Diario de una Pasion Espanol Latino
Querido diario, hoy empezó todo. Me llamo Laura, tengo veintiocho años y vivo en esta jungla de concreto que es la Ciudad de México. Trabajo en una agencia de publicidad en Polanco, rodeada de tipos engominados y morras que se la pasan posando para Instagram. Pero neta, estaba harta de la rutina. Hasta que lo vi a él. Javier, un español que llegó hace unas semanas por un proyecto de arquitectura. Lo encontré en el bar del hotel donde a veces voy a desconectar después del trabajo. Alto, moreno, con esa piel oliva que brilla bajo las luces tenues y unos ojos verdes que te clavan como flecha. Olía a colonia cara mezclada con algo salvaje, como mar y humo de tabaco.
Estábamos en la barra, yo pidiendo un margarita con sal gruesa que me picaba la lengua, y él un gin tonic con limón. Nuestras miradas se cruzaron y órale, sentí un cosquilleo en el estómago. Me sonrió con esa dentadura perfecta, dijo "Buenas noches, guapa" con acento madrileño que me erizó la piel. Charlamos de la ciudad, de cómo el tráfico de Reforma lo volvía loco, pero sus ojos no se despegaban de mis labios. Sentí su rodilla rozar la mía bajo la barra, un toque accidental que no lo era. Mi corazón latía fuerte, como tambor en fiesta. Le conté de mis paseos por el Bosque de Chapultepec, él de las playas de la Costa Brava. La tensión crecía con cada sorbo, el aire cargado de promesas. Al final de la noche, me dejó su número. "Llámame, Laura. Quiero verte de nuevo". Su voz ronca me quedó resonando en la cabeza toda la ruta a casa.
¿Qué me pasa? Ese wey me tiene loca con solo una plática. Su olor aún me persigue. Mañana lo llamo, no aguanto más.
Al día siguiente, quedamos en un cafecito en la Roma. El sol filtraba por las ventanas empañadas, oliendo a café de chiapas recién molido y pan dulce calentito. Javier llegó con camisa ajustada que marcaba sus pectorales, pantalón de mezclilla que le ceñía las caderas. Me abrazó al saludar, su pecho duro contra el mío, y aspiré su aroma: jabón fresco y un toque de sudor masculino que me humedeció de inmediato. Caminamos por las calles empedradas, mano en la cintura, riendo de tonterías. "Eres preciosa cuando te ríes", murmuró cerca de mi oreja, su aliento cálido rozándome el lóbulo. Sentí mis pezones endurecerse bajo la blusa de encaje.
La plática fluyó como tequila suave: de sueños, de pasiones ocultas. Le confesé que siempre quise un amor que me quemara por dentro, él admitió que México lo había despertado. En un parque sombreado por jacarandas moradas, nos sentamos en una banca. Su mano subió por mi muslo despacio, dedos fuertes trazando círculos que me hicieron jadear. Lo miré, ojos en llamas. "Javier...". Me besó entonces, labios carnosos devorándome, lengua explorando mi boca con sabor a menta y deseo. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su nuca. El mundo se redujo a su boca, su calor, el pulso acelerado latiendo en mi sexo. Nos separamos jadeantes, promesas en el aire. Esa noche, en mi depa, me toqué pensando en él, imaginando sus manos en mí.
Pasaron días de mensajes calientes: "Pienso en tus curvas toda la noche", "Ven y hazme tuya". La tensión era insoportable, como volcán a punto de estallar. El viernes lo invité a mi casa en Condesa. Preparé tacos de arrachera con guacamole fresco, velas aromáticas a vainilla y chile que llenaban el aire de seducción. Llegó con una botella de mezcal oaxaqueño, ojos hambrientos. Cenamos en la terraza, luces de la ciudad parpadeando abajo, brisa nocturna acariciándonos. Su pie jugaba con el mío bajo la mesa, subiendo lento por mi pantorrilla. "Estás deliciosa", dijo lamiendo salsa de sus labios, mirándome fijo.
Mi cuerpo arde. Lo quiero ya, aquí, sin esperas. Este español me va a volver loca de placer.
Después de la cena, en el sofá de piel suave, nos besamos con furia. Sus manos expertas desabotonaron mi vestido, exponiendo mis senos llenos. Los besó, lamió pezones rosados hasta que grité de placer, el sonido ahogado por su boca. Olía a su excitación, almizcle puro que me embriagaba. Le quité la camisa, besando su torso definido, lengua trazando abdominales salados. "Qué chulo eres, pendejo", le dije riendo, él respondió con un gruñido: "Ven aquí, mi latina ardiente". Sus dedos bajaron a mi tanga, frotando mi clítoris hinchado. Estaba empapada, jugos resbalando por mis muslos. Gemí alto, arqueándome contra él.
Lo llevé a la cama, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Le bajé el pantalón, su verga erecta saltó libre: gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, piel aterciopelada caliente, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su pre-semen salado. Javier jadeó, "Dios, Laura, qué boca", enredando dedos en mi cabello negro. Lo chupé profundo, garganta relajada, sintiendo su pulso en mi lengua. Él me volteó, boca en mi coño depilado, lengua danzando en mis labios mayores, succionando clítoris con maestría. El placer era eléctrico, oleadas subiendo por mi espina, olor a sexo impregnando la habitación.
No aguantamos más. Me puso a cuatro patas, nalgas altas, y entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. "Sí, así, cabrón", grité, paredes vaginales apretándolo. Embestía rítmico, pelvis chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras, sudor perlando su espalda. Tocaba mis tetas colgantes, pellizcando pezones. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje, caderas girando, clítoris frotando su pubis. Sus manos en mi culo, guiándome. "Más rápido, mi amor", supe que estaba cerca. El orgasmo me golpeó como tsunami, contracciones milking su verga, grito gutural escapando mi garganta. Él explotó dentro, semen caliente inundándome, rugiendo mi nombre.
Colapsamos entrelazados, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. Su semen goteaba de mí, mezclándose con mis jugos en las sábanas. Besos suaves, caricias perezosas. Olía a nosotros, a pasión consumada. "Esto es solo el principio", murmuró, dedo trazando mi espina. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón calmarse.
Diario de una pasion español latino: nunca imaginé que un encuentro así me cambiaría. Javier es fuego puro, y yo su llama. ¿Qué sigue? No sé, pero lo quiero todo.
Los días siguientes fueron un torbellino. Mañanas de café en la cama, su boca despertándome con besos en el vientre. Tardes de paseos por Xochimilco en trajinera, manos entrelazadas, riendo bajo el sol. Noches de sexo interminable: en la ducha, agua caliente resbalando por cuerpos enjabonados, él penetrándome contra azulejos fríos; en la cocina, sobre la isla de granito, mis piernas alrededor de su cintura mientras lamía crema batida de mis senos. Cada roce era fuego, cada gemido sinfonía. Su acento susurrando guarradas en español me derretía: "Córrete para mí, preciosa". Yo respondía con mexicanismos calientes: "Dame duro, wey, no pares".
Pero no era solo carne. Hablábamos horas, almas desnudas. Él de su Madrid gris, yo de mis sueños rotos en esta ciudad caótica. Nos empoderábamos mutuamente, follando con igualdad, explorando cuerpos sin tabúes. Una noche, bajo lluvia torrencial en mi balcón, lo monté lento, agua empapándonos, truenos sincronizados con nuestros clímax. El olor a tierra mojada, petricor, se mezclaba con nuestro sudor. Sentí su alma entrar en la mía.
Hoy, mientras escribo, duerme a mi lado, respiración profunda, brazo sobre mi cintura. Esta pasión español latino me ha transformado. No sé si durará, pero por ahora, es perfecto. Mi cuerpo vibra aún del último polvo, músculos adoloridos de tanto placer. Lo despertaré con mi boca, y empezaremos de nuevo.
Fin de esta entrada, pero no de la pasión. Mañana, más diario de una pasion español latino.