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La Pasion de Cristo San Alfonso Maria de Liguorio PDF Desatada

6220 palabras

La Pasion de Cristo San Alfonso Maria de Liguorio PDF Desatada

En el corazón de Polanco, donde las luces de la ciudad se cuelan por las ventanas altas de tu departamento chido, te sientas en la cama king size con la laptop sobre las piernas. Es viernes por la noche, el aire huele a jazmín del balcón y a ese café de olla que acabas de preparar. Buscas algo para calmar el alma antes de la Cuaresma, y das con la pasion de cristo san alfonso maria de ligorio pdf. Lo descargas rapidito, el archivo se abre con ese olor imaginario a páginas antiguas, tinta y devoción.

Tú, Sofia, de veintiocho pirulos, con tu piel morena que brilla bajo la luz suave del flexo, empiezas a leer. Las palabras de San Alfonso te envuelven como un sudario caliente: el cuerpo de Cristo azotado, la piel rasgada, el sudor mezclándose con sangre, los gemidos de dolor que resuenan en el Calvario. Pero en tu mente, wey, algo se tuerce delicioso. No ves sufrimiento, ves pasión cruda, carne temblando, músculos tensos bajo el toque de manos divinas. Sientes un cosquilleo entre las piernas, el calor subiendo por tu vientre como tequila puro.

¿Qué pedo conmigo? Piensas, mientras tus dedos rozan el trackpad. Este PDF santo me está prendiendo como antorcha.

El pulso te late en las sienes, el corazón tronando fuerte. Cierras los ojos y respiras hondo, oliendo tu propia excitación, ese aroma almizclado que se mezcla con el perfume de vainilla en tu piel. Mandas un WhatsApp a Alejandro, tu carnal de dos años, el wey que te hace volar con solo una mirada: "Ven ya, cabrón. Te mandé un PDF de La Pasion de Cristo San Alfonso Maria de Liguorio. Léelo y verás." Adjuntas el link. Él responde al toque: "¿Qué chingados? Ya voy, mamacita. Suena pecaminoso."

Te levantas, el piso de madera fría bajo tus pies descalzos, y te pones un baby doll negro de encaje que apenas cubre tus nalgas redondas. El espejo te devuelve una imagen que te enciende más: pechos firmes asomando, pezones duros como piedras de obsidiana. Oyes el timbre, ese ding-dong juguetón, y abres la puerta. Ahí está Alejandro, alto, moreno, con esa sonrisa pícara y los ojos brillando de curiosidad. Huele a colonia fresca y a la noche mexicana, a tacos de suadero de la esquina.

Acto uno cerrado, piensas, mientras lo jalas adentro y cierras con el pie. Sus labios chocan con los tuyos, beso salado, lenguas danzando como en una procesión prohibida. "Qué onda con el PDF ese", murmura contra tu cuello, su aliento caliente erizándote la piel.

Se sientan en la cama, laptop entre los dos. Él lee en voz alta, su voz grave retumbando: "Los azotes caen sobre la carne divina, abriendo heridas que sangran amor..." Tú sientes sus dedos en tu muslo, subiendo lento, trazando círculos que te hacen jadear. El cuarto se calienta, el ventilador zumbando vaina, pero el sudor ya perla en su frente. "Neta, Sofi, esto es heavy", dice, pero sus ojos están oscuros de deseo, la verga ya marcada en sus jeans.

Tú le quitas la playera, tus uñas rozando su pecho velludo, oliendo su macho sudado, ese olor que te hace agua la boca. Él gime bajito, como Cristo en el relato, y te tumba suave sobre las almohadas. Sus manos exploran, amasando tus tetas, pellizcando pezones hasta que gritas de placer. "Esto es mi pasión, wey", le susurras, mientras bajas la mano a su bragueta. La liberas, dura, venosa, palpitando en tu palma caliente. La saboreas con la lengua, salada, el sabor de su pre-semen como ofrenda.

San Alfonso no imaginó esto, pero qué rico se siente pecar así.

La tensión sube como la procesión al Gólgota. Él te come el cuello, mordisqueando, dejando marcas rojas como llagas de amor. Bajas los panties, tu panocha empapada, hinchada, rogando. Alejandro se arrodilla, como penitente, y lame despacio, su lengua plana recorriendo desde el clítoris hasta el ano, chupando jugos que saben a miel y sal. Gimes fuerte, "¡Ay, cabrón, no pares!", las caderas alzándose solas, el sonido húmedo de su boca llenando el cuarto. Tus manos en su pelo, tirando, guiándolo más hondo.

Pero no es solo físico; sientes su alma conectada, el conflicto interno: devoción y lujuria chocando en éxtasis. "Eres mi Cristo personal", le dices, mientras lo montas, su verga abriéndote centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. El estiramiento duele rico, paredes vaginales apretando, pulsos sincronizados. Cabalgas lento al principio, pechos rebotando, sudor goteando de tu espalda al olor de sexo puro, almizcle y piel quemada.

Él te voltea, perrito estilo, nalga contra nalga, embistiendo profundo. Cada choque es un azote santo, piel contra piel slap-slap, tus gritos mezclándose con sus gruñidos. "¡Más fuerte, pendejo, dame tu pasión!" El calor sube, ovarios apretados, el orgasmo acechando como la cruz. Sus bolas golpean tu clítoris, manos en tus caderas magullando suave, consensual, empoderador.

La intensidad crece, lecturas del PDF olvidadas en la laptop, pero el espíritu queda: entrega total. Tú vienes primero, explosión blanca, jugos chorreando por sus muslos, cuerpo temblando, visión borrosa, gusto metálico en la boca. Él te sigue, rugiendo, llenándote de semen caliente, chorros que sientes palpitar adentro, marcándote como suya.

Caen exhaustos, enredados en sábanas revueltas que huelen a corrida y perfume. Su cabeza en tu pecho, latidos calmándose juntos. Ríen bajito, el afterglow envolviéndolos como niebla suave.

"Neta, ese PDF de La Pasion de Cristo San Alfonso Maria de Liguorio fue el mejor afrodisíaco", dice él, besando tu ombligo. Tú acaricias su espalda, piel pegajosa, saboreando la paz post-sexo.

Pasión divina o carnal, da igual. Nos unió en fuego puro.

Duermen así, la ciudad zumbando afuera, el PDF abierto todavía, testigo silencioso de su noche santa y pecadora. Al día siguiente, lo borras, pero el recuerdo quema eterno, listo para la próxima descarga de deseo.

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