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Pasión Cap 81 Fuego en la Piel

7731 palabras

Pasión Cap 81 Fuego en la Piel

Estás recostada en el sofá de tu departamento en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un susurro fresco contra el calor pegajoso de la noche mexicana. Javier, tu carnal de tantos años, está a tu lado, su pierna rozando la tuya con esa calidez que siempre te eriza la piel. En la tele, Pasión cap 81 está en lo mejor: la protagonista, esa morra despampanante, se entrega por fin a su galán en una cama de sábanas revueltas, sus gemidos llenando la sala con un eco que te hace apretar los muslos sin querer. El olor a tequila reposado flota en el aire, mezclado con el perfume de su colonia, ese que huele a madera y deseo puro.

"Órale, wey, mira cómo se traen", murmura Javier con esa voz ronca que te calienta el estómago, su mano grande posándose en tu rodilla como si nada. Pero no es nada. Sientes el pulso acelerado en tu cuello, el corazón latiéndote como tamborazo en una fiesta de pueblo. Han pasado semanas sin tocarse de verdad, con el pinche trabajo jodiéndoles la vida, pero esta noche, con Pasión cap 81 prendiendo la mecha, algo se rompe dentro de ti. Quieres su boca, sus manos, todo él.

Volteas a verlo, sus ojos cafés brillando con la luz parpadeante de la pantalla. "¿Y si apagamos esa madre y hacemos lo nuestro?", le dices, tu voz saliendo más juguetona de lo que planeabas, con ese acento chilango que sabes que lo vuelve loco. Él sonríe, ese pendejo guapo con barba de tres días, y apaga la tele con el control. El silencio cae como una caricia, roto solo por el tráfico lejano de Reforma y el zumbido de tus respiraciones.

Su mano sube por tu muslo, lento, como si saboreara cada centímetro de piel bajo el short de algodón. Tocarte así es eléctrico: sientes el calor de sus dedos filtrándose a través de la tela, despertando un hormigueo que te baja hasta el centro de ti. "Te he extrañado, mi reina", susurra, inclinándose para rozar tus labios con los suyos. El beso empieza suave, saboreando el tequila en su lengua, dulce y ardiente, pero pronto se vuelve hambriento. Tus manos se enredan en su pelo, tirando un poquito, y él gime contra tu boca, un sonido grave que vibra en tu pecho.

"Qué rico sabe, neta. Quiero más, mucho más. Que me coma entera esta noche", piensas, mientras su aliento caliente te roza el cuello, enviando escalofríos por tu espalda.

Te levantas del sofá sin soltar sus labios, guiándolo hacia la recámara. El pasillo huele a las velas de vainilla que prendiste antes, y el piso de madera cruje bajo tus pies descalzos. En la cama king size, con las sábanas de hilo egipcio que compraron en esa tiendita de San Ángel, lo empujas suave. Él cae de espaldas, riendo bajito, y tú te subes encima, sintiendo su dureza presionando contra tu entrepierna a través de la ropa. "Estás cañón, cabrón", le dices, mordiéndote el labio mientras le quitas la playera, revelando ese pecho moreno y marcado por horas en el gym.

Tus uñas recorren su piel, dejando rastros rojos que lo hacen jadear. Él te jala hacia abajo, sus manos grandes amasando tus nalgas, apretando con esa fuerza que te hace mojar al instante. El roce de su verga contra tu panocha es tortura deliciosa, el calor subiendo como fiebre. Se quita el pantalón rápido, y ahí está, dura y palpitante, oliendo a hombre puro, a sudor limpio y excitación. Tú te desabrochas el brasier, dejando que tus chichis salten libres, los pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.

"Ven pa'cá, preciosa", gruñe, y te chupa un pezón, la lengua girando en círculos húmedos que te arquean la espalda. Sientes la succión, el tirón suave de dientes, y un gemido se te escapa, alto y sin vergüenza. Tus caderas se mueven solas, frotándote contra él, la tela de tu tanga empapada rozando su piel. El olor a sexo empieza a llenar la habitación, ese almizcle dulce que te embriaga, mezclado con el de tu crema de coco.

Le bajas el bóxer, liberando su pinga gruesa, venosa, que salta lista para ti. La agarras con la mano, sintiendo el pulso latiendo en tu palma, caliente como hierro forjado. Él suspira, "Qué chido se siente tu mano, amor", y tú la acaricias de arriba abajo, lento al principio, luego más rápido, viendo cómo la punta brilla con pre-semen. Te inclinas, lames la cabeza, salada y suave, y lo metes en tu boca, chupando con ganas, la lengua jugando en la frenillo mientras él te agarra el pelo, guiándote sin forzar.

"Me encanta cómo gime, como si yo fuera su mundo. Quiero que explote, pero no todavía. Primero, que me haga volar", te dices, mientras su sabor te inunda la boca.

Javier te voltea con un movimiento fluido, poniéndote de rodillas en la cama. Sus dedos bajan tu tanga, rozando tu clítoris hinchado, y metes la cabeza en la almohada para no gritar cuando dos dedos entran en ti, curvándose justo ahí, en ese punto que te hace ver estrellas. "Estás chorreando, mi vida", dice, su voz ronca de pura lujuria, y lame tu cuello mientras bombea los dedos, el sonido húmedo de tu excitación resonando en la habitación. El placer sube en olas, tensándote los músculos, el sudor perlando tu piel.

"Ya no aguanto, métemela", le ruegas, volteando para mirarlo a los ojos. Él se pone condón rápido —siempre cuidadosos, siempre responsables— y te penetra de una, llenándote hasta el fondo. El estirón es perfecto, ardiente, y gritas su nombre mientras él empieza a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver a entrar profundo. Sientes cada vena, cada pulgada rozando tus paredes, el choque de sus bolas contra tu culo enviando chispas por todo tu cuerpo.

El ritmo acelera, la cama crujiendo como en una ranchera vieja, sus manos en tus caderas guiándote. Te voltea de nuevo, misionero ahora, para verse a los ojos. Sus embestidas son fuertes, profundas, golpeando ese spot que te hace temblar. "Te amo, cabrona", jadea, y tú respondes con uñas en su espalda, "Más fuerte, pendejo, hazme tuya". El olor a sexo es intenso, sudor mezclándose, bocas chocando en besos desordenados, lenguas enredadas.

La tensión crece, un nudo en tu vientre apretándose. Sientes el orgasmo venir, como una ola del Pacífico rompiendo en la playa de Puerto Vallarta. Él lo nota, acelera, su verga hinchándose dentro de ti. "Ven conmigo", murmura, y explotas primero, el placer estallando en colores detrás de tus párpados, tu panocha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él ruge, corriéndose con fuerza, el calor filtrándose a través del condón mientras se derrumba sobre ti, pesados y satisfechos.

Se quedan así un rato, respiraciones entrecortadas calmándose, su peso reconfortante sobre tu cuerpo. El aire huele a ellos, a pasión consumada, y sientes su corazón latiendo contra el tuyo, sincronizados. Te besa la frente, suave, "Fue como Pasión cap 81, pero mejor, ¿verdad?". Ríes bajito, acariciando su mejilla. "Neta, mi amor. Pero la secuela la hacemos nosotros".

Se desliza a tu lado, jalándote contra su pecho, la piel pegajosa y cálida. Afuera, la ciudad murmura su canción eterna, pero aquí dentro, en este nido de sábanas revueltas, hay paz. Piensas en lo afortunada que eres, en cómo un simple capítulo de telenovela reavivó el fuego que nunca se apagó. Mañana será otro día de prisas y chambeo, pero esta noche, con su brazo alrededor de ti y el eco de sus gemidos en tu memoria, sabes que todo vale la pena. Duermes con una sonrisa, soñando con la próxima entrega de su propia Pasión.

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