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Canciones de la Pelicula Pasion y Baile que Inflaman el Deseo

7117 palabras

Canciones de la Pelicula Pasion y Baile que Inflaman el Deseo

La noche en el depa de Lupe en la Roma estaba al tiro, con luces tenues y el aire cargado de risas y chelas frías. Yo, Karla, había llegado con mis cuates después de un chorro de trabajo, lista pa' desconectarme. La música retumbaba suave al principio, pero cuando Lupe conectó su playlist, todo cambió. "¡Órale, pusieron las canciones de la película Pasión y Baile!", gritó ella, y el ritmo de esos temas latinos me pegó directo en el pecho. Esas melodías con tambores y guitarras que te hacen menear las nalgas sin pensarlo dos veces. El olor a tequila y perfume barato flotaba, mezclado con el sudor fresco de la gente que ya empezaba a bailar.

Ahí lo vi por primera vez. Diego, un morro alto, de piel morena y ojos que brillaban como brasas bajo las luces. Vestía una camisa blanca ajustada que marcaba sus hombros anchos, y unos jeans que le quedaban como pintados. Estaba platicando con unos vatos, pero cuando sonó la primera rola de la peli, "(I've Had) The Time of My Life" en versión salsa, sus caderas se movieron solas. Me quedé clavada, sintiendo un cosquilleo en la panza.

"¿Qué pedo, Karla? ¿Te late ese pendejo o qué?",
me susurró mi amiga Mónica al oído, su aliento cálido con sabor a limón.

Me armé de valor y me acerqué, fingiendo que buscaba una chela. Nuestras miradas se cruzaron, y sonrió con esa dentadura perfecta. "¿Bailamos?", me dijo, extendiendo la mano. Su voz grave vibró en mi piel como el bajo de la canción. Tomé su mano, áspera por quién sabe qué trabajo manual, y nos metimos al centro de la sala. El piso vibraba con los pasos de todos, el aire se sentía espeso, cargado de promesas.

Al principio fue juguetón, giros suaves al ritmo de las canciones de la película Pasión y Baile. Sus manos en mi cintura, firmes pero no agarras, me guiaban como si fuéramos pros. Olía a colonia fresca con un toque de hombre, ese aroma que te hace cerrar los ojos. Mi vestido rojo ligero se pegaba a mis curvas con el calor, y sentía su aliento en mi cuello cuando me giraba. Pinche calor, pero qué rico, pensé, mientras mi corazón latía al compás de los tambores. Cada roce de su pecho contra mi espalda mandaba chispas por mi espina.

La segunda canción, una balada ardiente con trompetas, nos acercó más. Sus caderas contra las mías, un vaivén lento que imitaba algo mucho más íntimo. Sudábamos ya, gotas resbalando por mi escote, y él las notó, sus ojos bajando un segundo con hambre.

"Estás cañona bailando, Karla",
murmuró, su boca tan cerca que sentí el roce de su barba incipiente en mi oreja. Me reí, juguetona: "Tú tampoco estás tan pendejo, güey". El deseo crecía, un nudo tibio entre mis piernas que me hacía apretar los muslos.

La fiesta seguía, pero nosotros ya estábamos en nuestro mundo. Lupe gritaba algo de shots, pero Diego me jaló a un rincón más oscuro, donde el sonido de las canciones se sentía como un latido compartido. Sus labios rozaron los míos por accidente, o eso creí, y el beso explotó. Suave al inicio, explorando, luego profundo, con lengua que sabía a tequila y menta. Mis manos subieron a su nuca, enredándose en su pelo negro y revuelto. El mundo se redujo a su sabor, su calor, el gemido bajo que escapó de su garganta.

Acto dos: la escalada. Nos escabullimos a la terraza, con la ciudad de fondo brillando como estrellas caídas. La playlist seguía adentro, filtrándose por la puerta: ahora una rola rápida, con congas que nos hicieron bailar pegados otra vez. Sus manos bajaron por mi espalda, deteniéndose en mis nalgas, apretando con permiso implícito porque yo arqueaba la espalda pa' más. "¿Quieres seguir?", preguntó, ojos fijos en los míos, voz ronca. Asentí, empoderada, jalándolo yo ahora hacia el cuarto de visitas que Lupe había dejado libre.

Adentro, la luz de la luna se colaba por la ventana, pintando su piel de plata. Cerré la puerta, y el beso volvió feroz. Me quitó el vestido con dedos temblorosos de ganas, besando cada centímetro que liberaba: cuello, pechos, vientre. Su lengua en mis pezones duros, un mordisquito que me arrancó un jadeo. Olía a nuestra excitación, ese musk dulce y salado.

"Eres una diosa, Karla. Me traes loco desde que te vi meneando esas caderas con las canciones de Pasión y Baile",
gruñó, mientras yo le arrancaba la camisa, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas.

Caímos en la cama, sábanas frescas contra mi piel ardiente. Sus jeans volaron, y ahí estaba, duro y listo, palpitando contra mi muslo. Lo toqué, piel suave sobre hierro, y él gimió mi nombre. Besé su pecho, bajando lento, saboreando el sudor salado, hasta tomarlo en mi boca. Su mano en mi pelo, guiando sin forzar, el sabor de él preeyaculando, amargo y adictivo. Qué chingón se siente tenerlo así, poderoso, pensé, mientras sus caderas se movían al ritmo imaginario de la música de afuera.

Me volteó, besando mi interior de muslos, lengua trazando caminos que me hicieron arquear. Lamía despacio, círculos en mi clítoris hinchado, dedos curvándose dentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Gemí fuerte, mordiendo la almohada pa' no alertar a la fiesta. El olor de mi humedad lo volvía loco, lo oía respirar hondo. "Ven pa'cá, papi", lo jalé arriba, lista pa' más.

Entró lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Nuestros ojos conectados, sudor goteando de su frente a mi pecho. Empezamos un ritmo propio, como el baile de antes: lento, profundo, luego rápido y salvaje. Sus embestidas me rozaban justo ahí, mi clítoris contra su pubis. Manos entrelazadas, uñas clavadas en su espalda. El sonido de piel contra piel, jadeos mezclados con las risas lejanas de la fiesta. Siento su pulso dentro, latiendo conmigo, el calor subiendo como lava.

La tensión creció, mis paredes apretándolo, él hinchándose más.

"No aguanto, Karla... ¡dame todo!",
rugió, y aceleramos, cuerpos chocando en frenesí. El orgasmo me golpeó primero, olas que me sacudían, gritando su nombre mientras me contraía alrededor de él. Él se vino segundos después, caliente y profundo, colapsando sobre mí con un gemido gutural.

Acto tres: el afterglow. Quedamos jadeantes, enredados, su peso reconfortante. El aire olía a sexo y sábanas revueltas, la playlist aún sonando bajito: la última canción de la película, melancólica y dulce. Besos suaves en mi hombro, sus dedos trazando patrones en mi piel húmeda. Qué paz, cabrón. Como si hubiéramos bailado toda la noche en esa peli.

"¿Repetimos con las canciones de la película Pasión y Baile otro día?", murmuró, riendo bajito. Yo sonreí, besándolo lento. Sí, güey. Esto apenas empieza. La noche terminó con promesas susurradas, cuerpos calmados pero listos pa' más ritmos. Salimos de la fiesta de la mano, el deseo latiendo aún como un corazón compartido.

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