrelazados. Léelo, a ver qué sientes.
Alejandro se acercó, su colonia amaderada invadiendo el espacio de ella. Se sentó a su lado, tan cerca que sus muslos se rozaron. Leyó en voz alta un pasaje, su voz grave resonando como un tambor en el pecho de Luisa. Siento su aliento en mi cuello, cálido y húmedo. La tensión creció; ella cruzó las piernas para calmar el calor entre ellas, pero solo avivó la llama.
Acto primero concluía con un roce inocente: sus manos se encontraron al pasar la página. Esto es intenso, Luisa. Como si me estuvieras contando tus propios secretos, murmuró él, sus ojos clavados en los de ella. Ella asintió, el corazón latiéndole fuerte, el aroma de su sudor mezclado con el mezcal abriendo puertas prohibidas.
La noche cayó suave sobre la ciudad, las luces de los restaurantes cercanos parpadeando como estrellas terrenales. Habían bebido un par de rondas, el mezcal quemando sus gargantas y soltando lenguas. ¿Sabes qué? Estas horas de la pasión no son solo sufrimiento. Hay éxtasis, entrega total, dijo Luisa, su voz ronca. Alejandro la miró, intenso. Enséñame entonces. Muéstrame tus horas de la pasión.
Se levantaron, el aire cargado de electricidad. Él la tomó de la cintura, sus palmas grandes y callosas presionando la curva de sus caderas. Luisa jadeó, el tacto áspero de sus dedos enviando chispas por su espina. Se besaron por primera vez esa noche, labios suaves chocando con hambre. Su lengua exploró la de ella, sabor a mezcal y menta, mientras sus manos subían por su espalda, desabrochando el sostén con destreza.
¡Qué rico se siente su boca! Como si me devorara entera, pensó Luisa, arqueándose contra él. Lo guió al dormitorio, donde la cama king size con sábanas de satín negro los esperaba. El olor a lavanda de las velas encendidas flotaba, mezclado con el almizcle de sus cuerpos excitados. Se desnudaron despacio, saboreando cada revelación: los pechos firmes de ella, coronados de pezones oscuros endurecidos; la verga de él, gruesa y venosa, palpitando al aire libre.
Alejandro la recostó, besando su cuello, lamiendo el sudor salado. Bajó a sus senos, chupando un pezón con succión suave, luego fuerte, haciendo que Luisa gimiera alto. ¡Ay, wey, no pares! ¡Qué chido! Sus manos enredadas en su cabello oscuro, tirando suave. Él descendió más, inhalando el aroma dulce y almizclado de su panocha húmeda. Tan mojada ya, tan lista para mí, pensó él, aunque ella no lo oyera.
Luisa temblaba, las páginas del libro olvidadas en la mesita, pero su esencia ardía en su mente. Sus dedos separaron los labios hinchados, la lengua danzando sobre el clítoris hinchado. El sabor ácido y dulce la hizo gemir más fuerte, caderas moviéndose al ritmo. ¡Sí, ahí, cabrón! ¡Lámeme la concha! El sonido húmedo de su boca llenaba la habitación, junto a sus jadeos y el tráfico lejano de Insurgentes.
La intensidad escalaba. Ella lo jaló arriba, montándolo como una amazona. Su verga la llenó de golpe, estirándola deliciosamente. ¡Qué verga tan rica, tan dura! Me parte en dos. Cabalgó lento al inicio, sintiendo cada vena rozar sus paredes internas, el choque de pelvis resonando. Sudor perlando sus cuerpos, brillando bajo la luz tenue. Él agarró sus nalgas, amasándolas, un dedo rozando su ano tentadoramente.
Cambiaron posiciones, él encima, embistiendo profundo. Cada thrust hacía crujir la cama, sus bolas golpeando suave. Luisa clavó uñas en su espalda, dejando marcas rojas.
Estas son mis horas de la pasión, como las de Luisa Piccarreta, pero con carne y fuego. Gritaron juntos, el clímax acercándose como tormenta.
El afterglow los envolvió como niebla tibia. Alejandro se derrumbó a su lado, jadeante, su semen caliente goteando de ella. Luisa lo besó suave, probando el salado de su piel. Gracias, mi amor. Fue como vivir esas horas, susurró. Él sonrió, acariciando su cabello revuelto. Neta, Luisa, contigo todo es pasión pura.
Se quedaron así, entrelazados, el olor a sexo impregnando las sábanas. Afuera, la ciudad dormía, pero en su mundo, las horas de la pasión apenas comenzaban. Luisa cerró los ojos, satisfecha, sabiendo que el libro había sido el puente a este éxtasis compartido. Mañana leerían más, y quemarían de nuevo.