Como Saber Si Es Pasion O Amor Entre Sus Brazos
La noche en Polanco estaba viva, con el bullicio de la CDMX latiendo a todo lo que daba. Luces de neón parpadeando desde los antros, el olor a tacos al pastor flotando en el aire y esa vibra de fiesta que te hace sentir que todo es posible. Yo, Ana, había salido con mis cuates a un rooftop en Masaryk, vestida con un vestido negro ceñido que me hacía sentir chida y poderosa. No buscaba nada serio, solo soltar el estrés del pinche trabajo en la agencia de publicidad.
Ahí lo vi. Diego. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te derrite las rodillas. Estaba recargado en la barandilla, platicando con unos vatos, cerveza en mano. Nuestras miradas se cruzaron y ¡órale! sentí un cosquilleo en el estómago. Me acerqué con mi chela, fingiendo casualidad. ¿Cómo saber si es pasión o amor? se me pasó por la cabeza mientras él me extendía la mano.
—Qué onda, morra, ¿vienes a conquistar la noche? —dijo con voz grave, ese acento chilango que suena tan sexy.
Nos pusimos a platicar de todo: del tráfico infernal, de series en Netflix, de cómo la vida en la ciudad te chupa el alma pero también te la revive. Reíamos como pendejos, y cada roce accidental de sus dedos en mi brazo me erizaba la piel. El viento traía el aroma de su colonia, mezclado con el sudor ligero de la noche calurosa. Su mirada me devoraba, y yo sentía el calor subiendo por mis muslos.
Al rato, la música reggaetón retumbó más fuerte. Perreo puro. Me jaló a la pista improvisada. Sus manos en mi cintura, mi culo rozando su entrepierna. Neta, estaba duro ya. Bailábamos pegados, el ritmo marcando el latido de mi corazón acelerado. Olía a su piel salada, a deseo crudo.
Esto es pasión, Ana, pura pasión. ¿O es amor? ¿Cómo chingados saber si es pasión o amor tan rápido?pensé mientras su aliento caliente me rozaba el cuello.
—Vámonos de aquí, carnalita —murmuró al oído, su voz ronca enviando chispas por mi espina.
No lo pensé dos veces. Bajamos al valet, subimos a su Tsuru tuneado —clásico chilango— y arrancamos rumbo a su depa en Roma. El trayecto fue eterno, con sus manos subiendo por mi muslo, rozando el encaje de mis calzones. Yo jadeaba bajito, el olor a cuero viejo del carro mezclándose con mi excitación húmeda.
Llegamos. Su departamento era chulo: minimalista, con plantas y arte callejero en las paredes. Me sirvió un tequila reposado, el cristal frío contra mis labios ardientes. Nos sentamos en el sofá, y de pronto sus labios estaban en los míos. Beso hambriento, lenguas enredadas, sabor a tequila y menta. Sus manos expertas desabrocharon mi vestido, exponiendo mis tetas al aire fresco. Gemí cuando pellizcó mis pezones, duros como piedras.
—Eres una diosa, Ana —gruñó, bajando la boca a chuparlos. Su lengua girando, succionando, el sonido húmedo volviéndome loca. Olía a su cabello recién lavado, a hombre excitado. Le quité la playera, revelando un pecho tatuado con un águila devorando serpiente —puro México cabrón—. Mis uñas rasguñaron su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la piel caliente.
Me levantó como si nada y me llevó a la recámara. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas arrugadas prometiendo desmadre. Me tiró con gentileza, quitándome el vestido de un tirón. Quedé en tanga, expuesta, vulnerable pero empoderada por su mirada famélica. Él se desvistió lento, provocador. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, apuntándome como un pinche misil. ¡Madre santa! La baba se me hizo agua.
Se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando. El roce de su barba incipiente en mi piel sensible me hizo arquear la espalda. Lamía mis muslos internos, mordisqueando suave.
¿Es esto amor, que me hace sentir tan viva? ¿O solo pasión que quema?Mi mente daba vueltas mientras su lengua encontraba mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, ¡ay, cabrón! Chupaba con hambre, sorbiendo mis jugos, el sonido chapoteante llenando la habitación. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto G que me volvía loca. Mi concha palpitaba, chorreando, el olor almizclado de mi arousal invadiendo todo.
—Estás empapada, morra —dijo triunfante, mirándome a los ojos. Esos ojos cafés intensos, como pozos de misterio.
No aguanté más. Lo jalé al colchón, montándome encima. Agarré su verga, dura como fierro, y la froté contra mi entrada resbaladiza. Lentito, me hundí en él. ¡Puta madre, qué grande! Lo llenaba todo, estirándome delicioso. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando mi piel. Él gemía, manos en mis caderas guiándome. El slap-slap de carne contra carne, nuestros jadeos mezclados con el zumbido del ventilador.
Cambié de posición. Me puso a cuatro, embistiéndome desde atrás. Cada estocada profunda, golpeando mi culo, sus bolas chocando contra mi clítoris. ¡Más fuerte, pendejo! grité, y él obedeció, jalándome el pelo suave. Sentía su verga palpitar dentro, rozando paredes sensibles. El olor a sexo puro, sudor, lubricante natural. Mi orgasmo se acercaba, una ola gigante.
—Voy a venirme, Ana —gruñó, acelerando.
—Adentro, métemela toda —supliqué, empoderada en mi placer.
Explotamos juntos. Mi concha se contrajo en espasmos, ordeñándolo, chorros calientes llenándome. Grité su nombre, él el mío, cuerpos temblando en éxtasis. Colapsamos, enredados, piel pegajosa, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.
Después, en la afterglow, yacíamos abrazados. Su dedo trazaba círculos en mi espalda, el tacto suave contrastando la ferocidad anterior. El cuarto olía a nosotros, a sábanas revueltas, a tequila olvidado. Miré su rostro relajado, vulnerable.
¿Cómo saber si es pasión o amor? La pasión quema rápido, pero esto... esto se siente como raíces profundas, como el amor que nace del fuego.
—¿Qué piensas, reina? —preguntó bajito.
—Que quiero descubrirlo contigo, paso a paso —respondí, besándolo suave.
La noche se extendió en caricias perezosas, risas compartidas. Salimos al balcón a ver las luces de la ciudad, su brazo alrededor de mi cintura. El viento fresco secando nuestro sudor. No era solo un polvo; era el inicio de algo real. Pasión que se transforma en amor, o quizás ya lo era desde el primer vistazo. Neta, en la CDMX todo puede pasar.