Diario de una Pasión Película Completa Netflix
Querido diario, hoy es una de esas noches en que la lluvia azota las ventanas de mi depa en la Condesa, ese golpeteo constante que me pone melancólica y cachonda al mismo tiempo. Afuera, el DF se moja como si quisiera limpiarse de tanto pedo diario, pero adentro, yo estoy seca... por mientras. Busqué en Netflix diario de una pasion pelicula completa netflix, esa rola romántica que todos dicen que es la neta del planeta, y la encontré. Me tiré en el sillón con mi piyama de algodón suave, ese que roza mis chichis justito, y le di play. La pantalla se ilumina con esas miradas intensas, los besos bajo la lluvia que me hacen apretar las piernas sin querer.
La prota, con su pelo revuelto y ojos que gritan deseo, me recuerda a mí cuando conozco a un carnal que me prende. El olor a café recién hecho sube desde la taza que tengo al lado, mezclado con mi perfume de vainilla que ya se calienta con el calor de mi cuerpo. Siento el pulso en mi cuello acelerándose mientras ellos se tocan por primera vez en la peli, esa mano grande sobre la cintura, el jadeo ahogado que se oye clarito en los parlantes. Ay, wey, pienso, ¿por qué no tengo a alguien aquí ahorita? Mi mano baja sola por mi panza, rozando el elástico de mis calzones, pero me detengo. No, hoy quiero lo real, no este autofregadero solitario.
El conflicto empieza en la película: amores imposibles, cartas escondidas, pasiones que arden como chile en la boca. Yo, mientras, escribo esto en ti, diario, porque siento que mi propia pasión se despierta. Llevo semanas sin ver a Marco, mi ex que no es ex del todo, ese pendejo alto con barba de tres días que me come con los ojos cada vez que nos topamos en el gym de Polanco. Le mando un whats: "Estoy viendo diario de una pasion pelicula completa netflix. Ven ya, carnal, o me voy a volver loca". Los tres puntitos aparecen y desaparecen, mi corazón late como tamborazo en fiesta. ¿Vendrá? El olor de la lluvia entra por la ventana entreabierta, fresco y terroso, me eriza la piel.
Si llega, le voy a dar el beso más cabrón de su vida. Quiero sentir su peso sobre mí, su aliento caliente en mi cuello.
Acto dos de mi noche: la puerta suena a los veinte minutos, ese timbre que vibra en mi pecho. Abro y ahí está Marco, empapado, con camiseta pegada al torso musculoso, gotas resbalando por sus brazos. "¿Qué pedo, nena? Me jalaste con esa peli", dice riendo, pero sus ojos ya me recorren como si fuera su cena. Lo jalo adentro, cierro la puerta y nos quedamos parados en la entrada, el sonido de la lluvia de fondo como banda sonora perfecta. Huele a él: jabón, sudor fresco y algo macho que me moja entre las piernas.
Nos besamos despacio al principio, labios suaves probando sabores —el suyo a chicle de menta, el mío a café dulce—. Sus manos grandes en mi cintura, apretando justo donde duele rico, subiendo por mi espalda bajo la piyama. Siento cada dedo, calloso del gym, trazando mi espinazo como si leyera un mapa secreto. "Te extrañé, ricura", murmura contra mi boca, y yo respondo mordiéndole el labio inferior, tirando de él hacia el sillón. La peli sigue sonando, ahora en la parte donde se declaran amor eterno, pero nosotros ya estamos en lo nuestro.
Me siento en su regazo, sintiendo su verga dura presionando contra mis nalgas a través de la tela. Muevo las caderas lento, rozando, oyendo su gemido grave que retumba en su pecho. "Chingada madre, Mónica, me vas a matar", dice entre dientes, sus manos ahora en mis chichis, pellizcando los pezones que se paran como soldaditos. El placer sube como ola, punzante y dulce, mi piel ardiendo bajo sus palmas ásperas. Bajo la mano y la meto en su pantalón, agarro esa polla gruesa, caliente, latiendo en mi puño. La acaricio de arriba abajo, sintiendo la vena que palpita, el prepucio suave deslizándose.
La tensión crece: lo empujo al sillón, me quito la piyama de un jalón, quedando en calzones negros que ya están empapados. Él se saca la playera, mostrando ese abdomen marcado que lamo con la mirada. Me arrodillo entre sus piernas, el piso frío contra mis rodillas, y bajo su pants. Su verga sale libre, tiesa, con olor a hombre puro que me hace salivar. La chupo despacio, lengua rodeando la cabeza, saboreando la gota salada de precum. Él agarra mi pelo, no fuerte, sino guiándome, gimiendo "Qué rico, güey, no pares". El sonido de su voz ronca, succiones húmedas y la lluvia afuera me envuelven en un capullo sensorial.
Esto es mi pasión, diario: su cuerpo respondiendo al mío, el control que nos damos mutuamente.
Pero no lo dejo acabar así. Me levanto, me quito los calzones y me monto encima, piel contra piel ardiente. Su pecho velludo roza mis tetas, pezones sensibles frotándose. Guío su verga a mi entrada, húmeda y lista, y bajo despacio. Ay, carajo, lo siento estirándome, llenándome centímetro a centímetro, ese ardor delicioso que me hace jadear. Empiezo a moverme, cabalga india, manos en sus hombros, uñas clavándose suave. Él empuja de abajo, profundo, golpeando justo el punto que me hace ver estrellas.
El ritmo acelera: sudor nos cubre, brillando bajo la luz tenue de la tele donde la peli ya va en su clímax romántico. Huele a sexo, a nuestros jugos mezclados, almizcle puro. Oigo piel chocando, chapoteos húmedos, nuestros ayes mezclándose con truenos lejanos. "Dame más, Marco, chíngame duro", le pido, y él voltea mi cuerpo sin salirse, ahora yo de espaldas en el sillón, él encima embistiendo como animal en celo. Sus bolas golpean mi clítoris, sus manos en mis caderas, tirando de mí hacia él. Siento el orgasmo construyéndose, esa presión en el vientre, piernas temblando.
Explotamos juntos: yo primero, contrayéndome alrededor de su verga, gritando su nombre mientras ondas de placer me recorren desde el coño hasta la nuca, jugos chorreando. Él gruñe, se corre adentro, caliente y espeso, pulsando una y otra vez. Nos quedamos pegados, respiraciones agitadas, corazones galopando al unísono. El olor a corrida y sudor impregna el aire, delicioso y pegajoso.
Acto final: nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, manos jabonosas explorando todavía, risas cansadas. "Eres la mejor, nena", dice él secándome el pelo con una toalla suave. Volvemos al sillón, la peli terminada, créditos rodando. Me acurruco en su pecho, escuchando su corazón calmarse, oliendo su piel limpia. Escribo esto mientras él duerme, diario, con su brazo alrededor de mi cintura. Esta noche, mi pasión no fue solo la de la película; fue nuestra, real, consensual, ardiente como tamal en comal.
Quién sabe qué traiga mañana, pero por hoy, estoy satisfecha, con el cuerpo dulce y el alma llena. Buenas noches, pasión mía.