Pasión Prohibida Capítulo 31 El Fuego que Quema
El aire de la noche en Polanco olía a jazmín y a lluvia reciente, ese aroma que se pega a la piel como una promesa. Ana caminaba por la acera empedrada del hotel, con el corazón retumbando en el pecho como tambores de una fiesta en la colonia. Llevaba un vestido negro ajustado que rozaba sus muslos con cada paso, suave como la seda contra su piel caliente. Hacía treinta capítulos que esto empezó, treinta encuentros robados, pasión prohibida capítulo 31, pensó mientras subía al elevador. Javier, el prometido de su hermana mayor, el hombre que no debía tocar pero que la volvía loca con solo una mirada.
La puerta de la suite se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, recargado en el marco, con esa sonrisa pícara que le hacía cosquillas en el estómago. Alto, moreno, con los ojos cafés oscuros que brillaban bajo la luz tenue del pasillo. Olía a colonia cara mezclada con su sudor natural, ese olor varonil que la hacía salivar.
¡Órale, nena! Al fin llegaste. Me tenías con el alma en un hilo.
Ana se mordió el labio, sintiendo el pulso acelerado en las sienes. Esto está mal, se dijo, pero su cuerpo ya la traicionaba, los pezones endureciéndose bajo la tela del vestido.
—No seas pendejo, Javier —le susurró, entrando y cerrando la puerta con el pie—. Si mi hermana se entera, nos mata a los dos.
Él la jaló hacia sí, sus manos grandes rodeando su cintura, el calor de su palma traspasando la tela. Sus labios rozaron su oreja, el aliento cálido enviando escalofríos por su espina.
—Pero aquí estamos, mi reina. Capítulo treinta y uno de nuestra pasión prohibida. ¿Vas a desperdiciarlo?
Ana rio bajito, un sonido ronco que vibró en su garganta. Lo empujó juguetona contra la pared, sus uñas arañando suavemente su camisa blanca. El cuarto era un sueño: cama king size con sábanas de algodón egipcio, vistas a la ciudad iluminada, una botella de tequila reposado en la mesa de noche. Música suave de mariachi moderno sonaba de fondo, con guitarras que gemían como amantes.
Se besaron entonces, lento al principio, saboreando el sabor a menta de su boca y el leve toque salado de su lengua. Las manos de Javier bajaron a sus nalgas, amasándolas con fuerza, mientras ella enredaba los dedos en su cabello negro y revuelto. Qué rico se siente esto, pensó Ana, el deseo creciendo como una ola en su vientre.
Acto primero: la tensión del reencuentro. Habían pasado dos semanas desde la última vez, en una playa de Cancún fingiendo ser turistas. Su hermana, Luisa, planeaba la boda para el próximo mes, ajena a todo. Ana sentía la culpa como un pinchazo, pero el hambre por Javier era más fuerte. Se separaron jadeantes, mirándose con ojos en llamas.
—Quítate el vestido, mamasita —ordenó él, voz grave como trueno lejano.
Ella obedeció despacio, dejando que la tela cayera al piso con un susurro. Quedó en lencería roja, tanga diminuta y sostén que apenas contenía sus senos llenos. Javier gruñó de aprobación, su verga ya marcada bajo los pantalones.
—Neta, estás cañón —dijo, quitándose la camisa con prisa, revelando un torso musculoso, pectorales duros de tanto gym en el club.
Ana se acercó, lamiendo su piel salada, bajando por el pecho hasta el ombligo. El olor de su excitación la envolvió, almizclado y adictivo. Sus manos desabrocharon su cinturón, el sonido metálico del zipper como música prohibida.
En la cama, él la recostó con gentileza, besando cada centímetro de su cuello, chupando la clavícula hasta dejar una marca rosada. Ana arqueó la espalda, gimiendo bajito, el roce de sus bigotes raspando deliciosamente. Esto es lo que necesitaba, su mente gritaba mientras sus dedos exploraban su espalda ancha.
El medio acto escaló: Javier bajó la boca a sus senos, liberándolos del sostén con dientes juguetones. Lamía los pezones duros, mordisqueando suave, haciendo que Ana se retorciera. Sus manos bajaron a su entrepierna, sintiendo la humedad a través de la tanga.
—Estás empapada, mi amor —murmuró contra su piel.
—Por ti, pendejo —respondió ella, jalándolo para besarlo con furia.
Se quitó la tanga, abriéndose para él. Javier se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de sus muslos, el calor de su aliento sobre su concha hinchada. La lengua entró entonces, lamiendo despacio, saboreando su néctar dulce y salado. Ana gritó, agarrando las sábanas, el placer subiendo como fuego por sus venas. ¡Qué chingón es esto! Sus caderas se movían solas, follándose su boca.
Él metió dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido húmedo de su chucha chupada llenaba el cuarto, mezclado con sus gemidos y el pulso acelerado de sus corazones. Ana sintió el orgasmo venir, tenso y brillante, explotando en olas que la dejaron temblando, sudorosa, con el sabor de su propia excitación en los labios cuando él la besó después.
—Ahora tú —dijo ella, volteándolo y bajando por su cuerpo.
Su verga era gruesa, venosa, palpitante. Ana la lamió desde la base, saboreando la piel suave y el precum salado. Lo tomó en la boca, chupando profundo, garganta relajada por la práctica de treinta capítulos previos. Javier jadeaba, manos en su pelo, no empujando, solo guiando.
—¡Carajo, Ana! Me vas a matar.
Ella aceleró, mano y boca en sincronía, sintiendo cómo se hinchaba más. Pero no lo dejó acabar; quería sentirlo dentro.
El clímax del medio: se montó sobre él, guiando su verga a su entrada húmeda. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al llenarse. Qué rico, tan duro, tan mío. Cabalgó entonces, senos rebotando, uñas en su pecho. Javier la agarraba las caderas, embistiéndola desde abajo, piel contra piel chapoteando.
Cambiaron posiciones: él encima, misionero profundo, mirándose a los ojos. Besos salvajes, lenguas enredadas, el olor a sexo impregnando todo. Ana envolvió las piernas en su cintura, pidiendo más fuerte.
—¡Dame todo, mi rey! —gritaba, el placer psicológico tan intenso como el físico. Sabía que era prohibido, y eso lo hacía mil veces mejor.
El acto final: Javier aceleró, gruñendo como animal, su verga golpeando profundo. Ana sintió el segundo orgasmo venir, contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él explotó dentro, chorros calientes llenándola, ambos temblando en éxtasis compartido.
Se derrumbaron, sudorosos, entrelazados. El afterglow fue dulce: caricias perezosas, besos suaves, el tequila compartido de la botella, sabor ahumado en la lengua. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente.
Esto no puede durar para siempre, pero por ahora, es nuestro.
Ana apoyó la cabeza en su pecho, oyendo el latido calmarse. Pasión prohibida capítulo 31, el mejor hasta ahora. Mañana volverían a sus vidas, él con su novia —su hermana—, ella fingiendo normalidad. Pero el fuego quedaría latente, esperando el treinta y dos.
—Te amo —susurró él, y ella sonrió, sabiendo que era verdad, aunque el mundo lo negara.