Relatos Prohibidos
Inicio Sexo con Maduras Diario de una Pasion Vestidos Diario de una Pasion Vestidos

Diario de una Pasion Vestidos

7157 palabras

Diario de una Pasion Vestidos

Querido diario, hoy empiezo este diario de una pasion vestidos, porque todo gira alrededor de ellos, de esos retazos de tela que me hacen sentir viva, deseada, como una diosa en la noche mexicana. Me llamo Ana, tengo 28 años, vivo en la Condesa, ese barrio chido de la CDMX donde las luces de neón besan las banquetas y el aire huele a tacos al pastor y jazmines en flor. Trabajo en una boutique de ropa fina, rodeada de vestidos que susurran promesas de placer. Pero nada se compara con lo que sentí cuando él entró por la puerta.

Era un viernes de lluvia ligera, de esas que mojan el pavimento y hacen brillar las calles como si fueran de plata. Yo llevaba puesto un vestido rojo ceñido, de seda que se pegaba a mi piel como un amante impaciente. El escote dejaba ver justo lo suficiente para imaginar el resto, y la falda se abría en un corte que rozaba mis muslos con cada paso. Estaba acomodando un maniquí cuando lo vi: alto, moreno, con ojos cafés que ardían como el tequila reposado. Se llamaba Diego, un arquitecto que buscaba un regalo para su hermana. Pero sus ojos no miraban los estantes, me devoraban a mí.

¿Qué carajos me pasa? Este pendejo me mira como si ya me hubiera quitado el vestido con la mente. Siento el calor subiendo por mi pecho, mis pezones endureciéndose contra la tela. Neta, Ana, contrólate.

Le recomendé un vestido negro elegante, pero mientras lo envolvía, su mano rozó la mía. Un toque eléctrico, como chispas de un foco fundido. "Ese rojo te queda de poca madre", me dijo con voz grave, oliendo a colonia fresca y tabaco. Le sonreí, coqueta, sintiendo el pulso acelerado en mi cuello. "Pruébatelo tú si quieres", bromeé, pero en mi cabeza ya imaginaba sus manos deslizándose por la tela.

Al día siguiente, me mandó un mensaje. Quería verme fuera del trabajo. Acepté, claro. Nos encontramos en un café en la Roma, con mesas al aire libre y mariachis lejanos tocando "Cielito Lindo". Llevaba un vestido verde esmeralda, ligero, que volaba con la brisa, dejando ver mis piernas bronceadas. Hablamos de todo: de la ciudad que nunca duerme, de sueños locos, de cómo los vestidos pueden cambiarlo todo. "Eres como un vestido a medida", me dijo, "perfecta para el cuerpo que la lleva". Su pie rozó el mío bajo la mesa, y sentí un cosquilleo que subió hasta mi entrepierna.

La tensión crecía como la humedad antes de una tormenta. Caminamos por las calles empedradas, su brazo en mi cintura, el roce de su piel contra la mía enviando ondas de calor. Olía a su sudor limpio mezclado con el perfume de las gardenias en los balcones. Me besó por primera vez en un callejón estrecho, bajo un farol que parpadeaba. Sus labios eran firmes, su lengua explorando la mía con hambre. Gemí bajito, mis manos en su nuca, tirando de su cabello. "Vamos a mi depa", susurró, y yo asentí, empapada ya de deseo.

Acto dos: la escalada

Mi departamento en la Narvarte es un nido acogedor, con cortinas sheer que dejan entrar la luz de la luna y velas que huelo a vainilla y canela. Diego entró como si ya fuera suyo, quitándose la camisa para revelar un torso marcado por horas en el gym, piel morena reluciente. Yo me paré frente al espejo de cuerpo entero, el vestido verde aún puesto, pero con la cremallera a medio bajar, revelando la curva de mi espalda.

"Déjame verte", murmuró, acercándose por detrás. Sus manos grandes cubrieron mis hombros, bajando despacio la tela hasta que el vestido cayó en un susurro al piso. Quedé en lencería negra, encaje que mordía mi piel de forma deliciosa. Me giré, presionando mi cuerpo contra el suyo. Sentí su erección dura contra mi vientre, palpitante, prometiendo éxtasis. "Qué chingón te ves", le dije, mi voz ronca, mordiéndome el labio.

Nos besamos con furia, lenguas enredadas, saboreando el dulce de su boca y el salado de su cuello. Sus dedos trazaron mi espina dorsal, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con fuerza juguetona. "Eres una mamacita", gruñó, levantándome para llevarme a la cama. Caímos sobre las sábanas frescas, mi cabello desparramado como un abanico negro. Él se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior de muslo, inhalando mi aroma almizclado de excitación. Lamí sus labios cuando subió, su aliento caliente en mi clítoris.

¡Dios mío, su lengua es fuego! Ráfagas de placer me recorren, mis caderas se arquean solas, buscando más. No pares, cabrón, no pares.

Me lamió despacio al principio, círculos suaves que me hicieron jadear, luego más rápido, chupando con avidez mientras sus dedos entraban en mí, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Grité su nombre, mis uñas clavándose en sus hombros, el sudor perlando nuestras pieles. Él se incorporó, quitándose los pantalones, su verga gruesa y venosa saltando libre, goteando pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su pulso acelerado como un tambor azteca. La masturbé despacio, viéndolo gemir, sus ojos fijos en los míos.

Pero no quería acabar así. Lo empujé sobre la cama, montándolo como una reina. Su punta rozó mi entrada húmeda, y descendí centímetro a centímetro, sintiéndolo llenarme, estirándome deliciosamente. "¡Qué rico, Ana!", exclamó, sus manos en mis tetas, pellizcando los pezones hasta que dolió de placer. Cabalgaba con ritmo, mis caderas girando, el sonido de carne contra carne llenando la habitación, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama.

La intensidad subía, mis paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él me volteó, poniéndome a cuatro patas, embistiéndome desde atrás con fuerza controlada. Cada golpe era un trueno, su pelvis chocando mis nalgas, sus bolas golpeando mi clítoris. Olía a sexo puro, a sudor y fluidos, el aire espeso de lujuria. "Más fuerte, Diego, ¡dame todo!", le rogué, y él obedeció, una mano en mi cabello tirando suave, la otra frotando mi botón de placer.

Acto tres: el clímax y el eco

El orgasmo me golpeó como un rayo, ondas de éxtasis desde mi centro explotando hacia las puntas de mis dedos. Grité, temblando, mis jugos empapando las sábanas. Él siguió bombeando, prolongando mi placer hasta que no pude más, colapsando. Entonces se retiró, volteándome para correrme en mis tetas, chorros calientes y espesos que lamí con deleite, saboreando su esencia salada.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su espalda sudorosa. "Eso fue de la verga", murmuró riendo bajito. Yo sonreí, besando su frente. "Y todo empezó con un vestido".

Ahora, mientras escribo esto en mi diario, horas después, siento el fantasma de sus toques en mi piel. Mañana lo veré de nuevo, y elegiré otro vestido, quizás uno blanco de encaje, para avivar la llama. Porque esta pasión, envuelta en telas sedosas, es mía, nuestra, infinita como las noches de México.

Fin de la primera entrada. Pero qué inicio, ¿verdad? Los vestidos guardan secretos, y yo los liberaré uno a uno.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.