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Duelo de Pasiones Thelma

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Duelo de Pasiones Thelma

La luz tenue del bar en la Condesa bailaba sobre las copas de mezcal, tiñendo todo de un ámbar seductor. Yo, Thelma, me recargaba en la barra con mi vestido negro ceñido que marcaba cada curva como una promesa pecaminosa. El aire olía a humo de cigarros finos y a jazmín de los perfumes caros. Ahí estaba él, Javier, con esa mirada de pendejo confiado que siempre me ponía la piel de gallina. Hacía meses que no nos veíamos, desde esa pelea tonta por celos, pero la química entre nosotros era como un volcán a punto de estallar.

—Órale, Thelma, ¿sigues siendo tan mamacita peligrosa? —me soltó con esa sonrisa ladina, acercándose tanto que sentí el calor de su cuerpo mezclado con el aroma terroso de su colonia.

Mi corazón latió fuerte, un tambor en el pecho.

¿Por qué carajos este güey siempre me enciende así? Como si fuéramos imanes jodidos
, pensé mientras lo medía de arriba abajo. Sus hombros anchos, esa barba incipiente que raspaba delicioso. La tensión era palpable, un duelo de pasiones a punto de desatarse sin que nadie lo anunciara.

—Ven, cabrón, hagamos algo chido —le dije, tomándolo de la mano. Sus dedos ásperos contra mi piel suave me erizaron el vello. Salimos al bullicio de la avenida, el claxon de los coches y las risas de la gente como fondo perfecto para nuestra propia película erótica.

Llegamos a mi depa en un taxi, el chofer echándonos miraditas por el retrovisor mientras Javier me besaba el cuello, su aliento caliente oliendo a mezcal y deseo puro. Subimos las escaleras riendo, tropezando un poco, las luces del pasillo parpadeando como testigos mudos.

Acto primero: la provocación. Entramos y cerré la puerta con llave. El lugar olía a velas de vainilla y a mi perfume, un nido listo para la caza.

—Hagamos un duelo de pasiones, Thelma —propuso él, quitándose la camisa despacio, revelando ese pecho moreno y musculoso que tanto me gustaba lamer. —El que aguante más sin rogar gana. ¿Te late?

Reí bajito, sintiendo el pulso acelerado en mis venas.

Este pendejo no sabe con quién se metió. Voy a volverlo loco
. Me acerqué contoneándome, mis tacones resonando en el piso de madera. Le pasé las uñas por el torso, dejando surcos rojos leves, sintiendo cómo se le ponía la piel dura.

—Va, pero si pierdes, me das lo que yo quiera —le susurré al oído, mordisqueándole el lóbulo. Su gemido ronco fue música para mis oídos, un sonido grave que vibró en mi entrepierna.

Empecé el juego lento. Me quité el vestido por la cabeza, quedando en lencería roja de encaje que compré pensando en noches como esta. Él tragó saliva, sus ojos devorándome como si fuera un taco al pastor jugoso. El aire se cargó de electricidad, el silencio roto solo por nuestras respiraciones agitadas.

Lo empujé al sofá, me senté a horcajadas sobre él, frotándome contra su dureza que ya asomaba bajo los pantalones. Sentí su calor a través de la tela, palpitante, llamándome. No tan rápido, Thelma, me dije. Le besé el pecho, lamiendo el sudor salado que empezaba a perlar su piel, bajando hasta el ombligo mientras él me agarraba las caderas con fuerza, sus dedos hundiéndose en mi carne suave.

—Chin... aguanta, güey —gruñó, pero yo sonreí contra su piel, saboreando su lucha.

La tensión subía como la marea en Acapulco. Sus manos exploraban mi espalda, desabrochando el bra, liberando mis pechos pesados que él tomó con avidez, chupando un pezón hasta que jadeé alto. El placer era un rayo, directo al clítoris que ya latía hinchado. Olía a nuestra excitación, ese musk almizclado que enloquece.

Acto segundo: la escalada. Me puse de pie, quitándome la tanga despacio, dejándola caer como una bandera de rendición falsa. Él se desvistió en segundos, su verga erguida, gruesa y venosa, apuntándome como un arma cargada.

Qué rica se ve, toda para mí. Pero no voy a ceder tan fácil
.

Lo tiré al piso, sobre la alfombra persa suave que amortiguaba nuestros cuerpos. Me coloqué sobre su boca, bajando lento hasta que su lengua caliente me invadió. ¡Dios! Lamía como un experto, succionando mi humedad dulce y salada, sus manos abriéndose paso por mis muslos temblorosos. Gemí sin control, el sonido rebotando en las paredes, mis jugos corriéndole por la barbilla.

—¡Javier, cabrón, no pares! —supliqué casi, pero recordé el duelo. Me moví, girando para un 69 perfecto. Tomé su miembro en la boca, saboreando el pre-semen salado, chupando la cabeza hinchada mientras él devoraba mi coño con hambre de lobo. Nuestros cuerpos sudados se pegaban, deslizándose en un baile resbaloso. El olor a sexo crudo llenaba la habitación, mezclado con el de mi crema corporal de coco.

La intensidad crecía. Él metía dedos en mí, curvándolos justo ahí, el punto G que me hacía arquear la espalda. Yo lo mamaba profundo, garganta abajo, sintiendo sus caderas empujar involuntarias. Está al borde, pensé triunfante. Pero su lengua en mi clítoris me tenía al límite, oleadas de placer subiendo por mi espina.

—Thelma, ya no aguanto, nena —confesó con voz ronca, vibrando contra mi carne sensible.

Lo aparté, jadeante, el corazón martilleando como tambores aztecas. Lo monté despacio, su punta abriéndome, estirándome delicioso. Bajé centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme por completo, golpeando profundo. Empecé a cabalgar, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas. El slap-slap de piel contra piel era hipnótico, sudor volando.

Acto tercero: la liberación. Cambiamos posiciones como posesos. Me puso en cuatro, embistiéndome fuerte desde atrás, su vientre chocando mi culo redondo. Cada thrust era un trueno, su verga rozando paredes internas que explotaban chispas. Olía a nosotros, puro instinto animal. Grité su nombre, él el mío, el duelo olvidado en la fiebre.

—¡Córrete conmigo, Thelma! —rugió, acelerando, sus bolas golpeándome el clítoris.

El orgasmo me partió en dos, un tsunami de placer que me dejó temblando, contrayéndome alrededor de él. Él se vació dentro, chorros calientes pintando mis paredes, gruñendo como bestia. Colapsamos juntos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. El afterglow era dulce, suaves besos en mi nuca, manos acariciando perezosas.

Nos quedamos así, enredados en la alfombra, el amanecer filtrándose por las cortinas.

Este duelo de pasiones, Thelma, no tuvo perdedor. Solo ganamos los dos, como siempre
, reflexioné mientras su dedo trazaba círculos en mi cadera. La ciudad despertaba afuera, pero nuestro mundo era este, de piel y susurros, listo para más rondas.

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