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La Diferencia Entre Emociones Sentimientos y Pasiones

7072 palabras

La Diferencia Entre Emociones Sentimientos y Pasiones

La noche en el rooftop de Polanco estaba chida, con el skyline de la Ciudad de México brillando como un mar de luces. El aire traía ese olor a jazmín mezclado con el humo de los cigarros electrónicos y el tequila reposado que servían en vasos helados. Yo, Ana, había llegado con mis amigas para desquitarnos del estrés del pinche trabajo, pero no contaba con que un wey como Diego me iba a voltear la noche de cabeza.

Lo vi de lejos, recargado en la barandilla, con una camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos y unos jeans que le quedaban como pintados. Sus ojos cafés me atraparon cuando nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas. Me acerqué con mi vaso en la mano, fingiendo casualidad.

—Órale, ¿qué onda? ¿Todo bien por acá? le dije, con mi mejor sonrisa coqueta.

Él se giró, sonriendo de esa forma que te hace sentir que eres la única en el mundo. —Neta, todo chingón ahora que llegaste. Soy Diego. ¿Y tú?

Charlamos de todo un poco: del tráfico infernal de Reforma, de lo padrísimo que estaba el DJ tocando cumbia rebajada. Pero de repente, la plática se puso profunda. Él mencionó un libro que estaba leyendo sobre la mente humana, y soltó: —Hay una diferencia entre emociones, sentimientos y pasiones, ¿sabes? Las emociones son como chispazos, rápidas y fugaces. Los sentimientos se asientan, crecen con el tiempo. Pero las pasiones... esas te queman por dentro, te hacen perder el control.

Sus palabras me calaron hondo. Yo siempre había sido de emociones rápidas, de flirteos que no pasaban de un beso en la mejilla. Pero algo en su voz grave, en cómo me miraba como si ya me estuviera desnudando, me hizo cuestionar todo.

¿Y si esta noche descubro esa diferencia? ¿Y si él me enseña lo que es una pasión de verdad?
El calor de su cuerpo cerca del mío ya me tenía sudando, y no era solo por el sol que se ponía.

La música subió de volumen, y me jaló a bailar. Sus manos en mi cintura eran firmes pero suaves, como si supiera exactamente dónde tocar para encenderme. Sentí su aliento cálido en mi cuello, oliendo a menta y tequila. Mi piel se erizó bajo el vestido rojo ceñido, y cada roce de sus caderas contra las mías mandaba descargas eléctricas directo a mi entrepierna. Neta, este wey sabe lo que hace, pensé, mientras mi corazón latía como tamborazo zacatecano.

Después de unos shots más, sus labios rozaron los míos en un beso tentativo. Fue como una emoción inicial: un estallido dulce, su lengua probando la mía con sabor a limón y sal. Pero no paró ahí. Me llevó a un rincón más oscuro del rooftop, donde las luces neón parpadeaban sobre nosotros. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido lo justo para sentir el calor húmedo entre mis piernas.

—Quiero sentirte, Ana. Dime si te late.

—Sí, carnal, no pares. Mi voz salió ronca, consentida al mil.

En su departamento en la Roma, todo escaló. El elevador ya había sido preludio: yo contra la pared, sus dedos explorando mi ropa interior empapada, mi mano apretando la dureza en sus pantalones. Olía a su colonia amaderada mezclada con mi aroma de excitación, ese almizcle femenino que inunda el aire cuando estás a punto de explotar.

Adentro, la luz tenue de las velas que él prendió rápido iluminaba su cama king size con sábanas de algodón egipcio. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mis pechos eran fuego: chupaba mis pezones duros, lamiendo con la lengua plana hasta que gemí bajito, —Ay, Diego, qué rico... Mi piel sabía a sal de sudor, y él lo lamía como si fuera miel.

Yo no me quedé atrás. Le bajé el zipper, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en mi mano. La piel era suave como terciopelo sobre acero, y el olor masculino, ese macho puro, me mareaba. La metí en mi boca, saboreando la gota salada en la punta, chupando con hambre mientras él gruñía, enredando sus dedos en mi cabello.

Esto no es solo emoción, pinche Ana. Los sentimientos se están formando, pero la pasión... esta pasión me está consumiendo.
Recordé sus palabras sobre la diferencia entre emociones, sentimientos y pasiones. Las emociones eran el beso inicial, los sentimientos el roce en la pista, y esto... esto era pasión desatada, el cuerpo gritando por unión total.

Me recostó en la cama, abriendo mis piernas con gentileza. Su lengua en mi clítoris fue una sinfonía: círculos lentos al principio, lamiendo mis labios hinchados, succionando hasta que mis caderas se arquearon solas. El sonido de mis jugos siendo lamidos, chapoteos húmedos, se mezclaba con mis jadeos y su respiración agitada. Olía a sexo puro, a deseo fermentado. —Estás deliciosa, mamacita, tan mojada por mí.

Lo jalé hacia arriba, guiando su verga a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con placer dulce. Sentí cada vena rozando mis paredes internas, llenándome hasta el fondo. Nuestros cuerpos chocaban con ritmo: piel contra piel, sudor resbalando, el plaf plaf de sus bolas contra mi culo. Sus manos amasaban mis nalgas, y yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas.

La tensión crecía como ola en el Pacífico. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando mientras giraba las caderas. Él desde abajo, pellizcando mis pezones, mirándome con ojos en llamas. —Córrete para mí, Ana. Déjame sentir esa pasión tuya. Sus palabras me empujaron al borde.

El orgasmo llegó como terremoto: mi cuerpo convulsionó, paredes apretando su verga en espasmos, un grito ahogado saliendo de mi garganta. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, gruñendo mi nombre mientras su pulso latía dentro de mí. El olor a semen y sudor nos envolvió, pegajoso y perfecto.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose. Su mano acariciaba mi cabello, y yo apoyaba la cabeza en su pecho, oyendo el tum tum acelerado que se iba normalizando. El cuarto olía a nosotros, a sexo satisfecho, con un toque de su colonia residual.

Ahora lo entiendo, la diferencia entre emociones sentimientos y pasiones. Las emociones fueron el flechazo, los sentimientos el beso profundo, pero esta pasión... esta nos unió en algo más grande, algo que no se apaga fácil.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos besamos lentos, saboreando el afterglow. No prometimos nada eterno, pero supe que esto había cambiado algo en mí. Salí de ahí con las piernas flojas, el cuerpo marcado por sus besos, y una sonrisa pendeja en la cara. Qué noche, wey. La pasión verdadera sabe diferente, se siente en el alma y en la piel.

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