Pasión Capítulo 88 Fuego en las Venas
La noche en el penthouse de Polanco olía a jazmín fresco y a la promesa de algo prohibido pero inevitable. Yo, Ana, acababa de llegar de un viaje largo a Guadalajara, con el cuerpo cansado pero el alma ardiendo por Javier. Habían pasado semanas sin tocarnos, sin sentir esa electricidad que nos unía como imanes. Él me esperaba en el balcón, con una camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho moreno y marcado por horas en el gym. Qué chulo se ve el cabrón, pensé, mientras mi pulso se aceleraba solo de mirarlo.
—Mi reina, murmuró con esa voz ronca que me eriza la piel, acercándose con pasos lentos, como un depredador saboreando la caza. Sus ojos cafés me devoraban, bajando por mi vestido rojo ceñido que marcaba cada curva. El aire de la ciudad traía ecos lejanos de cláxones y risas de la avenida, pero aquí arriba éramos solo nosotros, envueltos en el calor húmedo de la noche mexicana.
Me tomó de la cintura, sus manos grandes y callosas rozando mi piel desnuda bajo la tela. Sentí el calor de sus palmas filtrándose como lava, despertando un cosquilleo que bajaba directo a mi entrepierna.
¿Cuánto lo extrañé? Neta, cada noche soñaba con esto, con su olor a colonia barata mezclada con sudor fresco, con el sabor salado de su cuello.Lo besé primero, suave, probando sus labios carnosos, pero el deseo explotó rápido. Nuestras lenguas se enredaron en un baile húmedo y urgente, saboreando el tequila que él había tomado antes, dulce y ardiente.
Nos movimos adentro, tropezando con el sofá de cuero negro que crujió bajo nuestro peso. Javier me levantó como si no pesara nada, sus bíceps tensándose contra mis muslos. ¡Órale, qué fuerte está el wey! Mi risa se ahogó en su boca mientras me recargaba en la pared del pasillo, el mármol frío contrastando con el fuego de su cuerpo pegado al mío. Sus dedos subieron por mis piernas, rozando la piel sensible del interior de los muslos, hasta encontrar el encaje de mi tanga ya empapada.
—Estás mojadísima, mi amor —gruñó contra mi oreja, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos de la nuca—. Me tienes loco desde que te vi bajar del avión.
Acto uno de nuestra pasión capítulo 88 acababa de empezar, pero ya sentía la tensión acumulándose como una tormenta en el DF. Lo empujé hacia la recámara, quitándome el vestido en el camino. Quedé en bra y tanga roja, mis pezones duros como piedras contra la tela. Él se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando por mí. El olor a macho excitado llenó la habitación: sudor, deseo puro, mezclado con el aroma de las sábanas de algodón egipcio.
En la cama king size, con vista a las luces de Reforma parpadeando como estrellas artificiales, nos miramos un segundo eterno.
Esto no es solo sexo, es pasión capítulo 88 de nuestra vida juntos, donde cada caricia cuenta una historia de antojo reprimido.Javier se arrodilló entre mis piernas abiertas, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre tembloroso. Su lengua trazó círculos en mi monte de Venus, inhalando mi aroma almizclado de excitación. Gemí bajito, arqueando la espalda, el sonido de mi propia voz ronca rebotando en las paredes insonorizadas.
La segunda acto se encendió cuando sus labios tocaron mi clítoris hinchado. ¡Ay, Diosito! Lamía con maestría, succionando suave al principio, luego más fuerte, mientras dos dedos gruesos se hundían en mi calor húmedo. Sentía cada roce como chispas: el roce áspero de su barba incipiente en mis muslos internos, el chasquido húmedo de su boca devorándome, el pulso acelerado de mi corazón latiendo en mis oídos. Mis manos se enredaron en su pelo negro revuelto, jalándolo más cerca.
—Más, carnal, no pares —jadeé, mi voz entrecortada por gemidos que subían de tono. Él obedeció, curvando los dedos dentro de mí, tocando ese punto que me hace ver estrellas. El placer subía en olas, tensándose en mi bajo vientre como un resorte a punto de romperse. Pensaba en todas las noches sola, masturbándome con recuerdos de él, pero nada comparaba con esto real, crudo, mexicano hasta los huesos.
Javier levantó la vista, sus ojos brillando con lujuria pura. —Ven pa'cá, quiero sentirte explotar en mi boca. El sudor perlaba su frente, goteando sobre mi piel, salado al lamerlo yo después. Aceleró el ritmo, su lengua un torbellino, y el orgasmo me golpeó como un camión en Insurgentes. Grité su nombre, mi cuerpo convulsionando, jugos calientes inundando su cara. Él lo lamió todo, gruñendo de placer, como si fuera el mejor mole del mundo.
Pero no paró ahí. La intensidad escalaba. Me volteó boca abajo, mi culo en pompa, y sentí su verga rozando mi entrada resbaladiza. No mames, qué grande se siente, pensé, mientras empujaba despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El sonido de piel contra piel empezó suave, chapoteos húmedos que se volvieron palmadas fuertes. Sus manos agarraban mis caderas, jalándome contra él, profundo, tocando mi alma con cada embestida.
—Eres mía, Ana, toda mía —decía entre dientes, su voz quebrada por el esfuerzo. Yo respondía empujando hacia atrás, clavándome más, sintiendo sus bolas peludas golpeando mi clítoris. El olor a sexo impregnaba todo: mi sudor dulce, su almizcle masculino, el leve perfume de mi crema corporal de vainilla ahora mezclado con feromonas. Gemidos, jadeos, el crujido de la cama formaban una sinfonía erótica que ahogaba el ruido de la ciudad abajo.
Internamente luchaba con el placer abrumador.
¿Cómo puede ser tan perfecto? Después de 88 capítulos de altibajos en nuestra relación —peleas tontas, reconciliaciones calientes— esta pasión capítulo 88 se siente como el clímax de nuestra telenovela personal.Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando con cada salto. Sus manos las amasaban, pellizcando pezones sensibles, enviando descargas directas a mi coño apretado alrededor de él. Sudábamos a chorros, piel resbaladiza, besos salados y desesperados.
La tensión psicológica se rompía en oleadas físicas. Recordaba nuestra primera vez en una playa de Puerto Vallarta, torpes pero ansiosos; ahora éramos expertos, sincronizados como dancers de salsa. Él se sentó, envolviéndome en sus brazos, follándome lento mientras nos mirábamos a los ojos. Sentía su corazón galopando contra mi pecho, su verga hinchándose más dentro de mí, anunciando lo inevitable.
—Me vengo, mi amor, me vengo contigo —avisó, y aceleramos. El tercer acto explotó en éxtasis compartido. Mi segundo orgasmo me desgarró, paredes internas ordeñándolo, mientras él rugía y llenaba mi interior con chorros calientes, pulsantes. Colapsamos juntos, un enredo de miembros temblorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.
En el afterglow, Javier me besó la frente, su semen goteando lento entre mis piernas, cálido y pegajoso. Nos quedamos así, piel contra piel, escuchando el zumbido del aire acondicionado y nuestros suspiros contentos. El sabor de él aún en mi boca, su olor grabado en mi piel. Neta, esto es vida, pensé, trazando círculos perezosos en su espalda.
—Te amo, Ana. Este ha sido el mejor pasión capítulo 88 —dijo riendo bajito, su voz ronca de satisfacción.
Yo sonreí contra su cuello, sabiendo que vendrían más capítulos, más fuego. La noche nos mecía en paz, con las luces de la ciudad testigos mudos de nuestra entrega total.