Pasión Canal
El sol de la tarde caía suave sobre las trajineras de Xochimilco, pintando el agua del canal con destellos dorados que bailaban como promesas de placer. Yo, Ana, había venido sola buscando un poco de esa pasión canal que tanto se rumora en las chinampas, donde el aire huele a flores frescas y a algo más prohibido, algo que te eriza la piel. Llevaba un huipil ligero que se pegaba a mis curvas con la brisa húmeda, y mis sandalias chapoteaban contra la madera gastada de la barca. El gondolero, un tipo moreno y callado, empujaba con su pértiga mientras mariachis en otra trajinera nos regalaban La Cucaracha a todo pulmón.
Entonces lo vi. En la trajinera de al lado, un wey alto, de ojos negros como el fondo del canal, con camisa blanca arremangada que dejaba ver unos brazos fuertes, tatuados con águilas y serpientes. Me sonrió, esa sonrisa pícara que dice neta, te quiero comer, y levantó su chela en un brindis silencioso. Órale, qué chulo, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a mi entrepierna. Nuestras barcas se acercaron cuando el gondolero viró para esquivar una familia ruidosa, y él saltó con agilidad felina a la mía.
—Permiso, reina —dijo con voz ronca, oliendo a colonia barata mezclada con sudor fresco—. Soy Luis, y no podía dejar pasar esa mirada tuya sin saludar.
Me reí, juguetona, mientras el gondolero fingía no notar nada.
—Ana. Y tú, ¿vienes a pescar algo en este canal o qué?
Acto uno de la tentación: platicamos de la vida en la CDMX, de cómo el estrés del metro y los jaleadores nos tenía hartos. Él era constructor, manos callosas que imaginaba recorriendo mi piel. Compartimos micheladas que compró a un vendedor ambulante —el hielo crujiendo en el vaso, el limón ácido explotando en la lengua—, y el alcohol nos aflojó las lenguas. Sus ojos se clavaban en mis labios, en el escote donde mis chichis subían y bajaban con la risa. El agua chapoteaba rítmicamente contra la barca, un sonido hipnótico que aceleraba mi pulso.
¿Y si le digo que sí? ¿Y si dejo que esta pasión canal nos arrastre?
La barca se adentró en un tramo más estrecho, donde las chinampas flotantes rebosaban de nopales y maizales, y el olor a tierra mojada se mezclaba con el dulzor de los jacintos flotantes. Luis se acercó, su muslo rozando el mío, calor a través de la tela delgada. Pinche calor, murmuró, pero su mano ya estaba en mi rodilla, subiendo despacio, explorando.
—¿Te molesta? —preguntó, voz baja como el rumor del agua.
—Al contrario, cabrón —respondí, mordiéndome el labio—. Sigue.
Acto dos, la escalada: sus dedos trazaron caminos de fuego por mi muslo interno, mientras yo le pasaba la mano por el pecho, sintiendo los músculos duros bajo la camisa. El gondolero nos llevó a una chinampa apartada, fingiendo que era para ver las flores, pero neta, era cómplice. Bajamos a la islita verde, rodeados de ahuehuetes centenarios que susurraban con el viento. Luis me jaló contra un árbol, sus labios capturando los míos en un beso salvaje —lengua invadiendo, sabor a chela y sal, dientes rozando.
Me levantó el huipil, exponiendo mis tetas al aire libre, pezones endurecidos por la brisa y la excitación. Qué ricas, gruñó, chupándolas con hambre, succionando hasta que gemí alto, el sonido perdido en el croar de las ranas. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo la verga tiesa, gruesa, latiendo contra la tela. La saqué, piel caliente y venosa, y la apreté, oyendo su jadeo ronco.
Me traes loca, wey, pensé, mientras él metía la mano en mi calzón, dedos hundiéndose en mi panocha ya empapada. El olor a sexo flotaba pesado, mezclado con el musgo y las flores. Me frotó el clítoris en círculos lentos, torturantes, haciendo que mis caderas se movieran solas, buscando más. Estás chorreando, nena, susurró al oído, mordisqueando el lóbulo, su aliento caliente erizándome la nuca.
Nos tendimos en la hierba suave, yo encima, cabalgándolo con furia. Su verga me llenaba, estirándome delicioso, cada embestida un chapoteo húmedo que resonaba con el canal cercano. Sudor nos unía, piel resbaladiza, el sol filtrándose en rayos que lamían nuestros cuerpos entrelazados. Él me amasaba las nalgas, guiando el ritmo, gruñendo ¡más duro, pinche diosa!. Mi orgasmo subió como una ola del canal, rompiéndose en espasmos que me dejaron temblando, gritando su nombre mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes inundándome.
Pero no paró ahí. La tensión no se resolvió del todo; quería más de esa pasión canal. Regresamos a la trajinera, exhaustos pero encendidos, y el gondolero nos llevó a un rincón escondido donde el agua era más profunda, más íntima. Bajo las estrellas que empezaban a asomarse, nos desvestimos por completo. Su cuerpo era un mapa de deseo: cicatrices de trabajo, vello oscuro en el pecho, verga endureciéndose de nuevo al verme desnuda, mis curvas brillando con sudor y jugos.
Esta vez, él me tomó por detrás, de rodillas en la barca que se mecía con nosotros. El vaivén del agua sincronizaba con sus estocadas profundas, su vientre chocando contra mis pompis con palmadas húmedas. Olía a nosotros, a sexo crudo y río, mientras yo me tocaba el botón, acelerando el placer. ¡Córrete conmigo, Luis!, jadeé, y él obedeció, rugiendo como un tigre, llenándome otra vez mientras yo explotaba en olas de éxtasis, visión borrosa, piernas flojas.
Acto tres, el afterglow: nos quedamos abrazados en la proa, el agua lamiendo la madera como lenguas suaves. Su cabeza en mis tetas, mi mano enredada en su pelo revuelto. El canal susurraba secretos, las luces de otras trajineras parpadeando lejanas. Pinche vida chida, murmuró él, besándome la frente.
Esta pasión canal no se acaba aquí; es solo el principio de algo que fluye eterno, como el agua de Xochimilco.
Nos vestimos despacio, risas compartidas, promesas de volver. El gondolero sonrió sabio cuando nos dejó en el muelle principal, el aire nocturno fresco contra nuestra piel aún ardiente. Caminamos juntos hacia la salida, manos entrelazadas, el sabor de él en mi boca, su olor pegado a mí. Mañana sería otro día en la jungla de concreto, pero esta noche, el canal nos había marcado para siempre con su fuego líquido.