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Armando Navarro Pasion de Gavilanes

6346 palabras

Armando Navarro Pasion de Gavilanes

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda Gavilanes, en las afueras de Guadalajara, donde el aire olía a tierra húmeda y a jazmines silvestres que trepaban por las bardas de adobe. Yo, Jimena, había llegado esa mañana para visitar a mi tía, dueña de unas tierras vecinas, pero mi verdadero motivo era él: Armando Navarro, el capataz que todos murmuraban con una mezcla de respeto y envidia. Decían que Armando Navarro era pasion de gavilanes, un hombre de fuego en las venas, con ojos negros que prometían tormentas y manos callosas que sabían domar potros y corazones por igual.

Lo vi desde la veranda, montado en su alazán, el sudor perlándole el pecho moreno bajo la camisa entreabierta. Su piel brillaba como cobre fundido, y el olor a cuero y caballo me llegó antes que su voz grave: "¡Órale, Jimena! ¿Qué andas haciendo por acá, mamacita?" Su sonrisa era un arma, blanca y pícara, y sentí un cosquilleo en el vientre, como si mi cuerpo ya supiera lo que mi mente apenas atisbaba.

¿Por qué carajos me late el corazón así? Es solo un ranchero, pero míralo, wey, parece sacado de un sueño caliente.

—Vine a ver a mi tía, pero ya que estoy... ¿me das un aventón por el rancho? —le respondí, con la voz más juguetona que pude, subiéndome al caballo detrás de él. Sus músculos se tensaron bajo mis manos cuando me acomodé, y el calor de su espalda me envolvió como un abrazo prohibido. El trote del animal nos mecía, y cada movimiento rozaba mi pecho contra él, enviando chispas por mi espina.

En el corral, desmontamos. El polvo se levantaba con el viento, y Armando se quitó la camisa sin pudor, quedando en torso desnudo. Sus abdominales se marcaban como surcos en la tierra fértil, y un vello oscuro bajaba desde su ombligo hasta la cintura del pantalón. Olía a hombre puro: sudor salado, tierra y un toque de colonia barata que me mareaba.

¿Quieres que te enseñe a tirar lazo? —me dijo, pasándome una cuerda áspera. Nuestros dedos se rozaron, y fue como electricidad. Intenté, torpe, pero él se acercó por detrás, su aliento caliente en mi cuello. "Así, chula, con fuerza, como si lo quisieras conquistar". Su voz ronca me erizó la piel, y cuando su cadera presionó la mía, sentí su dureza contra mis nalgas. Mi respiración se aceleró, el pulso latiendo en mis sienes.

La tensión creció como nubes de tormenta. Caminamos hacia el granero, pretextando buscar agua fresca. Adentro, la penumbra olía a heno seco y madera vieja. Armando me acorraló contra una pila de pacas, sus ojos devorándome.

No puedo resistir más. Quiero probarlo, sentirlo dentro, que me haga suya como en esas novelas rancheras que leo a escondidas.

—Jimena, desde que te vi, no pienso en otra cosa —murmuró, su boca a centímetros de la mía. Sus labios eran firmes, con sabor a sal y tequila de la mañana. Me besó despacio al principio, explorando, su lengua danzando con la mía en un ritmo que me dejó jadeante. Mis manos subieron por su pecho, sintiendo el latido fuerte de su corazón, los pezones duros bajo mis palmas.

Él desabotonó mi blusa con dedos ansiosos pero tiernos, exponiendo mis senos al aire fresco. "¡Qué chingones, carnal!" exclamó, tomándolos en sus manos grandes, masajeándolos hasta que gemí. Su boca bajó, chupando un pezón con hambre, la barba incipiente raspando deliciosamente. Yo arqueé la espalda, el placer subiendo como fuego líquido por mi vientre.

Le bajé el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitante de deseo. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y el pulso acelerado. "¡Ay, Armando, qué mamalón!" reí, juguetona, y él gruñó, empujándome al heno suave.

Nos tendimos, piel contra piel. Su peso sobre mí era perfecto, protector. Me besó el cuello, mordisqueando, mientras sus dedos bajaban por mi vientre, colándose bajo mi falda. Encontró mi centro húmedo, resbaladizo, y metió dos dedos despacio, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. "pendeja sexy", susurró, y yo me retorcí, oliendo mi propio aroma almizclado mezclándose con el suyo.

La intensidad subió. Lo monté, guiando su verga a mi entrada. Entró centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. Gemí alto, el sonido rebotando en las vigas del granero. Cabalgamos como en un rodeo salvaje: yo arriba, moviendo caderas en círculos, sintiendo cada roce de su glande contra mis paredes. Sus manos en mis nalgas, amasándolas, guiándome más rápido. El sudor nos unía, resbaloso, y el slap-slap de carne contra carne era música erótica.

¡Dios, qué rico! Armando Navarro es pura pasion de gavilanes, me está volviendo loca, no quiero que pare nunca.

Cambié de posición, él atrás, penetrándome profundo mientras me besaba la nuca. Sus embestidas eran potentes, rítmicas, como el galope de un corcel. Tocaba mi clítoris con el pulgar, y el orgasmo me golpeó como un rayo: ondas de placer convulsionándome, gritando su nombre. Él siguió, gruñendo, hasta que se tensó y explotó dentro, su semen caliente inundándome, marcándome como suya.

Caímos exhaustos, respiraciones entrecortadas. El heno pincha pero reconforta, su brazo alrededor de mí. Olía a sexo, a nosotros, a victoria compartida. Besó mi frente, suave ahora.

Eres fuego, Jimena. No como las otras, tú me enciendes de verdad.

Nos vestimos despacio, risas cómplices. Salimos al sol poniente, el cielo teñido de rojo como nuestra pasión. Armando Navarro, el hombre de pasion de gavilanes, me había conquistado, y yo a él. Caminamos de la mano hacia la casa grande, sabiendo que esto era solo el principio. El rancho parecía más vivo, el viento susurrando promesas de noches calientes por venir.

En la cena con mi tía, bajo la mesa su pie rozaba el mío, un secreto ardiente. Sus ojos prometían más, y mi cuerpo ya anhelaba el próximo encuentro. Armando Navarro había despertado algo salvaje en mí, una pasión que no se apaga fácil, como las gavilanes que surcan el cielo de la hacienda, libres y fieras.

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