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Pasión Latina Ardiente

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Pasión Latina Ardiente

La noche en Polanco bullía con ese ritmo que solo México sabe dar. Las luces de neón parpadeaban sobre las terrazas llenas de risas y copas tintineando, mientras el aire cargado de jazmín y humo de cigarros puros me envolvía como un abrazo caliente. Yo, Sofia, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el vestido rojo ceñido a mi piel morena que brillaba bajo las luces. Neta, necesitaba soltarme, pensé, mientras pedía un tequila reposado en la barra. El bartender, un morro simpático, me guiñó el ojo y dijo:

«Órale, güerita, pa’ que la pases chido».

Entonces lo vi. Alto, con esa piel canela que gritaba pasión latina por todos los poros, cabello negro revuelto y una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Se llamaba Marco, un diseñador gráfico que andaba por ahí con unos cuates. Nuestras miradas se cruzaron como chispas en la pólvora, y antes de que me diera cuenta, estaba platicando con él, riéndonos de tonterías mientras el mariachi del fondo tocaba La Bamba con todo. Su voz grave, con ese acento chilango puro, me erizaba la piel. ¿Qué onda con este wey? Me late cañón, me dije, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas.

—Ven, baila conmigo —me dijo, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera por el trabajo, y cuando me jaló a la pista, el mundo se redujo a nosotros. El sudor ya perlaba su cuello, oliendo a hombre, a colonia barata mezclada con deseo puro. Nuestros cuerpos se pegaron al ritmo de la salsa, mis caderas ondulando contra las suyas. Sentí su verga endureciéndose contra mi muslo, y en lugar de alejarme, apreté más, mordiéndome el labio. Esto es pasión latina, carajo, esa que quema por dentro.

La música nos mecía, sus manos en mi cintura bajando despacito hasta mis nalgas, amasándolas con una ternura feroz. Yo le pasé las uñas por la espalda, oyendo su jadeo ronco en mi oído. —Estás rica, Sofia —murmuró, su aliento caliente con sabor a tequila rozando mi oreja. El corazón me latía como tambor, el calor subiendo por mi vientre. No aguanto más, neta. Le susurré al oído:

«Llévame de aquí, Marco. Quiero sentirte todo».
Él sonrió, esa sonrisa de pendejo encantador, y me tomó de la mano hacia su depa a unas cuadras.

Acto dos: la escalada. El elevador subía lento, y ya nos devorábamos con besos. Sus labios gruesos sabían a sal y picante, lengua invadiendo mi boca como si quisiera comerme viva. Lo empujé contra la pared, mis tetas aplastadas contra su pecho duro, sintiendo sus pezones endurecidos bajo la camisa. —Eres fuego, mamacita —gruñó, manoseándome el culo mientras el ding del elevador nos sacó del trance.

Adentro, su depa era un desmadre chido: posters de Frida, velas aromáticas a vainilla y una cama king size que gritaba promesas. Nos quitamos la ropa a dentelladas, riendo como locos. Su cuerpo era una obra de arte latina: músculos definidos por gym, vello oscuro bajando hasta esa verga gruesa, venosa, palpitante. Yo me quedé en tanga roja, mis chichis liberadas, pezones oscuros duros como piedras. Él se arrodilló, oliendo mi aroma almizclado de excitación. Qué wey tan cabrón, pensé, mientras su lengua lamía mi clítoris por encima de la tela.

—Quítatela —le ordené, y él obedeció, rasgando la tanga con los dientes. Su boca se hundió en mi panocha, chupando con hambre, lengua danzando en círculos que me hacían arquear la espalda. Gemí fuerte, ¡ay, cabrón!, agarrándole el pelo. El sabor de mi humedad en su boca, el sonido chapoteante, el olor a sexo llenando el cuarto. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, en mi punto G, mientras succionaba. Mis piernas temblaban, jugos chorreando por sus dedos.

«Más, Marco, no pares, pendejo»
, le supliqué, y él aceleró, mi primer orgasmo explotando como piñata, gritando su nombre mientras el mundo giraba.

Pero no paró. Me levantó como si nada, tirándome a la cama. Sus ojos ardían con esa pasión latina incontrolable. Me abrió las piernas, frotando su verga contra mi entrada resbalosa. —Dime que la quieres —exigió, voz ronca. —Sí, chíngame, hazme tuya —respondí, clavándole las uñas en los hombros. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué llenura, wey! Gemí, sintiendo cada vena pulsando dentro. Empezó a bombear, lento al principio, nuestros cuerpos sudados chocando con palmadas húmedas.

Yo lo monté después, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando mientras él las amasaba. El olor a sudor nuestro, a piel caliente, el sabor salado cuando le chupé el cuello. Aceleramos, sus manos en mis caderas guiándome, gruñendo:

«Estás apretada, Sofia, me vas a matar»
. El clímax se acercaba, tensión en mi vientre como resorte. Cambiamos a perrito, él embistiéndome profundo, bolas golpeando mi clítoris. Sentí sus dedos en mi ano, masajeando suave, y eso me llevó al borde. —¡Vente conmigo! —grité, y él rugió, llenándome de leche caliente mientras yo explotaba de nuevo, paredes contrayéndose alrededor de su verga.

Acto tres: el eco del fuego. Colapsamos enredados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. Su semen goteaba de mí, cálido en mis muslos, y él lo esparció con ternura, besándome la frente. —Eres increíble, mi pasión latina —susurró, y yo reí bajito, acurrucándome en su pecho. El cuarto olía a nosotros, a sexo satisfecho, con la ciudad zumbando afuera como banda sonora lejana.

Nos quedamos así, platicando pendejadas hasta el amanecer. Esto no fue solo un polvo, fue conexión pura, de esas que te marcan, pensé, mientras su mano acariciaba mi espalda. Él me confesó que desde el primer vistazo sintió el fuego, y yo admití que su vibe me había atrapado. No hubo promesas locas, solo la neta: volveríamos a vernos, a encender esa pasión latina que ardía entre nosotros.

Al salir, el sol teñía Polanco de dorado, y caminé con las piernas flojas, sonrisa boba. Qué noche, carnal. México sabe cómo avivar el alma. Y supe que esto era solo el principio.

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