Pasion por Africa la Pelicula que Despierta Fuego
Era una noche calurosa en mi depa de la Condesa, con el ventilador zumbando como loco y el olor a tacos de la taquería de la esquina colándose por la ventana. Mi carnal, o mejor dicho, mi vato Jorge, había llegado con una película que encontró en un puesto de piratería en el tianguis: Pasion por Africa. "Órale, mami, esta te va a volar la cabeza", me dijo con esa sonrisa pícara que me pone los nervios de punta. Yo, recargada en el sofá con mi shortcito de mezclilla y una blusita suelta, le di play al DVD rayado, curiosa por ver qué chingados tenía esa historia de safaris y tierras salvajes.
La pantalla se iluminó con paisajes de sabanas doradas bajo un sol que quemaba, elefantes tronando y leonas acechando. La prota, una morra guapísima con curvas que no acababan, llegaba a África huyendo de su vida aburrida en Europa. Su guía, un tipo alto, moreno, con músculos que brillaban de sudor, la llevaba por senderos polvorientos. El viento traía aromas de tierra roja y jazmín silvestre, y yo juraba olerlo aquí mismo, mezclado con el perfume de Jorge, ese que huele a madera y picardía.
¿Por qué carajos me estoy mojando con una película?pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas mientras la morra en pantalla rozaba accidentalmente la mano del guía.
Jorge se acercó más, su muslo fuerte pegándose al mío. El calor de su piel me erizaba el vello, y el sonido de su respiración pesada se mezclaba con los tambores africanos de la banda sonora. En la peli, la tensión crecía: la prota se bañaba en un río cristalino, el agua resbalando por sus tetas firmes, y el guía la espiaba con ojos hambrientos. "Neta, esta pasion por africa pelicula está cabrona", murmuró Jorge, su mano posándose en mi rodilla. Yo no dije nada, solo abrí un poquito las piernas, invitándolo sin palabras.
Acto seguido, sus dedos subieron despacio, trazando círculos en mi muslo interno. El roce era eléctrico, como si el sol africano nos estuviera quemando a nosotros también. Olía a su excitación, ese almizcle macho que me volvía loca, y yo respondí apretando su paquete por encima del pantalón. Estaba duro como piedra, latiendo bajo mi palma.
Chingado, Jorge, me traes de cabeza, me dije, mientras en pantalla la pareja se besaba por primera vez bajo un baobab gigante, lenguas enredadas y gemidos que retumbaban en los parlantes baratos.
No aguantamos más. Pausé la película en el momento justo donde ella le bajaba los pantalones al guía, revelando una verga gruesa y venosa que me hizo tragar saliva. Jorge me jaló a su regazo, mis nalgas acomodándose sobre su dureza. Nuestros labios chocaron en un beso salvaje, saboreando el tequila que habíamos tomado antes, con toques salados de sudor. Sus manos se colaron bajo mi blusa, amasando mis chichis con fuerza, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como balitas. "Eres mi leona, ricura", gruñó en mi oído, su aliento caliente enviando ondas de placer directo a mi clítoris.
Me quité la blusa de un tirón, dejando que mis tetas rebotaran libres, y él las devoró con la boca, chupando y mordisqueando como si fueran mangos maduros. El sonido de sus labios succionando era obsceno, húmedo, y yo arqueaba la espalda gimiendo bajito, "Ay, wey, no pares". Bajé su bragueta y saqué su verga palpitante, piel suave sobre acero, con una gotita de precum brillando en la punta. La lamí despacio, saboreando su sal, mientras él metía la mano en mi short y encontraba mi panocha empapada. Sus dedos resbalaban entre mis labios hinchados, frotando el botón con maestría.
Esto es mejor que cualquier safari, pensé, mientras el olor a sexo llenaba el cuarto, mezclado con el humo de la ciudad allá afuera.
La intensidad subía como fiebre. Jorge me volteó boca abajo en el sofá, arrancándome el short y las calzones de un jalón. Mi culo al aire, fresco contra el cuero del sofá, y él se arrodilló detrás, separándome las nalgas. Su lengua atacó mi raja, lamiendo desde el clítoris hasta el ano, chupando mis jugos como si fueran néctar africano. Gemí fuerte, "¡Ponteverga, sí, así!", mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda. El raspa raspa de su barba en mi piel sensible era una tortura deliciosa, y el sonido chapoteante de su festín me hacía retorcer.
Pero quería más. Lo empujé al piso y me subí encima, guiando su verga a mi entrada. Entró de un embestida, llenándome hasta el fondo, estirándome con ese ardor placentero. "Chingada madre, qué rico", jadeé, empezando a cabalgarlo lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes. Sus manos en mis caderas me marcaban con los dedos, y yo aceleré, mis tetas botando al ritmo, sudor resbalando por mi espalda. El slap slap de carne contra carne era hipnótico, y sus bolas chocaban contra mi culo con cada bajada. Él se incorporó, chupándome los pezones mientras yo lo montaba como una amazona en la sabana.
En mi mente, revivía la película: la prota gritando de placer bajo las estrellas africanas, y ahora era yo, con Jorge embistiéndome desde abajo, su verga golpeando mi punto G sin piedad.
No seas pendejo, córrete conmigo, le supliqué en silencio, mis uñas clavándose en su pecho. El clímax se acercaba como un león rugiente. Sentí el espasmo primero en el vientre, expandiéndose como fuego líquido. Grité su nombre, mi panocha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él rugió, llenándome con chorros calientes que se desbordaban, mezclándose con mis jugos y goteando por mis muslos.
Colapsamos juntos, jadeando, piel pegajosa y corazones tronando como tambores. El ventilador nos refrescaba el sudor, y el olor a sexo impregnaba todo. Reanudamos la película, pero ya no importaba; la pasion por africa pelicula había encendido la nuestra propia. Jorge me abrazó por detrás, su verga semi-dura aún dentro de mí, y besó mi cuello.
Esto fue chingón, carnal. Mañana buscamos otra, pensé, sonriendo en la penumbra mientras los créditos rodaban con ritmos africanos. La noche se cerraba con esa calidez plena, un eco de deseo que prometía más aventuras, aquí en nuestra jungla urbana.