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Fuego de la Pasion

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Fuego de la Pasion

La noche en Guadalajara estaba viva con el bullicio de la fiesta familiar. El aire olía a carne asada chisporroteando en la parrilla, mezclado con el aroma dulce de las flores de cempasúchil que adornaban las mesas. Las luces de colores parpadeaban al ritmo de la banda de mariachi, y el tequila fluía como río en las copas. Yo, Ana, de treinta y tantos, con mi vestido rojo ceñido que marcaba mis curvas, me sentía como una diosa entre tanto pariente gritón y niños correteando. Pero entonces lo vi a él: Javier, el primo lejano de mi cuñada, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía problemas del bueno.

Órale, qué chulo está este wey, pensé mientras lo observaba platicar con los tíos, su camisa blanca abierta un poco, dejando ver el vello oscuro en su pecho. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en la piel, como si el aire se hubiera cargado de electricidad. Me acerqué con una cerveza en la mano, fingiendo casualidad.

¡Ey, qué onda, Javier! ¿Ya te contaron lo del escándalo de la tía Lupe? —le dije, riendo para romper el hielo.

Él se giró, sus ojos cafés clavándose en los míos con una intensidad que me erizó la nuca.

Neta, Ana, pero tú estás más interesante que cualquier chisme. ¿Bailamos?

Su mano en mi cintura fue el primer toque, cálido y firme, enviando chispas por mi espina. El fuego de la pasión empezó a encenderse ahí, lento, como las brasas bajo la carne. Bailamos al son de la ranchera, cuerpos pegados, su aliento con olor a tequila rozando mi oreja. Sentía su dureza contra mi cadera, y yo, sin vergüenza, me apreté más, dejando que mi deseo hablara por mí.

¿Qué carajos estoy haciendo? Es familia lejana, pero neta, lo quiero ya. Su piel huele a sol y hombre, y mi cuerpo grita por más.

La fiesta seguía, pero nosotros nos escabullimos hacia el jardín trasero, donde las sombras de los naranjos nos cobijaban. El sonido de la música se volvía lejano, reemplazado por el crujir de las hojas bajo nuestros pies y el zumbido de los grillos. Javier me acorraló contra un muro de adobe, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabían a sal y limón, ásperos por la barba incipiente que raspaba mi piel suave.

Ana, me traes loco desde que te vi. ¿Quieres esto tanto como yo? —murmuró, su voz ronca vibrando en mi pecho.

Sí, pendejo, más. No pares, respondí, jalando de su camisa para quitársela. Sus músculos se tensaron bajo mis dedos, duros como el tronco de un mezquite. Exploré su torso con las yemas, sintiendo el calor que irradiaba, el pulso acelerado latiendo contra mi palma.

La tensión crecía con cada caricia. Sus manos bajaron por mi espalda, desabrochando el vestido que cayó como una cascada roja a mis pies. Quedé en lencería negra, expuesta al aire fresco de la noche que erizaba mis pezones. Él gimió, bajando la cabeza para lamer mi cuello, mordisqueando suave hasta que jadeé. El olor de su sudor mezclado con mi perfume de jazmín llenaba el espacio entre nosotros, embriagador como el mezcal más fino.

Me levantó en brazos, fuerte y seguro, llevándome a un rincón mullido de heno seco bajo un toldo improvisado. El roce del heno en mi espalda era áspero, contrastando con la suavidad de sus labios descendiendo por mi vientre. Sentí su aliento caliente en mi monte de Venus, y abrí las piernas por instinto, invitándolo.

Esto es puro fuego, carnal. Mi concha palpita, húmeda, lista para él. No hay vuelta atrás.

Javier se arrodilló, sus dedos separando mis labios con delicadeza, explorando mi humedad con toques expertos. Gemí cuando su lengua tocó mi clítoris, un latigazo de placer que me arqueó la espalda. Lamía despacio al principio, saboreándome como si fuera el mejor taco de la taquería, luego más rápido, chupando con hambre. El sonido húmedo de su boca en mí se mezclaba con mis jadeos, y el mundo se redujo a esa sensación: su lengua girando, mis caderas moviéndose solas, el calor subiendo desde mi centro hasta explotar en olas.

¡Ay, Javier, no pares, cabrón! —grité bajito, mis uñas clavándose en su cabello negro.

Me corrí fuerte, temblando, el jugo de mi placer cubriendo su barbilla. Él subió, besándome para que probara mi propio sabor dulce y salado en su lengua. Mi mano bajó a su pantalón, sintiendo la verga tiesa, gruesa, latiendo bajo la tela. La saqué libre, admirando su longitud venosa, la cabeza hinchada brillando con pre-semen. La apreté, masturbándolo lento, oyendo su gruñido gutural.

Te quiero dentro, ya, le supliqué, guiándolo a mi entrada húmeda.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome por completo. Empezamos a movernos, un ritmo pausado al principio, piel contra piel chapoteando, sudor resbalando entre nosotros. El aire olía a sexo crudo, a fuego de la pasión desbordado. Aceleramos, sus embestidas profundas golpeando mi punto G, mis piernas envolviéndolo, talones clavados en su culo firme.

El clímax nos alcanzó juntos. Él se hinchó más dentro de mí, gritando mi nombre mientras eyaculaba caliente, llenándome con chorros pulsantes. Yo exploté de nuevo, contrayéndome alrededor de su verga, lecheándonos mutuamente en éxtasis. El mundo giró en blanco, solo quedando el latido compartido, el jadeo entrecortado.

Nos quedamos así, unidos, mientras el sudor se enfriaba en nuestra piel. Javier me besó la frente, tierno ahora, su mano acariciando mi cabello revuelto.

Eres increíble, Ana. Esto fue... neta, el mejor fuego que he sentido.

El fuego de la pasión nos consumió, pero qué chido arder así. Mañana será otro día, pero esta noche es nuestra.

Nos vestimos entre risas cómplices, robándonos besos robados antes de volver a la fiesta. La banda seguía tocando, nadie notó nuestra ausencia. Caminamos de la mano, el eco de nuestro placer latiendo aún en las venas. Esa noche, en la Guadalajara de luces y tradiciones, descubrimos que el verdadero calor nace del deseo puro, consensual, ardiente como el sol mexicano.

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