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Abismo de Pasion Capitulo 38 Caida al Placer Prohibido

7473 palabras

Abismo de Pasion Capitulo 38 Caida al Placer Prohibido

En la penumbra de la hacienda en las afueras de Guadalajara, el aire cargado de jazmín y tierra húmeda después de la lluvia, Ana sintió que su corazón latía como tambor en una fiesta de pueblo. Hacía semanas que no veía a Luis, su carnal de toda la vida, ese wey que la volvía loca con solo una mirada. Él acababa de llegar de un viaje de negocios en la capital, y ahora, parados en el patio empedrado, el olor a su colonia mezclada con el sudor fresco la invadió como un susurro caliente.

Órale, mija, te extrañé tanto que duele, murmuró Luis con esa voz ronca que le erizaba la piel. Ana lo miró, sus ojos cafés brillando bajo la luz de las guirnaldas. Llevaba una blusa de manta floja que dejaba ver el contorno de sus pechos firmes, y una falda larga que ondeaba con la brisa nocturna. Él, con camisa desabotonada hasta el pecho, mostrando ese vello oscuro que ella adoraba recorrer con las yemas de los dedos.

La tensión entre ellos era palpable, como el calor que subía desde el suelo de adobe. Ana se acercó, sintiendo el roce de su mano grande en su cintura. Neta, este wey me prende con nada, pensó mientras su aliento se aceleraba. Habían sido amantes desde la prepa, pero la vida los había separado con trabajos y familia, aunque siempre volvían, como imanes en un abismo de pasion.

¿Por qué cada vez que lo veo siento que me hundo más? Como si este fuera el capitulo 38 de nuestra historia interminable, donde el deseo nos arrastra sin remedio.

Entraron a la sala principal, iluminada por velas que parpadeaban sombras danzantes en las paredes de colores vivos. El sonido de la lluvia fina golpeando el tejado era un ritmo hipnótico, y el aroma del mole que habían cocinado antes flotaba, mezclándose con el de sus cuerpos ansiosos. Luis la jaló hacia él, sus labios rozando su cuello, saboreando la sal de su piel.

—Ven, mi reina, déjame sentirte —dijo él, su aliento cálido contra su oreja.

Ana gimió bajito, un sonido gutural que vibró en su pecho. Sus manos subieron por la espalda de él, clavando las uñas suavemente, marcando territorio. Se besaron con hambre, lenguas enredándose como serpientes en celo, el sabor a tequila de su boca invadiendo la de ella, dulce y ardiente. Ella sintió su verga endureciéndose contra su vientre, dura como piedra, y un calor líquido se acumuló entre sus piernas.

La primera parte de la noche fue puro fuego lento. Luis la llevó al sofá de cuero viejo, que crujió bajo su peso. Le quitó la blusa con deliberada lentitud, exponiendo sus tetas redondas, los pezones oscuros ya tiesos por la anticipación. Él los lamió, chupó, mordisqueó con dientes suaves, haciendo que Ana arqueara la espalda, jadeando. ¡Ay, cabrón, no pares! gritó en su mente, mientras el placer le recorría como corriente eléctrica.

Pero no era solo físico; había un abismo emocional. Ana recordaba las noches solitarias, tocándose pensando en él, en cómo su polla la llenaba hasta el fondo, en sus gemidos roncos llamándola "mi vida". Luis, por su parte, luchaba con el miedo de perderla de nuevo. Esta vez no te suelto, neta, se juraba mientras bajaba la mano por su falda, encontrando sus bragas empapadas.

—Estás chingada de mojada, mami —rió él, metiendo dos dedos dentro de ella, curvándolos para rozar ese punto que la hacía temblar. Ana se retorció, el sonido húmedo de su coño siendo follado por sus dedos llenando la habitación, mezclado con sus jadeos y el golpeteo de la lluvia. El olor a su excitación, almizclado y dulce, impregnaba el aire.

Gradualmente, la intensidad subió. Ana lo empujó al sofá, desabrochándole el cinturón con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum. Ella la tomó en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando el sabor salado y masculino. Luis gruñó, enredando los dedos en su cabello negro largo.

Chúpamela más duro, pinche diosa, suplicó, y ella obedeció, tragándosela hasta la garganta, el sonido de arcadas suaves y succiones húmedas resonando. Él la miró con ojos en llamas, el sudor perlando su frente, el pecho subiendo y bajando rápido.

Pero querían más. Ana se quitó la falda y las bragas, montándose a horcajadas sobre él. Su coño resbaladizo rozó la punta de su polla, torturándolos a ambos. Te necesito dentro, wey, hazme tuya, pensó ella, bajando despacio, centímetro a centímetro, hasta que la sintió completa, estirándola deliciosamente. El placer fue un estallido: piel contra piel, caliente y pegajosa, el slap slap de sus caderas chocando, sus pechos rebotando con cada embestida.

Luis la agarró de las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en su ano apretado para añadir más fuego. Ana gritó, un sonido primal, mientras cabalgaba más rápido, sus jugos chorreando por sus bolas. El cuarto olía a sexo puro, a sudor, a pasión desatada. Sus miradas se clavaron, almas conectadas en ese abismo de pasion capitulo 38 de su vida compartida.

Esto es lo que somos: un pozo sin fondo de deseo, donde cada follada nos une más, nos hace invencibles.

La escalada fue brutal. Cambiaron posiciones; él la puso a cuatro patas en el suelo mullido de alfombra jalisciense, embistiéndola desde atrás con fuerza animal. Cada golpe profundo hacía que sus tetas se sacudieran, sus gemidos convirtiéndose en alaridos. ¡Más, pendejo, rómpeme! exigía ella, empujando contra él. Luis le jalaba el pelo, azotaba sus nalgas rojas, el sonido seco mezclándose con los squelch de su coño tragándoselo todo.

Sintió el orgasmo construyéndose, una ola gigante en su vientre. Ana se corrió primero, el mundo explotando en colores, su pussy contrayéndose alrededor de su verga como un puño caliente. Gritos ahogados, temblores incontrolables, lágrimas de placer rodando por sus mejillas. Luis no tardó; con un rugido, se vació dentro de ella, chorros calientes pintando sus paredes internas, su cuerpo colapsando sobre el de ella en un enredo sudoroso.

En el afterglow, yacían en el suelo, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco. El lluvia había parado, dejando un silencio roto solo por grillos y sus susurros. Luis la besó en la frente, acariciando su espalda pegajosa.

—Eres mi todo, Ana. No hay abismo sin ti.

Ella sonrió, sintiendo su semen goteando entre sus muslos, un recordatorio tangible de su unión. Este capitulo termina perfecto, pero sé que vendrán más, reflexionó, abrazándolo fuerte. La hacienda parecía más viva, el jazmín más intenso, como si el mundo celebrara su entrega total.

Se levantaron despacio, caminando desnudos a la regadera al aire libre, donde el agua fresca lavó sus cuerpos pero no el fuego eterno. Bajo las estrellas, se enjabonaron mutuamente, risas juguetones mezcladas con besos suaves. Ana sintió una paz profunda, empoderada en su feminidad, sabiendo que Luis era su igual en este baile de pasiones.

Ya en la cama king size con sábanas de algodón egipcio, se acurrucaron, sus piernas entrelazadas. El sueño llegó suave, perfumado de promesas. Mañana sería otro día, pero esta noche, en el abismo de pasion, habían encontrado el paraíso.

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