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Pasión y Poder Capítulo Final

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Pasión y Poder Capítulo Final

En el ático del hotel más chido de Polanco, con las luces de la Ciudad de México parpadeando como estrellas coquetas allá abajo, Ana se paró frente al ventanal. El aire olía a jazmín del jardín colgante y a ese perfume caro que usaba él, Alejandro, el cabrón que había sido su rival por años en el mundo de los negocios. Neta, cada junta de consejo era una guerra de miradas, de palabras afiladas como navajas, pero debajo de todo eso ardía algo más. Pasión. Poder. Y esta noche, todo culminaba.

Ana se ajustó el vestido negro ceñido que le marcaba cada curva, sintiendo el roce sedoso contra su piel arrebolada. ¿Estoy lista para esto? pensó, mientras su pulso latía fuerte en las sienes. Habían negociado la fusión de sus empresas durante meses, pero sabían que el verdadero trato se cerraría aquí, en privado. No con papeles, sino con cuerpos. Alejandro entró sin tocar, como si el lugar ya fuera suyo. Alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y ojos que prometían dominar. Llevaba una camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho.

—Órale, Ana, sigues viéndote como una diosa del deseo —dijo él, con esa voz grave que le erizaba la piel.

Ella giró, cruzando los brazos para no mostrar lo nerviosa que estaba. —No vengo a halagos, pendejo. Esto es el capítulo final de nuestra guerra. Pero su cuerpo la traicionaba; los pezones se endurecían bajo la tela fina, y un calor húmedo se acumulaba entre sus muslos.

Él se acercó despacio, como un lobo oliendo la presa. El aroma de su colonia, mezcla de sándalo y cuero, la envolvió. Sus manos grandes rozaron sus hombros, bajando por los brazos. Ana sintió el calor de sus palmas, ásperas por el gimnasio, contrastando con su suavidad.

Quiero que me tome, pero no sin pelear un poco primero. Esto es pasión y poder, capítulo final de verdad.
pensó ella, mientras su respiración se aceleraba.

Alejandro la giró hacia él, sus labios a centímetros. —Ríndete, mi reina. Deja que te muestre quién manda esta noche. Sus bocas chocaron en un beso feroz, lenguas danzando como espadas. Saboreó su boca, a whisky añejo y menta, mientras sus manos bajaban a apretar sus nalgas con fuerza posesiva. Ana gimió contra su boca, el sonido ahogado por el rugido de la ciudad abajo. Sus uñas se clavaron en su espalda, rasgando la camisa.

La llevó al sofá de piel italiana, tirándola con cuidado pero firme. El cuero crujió bajo su peso, fresco contra su piel caliente. Él se arrodilló, subiendo el vestido por sus muslos. —Mírate, tan mojada ya. Eres mía. Sus dedos trazaron la línea de su tanga de encaje, rozando el calor pulsante. Ana arqueó la espalda, el roce enviando chispas por su espina. Olía a su propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el sudor que perlaba su piel.

No voy a ceder tan fácil, se dijo, empujándolo para montarlo. Ahora ella arriba, desabotonando su camisa con dientes. Mordió su pecho, saboreando la sal de su piel, mientras él gruñía como animal. —¡Qué chingón, Ana! Dale, muéstrame tu poder. Sus caderas se movían en círculos, frotándose contra la dureza de su verga bajo el pantalón. El sonido de cremalleras bajando fue como un trueno íntimo.

Libre al fin, su miembro saltó, grueso y venoso, latiendo contra su vientre. Ana lo tomó en mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso rápido bajo su palma. Lo acarició lento, torturándolo, mientras él jadeaba. —No pares, carajo... Sus ojos se clavaron en los de ella, puro fuego. Ella se lamió los labios, bajando para envolverlo con la boca. El sabor era puro hombre: salado, con un toque de pre-semen dulce. Chupó profundo, la lengua girando en la cabeza sensible, mientras sus bolas se tensaban en su mano.

Alejandro la levantó como pluma, llevándola a la cama king size. Las sábanas de hilo egipcio susurraron al recibirlos. Él la desnudó completo, besando cada centímetro revelado: el hueco de su clavícula, los pechos firmes con pezones rosados que mordisqueó hasta que ella gritó de placer. —¡Ay, Dios, qué rico! El dolor-placer la hacía retorcerse. Sus dedos bajaron, abriéndose paso entre sus labios hinchados, encontrando el clítoris endurecido. Lo frotó en círculos, mientras dos dedos entraban y salían, curvándose contra ese punto que la volvía loca.

Ana temblaba, el cuarto lleno de sus gemidos y el chapoteo húmedo.

Esto es lo que queríamos siempre: fusionar no solo empresas, sino almas en pasión y poder.
Él la miró, pidiendo permiso con los ojos. —Sí, métemela ya, cabrón. Hazme tuya. Consintió con un beso, posicionándose. La punta rozó su entrada, estirándola lento. Entró centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, sus paredes apretándolo como guante.

Comenzaron a moverse, ritmos sincronizados. Él embestía profundo, el sonido de piel contra piel como palmadas rítmicas. Sudor corría por sus cuerpos, goteando, oliendo a sexo puro. Ana clavaba uñas en su culo, urgiéndolo más rápido. —¡Más duro, Alejandro! ¡Dame todo tu poder! Él obedeció, acelerando, sus bolas golpeando su perineo. Ella sentía cada vena, cada pulso, construyendo la tensión como una ola gigante.

Cambiaron posiciones: ella a cuatro patas, él detrás, jalando su cabello como riendas. El espejo frente a la cama reflejaba todo: sus tetas balanceándose, su cara de puro éxtasis, él sudado y dominante. —Míranos, Ana. Somos invencibles juntos. Un dedo en su ano, rozando, la envió al borde. Gritó su nombre, el orgasmo explotando como fuegos artificiales. Oleadas de placer la sacudían, contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo.

Alejandro rugió, hinchándose más antes de correrse dentro, chorros calientes pintando sus paredes. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos. El aire olía a semen, sudor y victoria. Él la abrazó por detrás, besando su cuello. —Esto es nuestro capítulo final, mi amor. Pasión y poder eternos.

Ana sonrió, girando para mirarlo. Sus dedos trazaron su rostro, sintiendo la barba incipiente. Ya no hay rivales, solo nosotros. Afuera, la ciudad seguía su caos, pero aquí, enredados, habían encontrado paz. El poder ya no era lucha, sino entrega mutua. Se durmieron así, con el corazón latiendo al unísono, sabiendo que su fusión era para siempre.

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