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El Color de la Pasión Capítulo 75 Fuego en la Piel

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El Color de la Pasión Capítulo 75 Fuego en la Piel

Ana se recostó en el sofá de su departamento en la Condesa, con el aire cargado del aroma a jazmín que flotaba desde el balcón abierto. La noche de Ciudad de México bullía afuera, con el lejano rumor de cláxones y risas de transeúntes, pero adentro, el silencio era espeso, solo roto por el tic-tac de su pulsera. Llevaba un vestido ligero de algodón, ceñido a sus curvas, que dejaba entrever el calor que ya le subía por la piel. Hacía rato que Diego le había mandado un mensaje: "Llego en diez, neta que te extraño, mami". Ese pendejo siempre sabía cómo encenderla con una palabra.

Ella tomó el control remoto y encendió la tele, sintonizando el canal de telenovelas. Justo empezaba El Color de la Pasión, su guilty pleasure. Capítulo 75, leyó en la pantalla, y una sonrisa pícara se le dibujó en los labios. En este episodio, la protagonista, esa morra firecracker llamada Rosalinda, por fin se entregaba a su galán en una hacienda bajo la luna. Ana se imaginó en su lugar, con el viento caliente rozándole las piernas.

¿Y si Diego llega y lo hacemos como ellas? Neta, ya no aguanto esta caloría entre las piernas, pensó, mientras un cosquilleo le subía por el vientre.

La puerta sonó. Ana se levantó de un brinco, el corazón latiéndole como tamborazo en quinceañera. Abrió y ahí estaba Diego, alto, moreno, con esa playera ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que le quedaban como pintados. Olía a colonia fresca mezclada con el sudor de la calle, un olor que la ponía loca.

—Órale, güey, qué chula te ves —dijo él, entrando y jalándola por la cintura para plantarle un beso que sabía a menta y deseo.

—Ven, pa' que veamos la novela juntitos —susurró ella, guiándolo al sofá. Se acurrucaron, sus cuerpos pegados, la mano de él ya descansando en su muslo desnudo. La pantalla mostraba a Rosalinda y su amorío enredados en besos furiosos, la cámara capturando el brillo del sudor en sus pieles.

El deseo inicial era como una chispa: Ana sentía el calor de la palma de Diego subiendo despacio por su pierna, rozando el borde de su vestido. Él respiraba hondo contra su cuello, inhalando su perfume.

—Mira cómo se traen, ¿no? —murmuró Diego, su voz ronca—. Me dan ganas de...

Ana giró el rostro, sus labios rozando los de él.

—De hacérmelo a mí como a ella.

La tensión crecía con el capítulo. En la tele, Rosalinda gemía bajito mientras el galán le besaba el cuello, desatando los lazos de su blusa. Ana notó cómo la verga de Diego se ponía dura contra su cadera, un bulto firme que la hacía mojarse al instante. Ella deslizó la mano por su pecho, sintiendo los latidos acelerados bajo la tela.

Qué rico se siente su piel, áspera y caliente, como si quemara, pensó Ana, mientras él le mordisqueaba la oreja, enviando ondas de placer hasta su clítoris palpitante.

Diego la volteó hacia él, sus ojos oscuros clavados en los suyos, llenos de esa hambre mexicana, pura y sin filtros.

—Neta, Ana, desde que salí del jale no paro de pensar en tu culazo —confesó, su aliento cálido contra su boca.

Ella rio bajito, un sonido gutural que vibró en su garganta.

—Pues demuéstramelo, carnal. Hazme tuya como en El Color de la Pasión Capítulo 75.

Las manos de él subieron por sus muslos, levantando el vestido hasta dejarla expuesta, solo con unas tanguitas de encaje negro que ya estaban empapadas. El aire fresco del ventilador le erizó la piel, contrastando con el fuego que Diego avivaba al rozar su monte de Venus con los nudillos. Ana arqueó la espalda, gimiendo suave, el sonido ahogado por el clímax dramático de la novela en fondo.

Él se arrodilló frente a ella, separándole las piernas con gentileza pero firmeza. El olor de su excitación llenó el espacio entre ellos, almizclado y dulce, como miel de maguey. Diego acercó la nariz, inhalando profundo.

—Hueles a pecado, morra —gruñó, antes de lamerla por encima de la tela.

Ana jadeó, sus dedos enredándose en su cabello negro y revuelto. ¡Ay, cabrón! El roce de su lengua era eléctrico, húmedo, saboreando su esencia salada. Ella se mecía contra su boca, el sofá crujiendo bajo su peso, mientras la ciudad zumbaba indiferente afuera.

No pares, pendejo, me vas a volver loca con esa lengua endiablada.

La intensidad subía como el volumen de una cumbia en fiesta. Diego le quitó las tangas de un jalón, exponiéndola al todo. Su lengua se hundió en ella, chupando su clítoris hinchado, mientras dos dedos gruesos la penetraban despacio, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Ana gritó bajito, el placer acumulándose en oleadas, sus paredes internas contrayéndose alrededor de él. Sudor perlaba su frente, goteando salado por su sien.

—Diego... ya... métemela —suplicó, la voz entrecortada.

Él se levantó, desabrochándose los jeans con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precúm. Ana la tomó en mano, sintiendo el pulso furioso, el calor que irradiaba como brasa. La masturbó despacio, saboreando la textura aterciopelada sobre el acero.

—Qué chingona está —dijo ella, lamiendo la punta, probando su sabor amargo y adictivo.

Diego la levantó en brazos, fuerte como toro, y la llevó a la recámara. La cama king size los recibió con sábanas frescas de hilo egipcio, oliendo a lavanda. La tumbó boca arriba, trepando sobre ella. Sus cuerpos se alinearon, piel contra piel, el vello de su pecho rozándole los pezones endurecidos.

Entró en ella de un solo empujón suave, llenándola por completo. Ana sintió cada centímetro estirándola, el roce delicioso contra sus paredes sensibles. Gimió alto, clavándole las uñas en la espalda, dejando surcos rojos que él adoraba.

—¡Sí, así, pásamela toda! —exigió, mientras él embestía rítmico, el sonido de carne contra carne mezclándose con sus jadeos.

El clímax se acercaba como tormenta en el desierto. Diego aceleró, sudando profusamente, gotas cayendo sobre sus senos. Ana lo apretó con las piernas, sus caderas chocando con furia. El olor a sexo impregnaba el cuarto, intenso y primal. Ella sintió la explosión primero: un espasmo que la sacudió entera, el placer irradiante desde su centro, haciendo que gritara su nombre.

—¡Diego, me vengo, cabrón!

Él la siguió segundos después, gruñendo como fiera, su semen caliente inundándola en chorros potentes. Colapsaron juntos, exhaustos, cuerpos temblorosos enredados.

En el afterglow, yacían pegados, el sudor enfriándose en su piel. Diego le besó la frente, suave ahora, tierno.

—Neta, eso fue mejor que cualquier capítulo de El Color de la Pasión —susurró.

Ana sonrió, trazando círculos en su pecho con el dedo.

Este es nuestro color de la pasión, Capítulo 75 y contando. Mañana pedimos tacos pa' recargar.

La luna se colaba por la ventana, bañándolos en plata, mientras el eco de sus suspiros se fundía con la noche mexicana.

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