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La Letra del Cenit Pasional

5796 palabras

La Letra del Cenit Pasional

Todo empezó con esa carta que llegó a mi buzón en mi depa de la Condesa. Yo, Ana, una chava de veintiocho pirulos que trabaja en una galería de arte, no esperaba nada así. El sobre era elegante, de papel grueso color crema, con mi nombre escrito a mano en una letra cursiva que me erizó la piel. Lo abrí con las manos temblorosas, y ahí estaba: La Letra del Cenit Pasional. Las palabras saltaron como chispas, hablando de un deseo que ardía como tequila en las venas, de cuerpos que se funden en el clímax supremo, el cenit de la pasión donde todo explota en éxtasis puro.

Leí cada línea mordiéndome el labio.

Imagíname, Ana, recorriendo tu piel con mis labios, llegando al centro de tu fuego, donde tu humedad me recibe como un río en crecida. Ven a mí, déjame llevarte al cenit pasional que mereces.
Firmado por Javier, un wey que conocí en una fiesta hace meses, el tipo alto, moreno, con ojos que te desnudan sin tocarte. Neta, mi cuerpo reaccionó al instante: pezones duros contra la blusa, un calor traicionero entre las piernas. ¿Ir o no ir? La dirección era un hotel chido en Polanco, esa noche. El deseo me picaba como chile habanero.

Me miré al espejo, el corazón latiéndome a mil. Me puse un vestido negro ceñido que marcaba mis curvas, sin bra, solo tanga roja. El perfume de jazmín mexicano en el cuello, labios rojos como granada. Salí al bullicio de la calle, el olor a tacos al pastor flotando en el aire, cláxones y risas de la gente. En el taxi, releí la letra en mi mente, y mis muslos se apretaron solos. Javier me había despertado algo salvaje, un hambre que no saciaba ni con mis juguetes.

Llegué al lobby del hotel, luces tenues, jazz suave sonando como caricia. Él estaba en la barra, camisa blanca arremangada mostrando antebrazos fuertes, sonrisa lobuna. "Ana, llegaste al cenit de mi letra pasional." Su voz grave me vibró en el pecho. Me acerqué, el roce de su mano en mi cintura envió descargas eléctricas. Pedimos tequilas reposados, el líquido ámbar quemando la garganta, aflojando nudos.

Subimos al elevador, solos. Nuestras miradas chocaron, el aire cargado de promesas. Su dedo trazó mi brazo, piel erizada como gallina. No aguanto más, pensé. En la suite, vista a los luces de la ciudad, cama king size con sábanas de algodón egipcio. Me besó despacio, labios suaves probando los míos, lengua danzando con sabor a tequila y menta. Sus manos en mi espalda bajaron la cremallera, el vestido cayó como cascada, dejándome en tanga.

Qué delicia su piel oliendo a sándalo y hombre, músculos tensos bajo mis uñas.

Lo empujé al sofá, desabotoné su camisa, besando su pecho velludo, pezones duros. Él gimió bajito, "Eres fuego, morra." Le quité el pantalón, su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando. La tomé en la mano, terciopelo caliente, y la lamí desde la base, sabor salado de sudor fresco. Javier jadeó, dedos enredados en mi pelo: "Así, chula, chúpamela rico."

Pero no quería acabar rápido. Me levanté, bailé para él, caderas ondulando al ritmo del jazz lejano. Quité la tanga despacio, mostrando mi panocha depilada, ya brillando de jugos. Él se acercó a gatas, inhaló mi aroma almizclado: "Hueles a sexo puro, Ana." Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo círculos lentos, chupando suave. Gemí alto, piernas temblando, el placer subiendo como ola. Introdujo dos dedos, curvados, tocando ese punto que me hace ver estrellas. ¡Carajo, este wey sabe!

Lo monté entonces, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estirón delicioso, paredes vaginales apretándolo. Cabalgaba despacio al principio, sintiendo cada vena rozándome, pechos rebotando. Él los amasó, pellizcando pezones, enviando rayos al útero. Aceleré, nalgas chocando contra sus muslos con palmadas húmedas, sudor perlando nuestras pieles. El cuarto olía a sexo crudo, gemidos mezclados con respiraciones agitadas.

Me volteó, perrito estilo, su pecho contra mi espalda, una mano en mi clítoris frotando furioso. "Ven conmigo al cenit pasional, Ana." Empujaba hondo, bolas golpeando mi hinchazón, placer acumulándose como tormenta. Mi orgasmo llegó primero, explosión cegadora, paredes convulsionando alrededor de su verga, chorros calientes escapando. Él gruñó, hinchándose dentro, corriéndose en chorros potentes, semen caliente inundándome.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su beso en mi nuca, suave ahora. Esto fue más que letra, fue poesía viva. Hablamos bajito, risas compartidas sobre la fiesta donde nos vimos, promesas de más noches. La ciudad brillaba afuera, testigo muda.

Pero el deseo no se apagó del todo. Después de una ducha caliente, agua resbalando por curvas, jabón perfumado a vainilla, volvimos a la cama. Esta vez lento, misionero íntimo. Ojos en ojos, sus embestidas profundas, sincronizadas con mis caderas. Sus manos explorando cada curva, mi lengua saboreando su cuello salado. El segundo clímax nos tomó suaves, olas gentiles de placer eterno.

En ese cenit pasional, encontré no solo gozo carnal, sino conexión profunda, como si su letra hubiera predestinado esto.

Despertamos al amanecer, rayos dorados filtrándose. Café en la terraza, olor tostado mezclándose con jazmines del jardín. Javier me dio otra nota: La letra continúa... Sonreí, sabiendo que esto era el principio. Bajé a la calle, piernas flojas pero alma plena, el eco de su toque persistiendo en mi piel. La letra del cenit pasional había cambiado mi mundo, despertando la diosa dormida en mí.

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