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Pasión por los Resultados

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Pasión por los Resultados

En las oficinas de la Torre Ejecutiva en Polanco, donde el bullicio de la Ciudad de México se filtra por las ventanas polarizadas, yo, Ana, siempre he sido la reina de las ventas. Pasión por los resultados, eso es lo que me mueve. Cada gráfico en la pantalla, cada cifra que sube, me acelera el pulso como si fuera un orgasmo lejano. Ese día, el equipo acababa de cerrar el trimestre más chingón de la historia: treinta millones en contratos nuevos. El jefe nos mandó a todos a celebrar, pero yo solo pensaba en él. Marco, el cabrón ambicioso del piso de abajo, con su sonrisa de pendejo confiado y esos ojos que me desnudan sin esfuerzo.

Lo vi en el elevador esa tarde, cuando el sol se colaba naranja por las rendijas. Sudaba un poco, camisa blanca pegada al pecho musculoso por el ajetreo del día. Olía a colonia cara mezclada con ese sudor varonil que me hace mojarme las panties sin remedio. "Órale, Ana, ¿ya viste los números? Tú y yo los reventamos", dijo con esa voz ronca que vibra en mis entrañas. Le sonreí, mordiéndome el labio. "Neta, Marco, mi pasión por los resultados me tiene loca. ¿Y la tuya?" Nuestras miradas se cruzaron, cargadas de esa tensión que llevábamos meses acumulando en juntas eternas, donde sus pies rozaban los míos bajo la mesa de conferencias.

El bar del lobby estaba a reventar de ejecutivos con copas en mano, risas falsas y jazz suave de fondo. Pidió tequilas reposados para los dos, y nos sentamos en una esquina íntima, piernas rozándose accidentalmente... o no tanto. El líquido ámbar quemaba la garganta, calentándome desde adentro. "Qué padre verte así de eufórica", murmuró, su mano grande posándose en mi rodilla. Sentí el calor de sus dedos a través de la falda lápiz, subiendo despacio como una promesa. Mi corazón latía fuerte, el aroma de su piel mezclándose con el tequila y el perfume floral que yo usaba, un cóctel que me mareaba.

¿Y si lo jalo al baño ahora mismo? Neta, Ana, contrólate, pero su verga debe estar dura ya, presionando contra esos pantalones de vestir...

La conversación fluyó de números a confesiones. "Siempre has sido la mejor, Ana. Esa pasión por los resultados tuya es adictiva", dijo, su aliento cálido en mi oreja. Le conté cómo cada meta alcanzada me ponía cachonda, como si el éxito fuera un afrodisíaco. Él rio bajito, su mano ahora en mi muslo, masajeando suave. El bar se desvanecía; solo existía el roce de su piel áspera contra la mía suave, el pulso acelerado en mi cuello, el sabor salado de sus labios cuando se acercó más.

Acto dos: la escalada. Salimos del bar tambaleantes de deseo, no de alcohol. En el estacionamiento subterráneo, el eco de nuestros tacones y zapatos resonaba como un latido compartido. Su coche, un BMW negro reluciente, nos esperaba. "Sube", ordenó con voz firme, y yo obedecí, el cuero del asiento frío contra mis nalgas calientes. Arrancó hacia Reforma, pero antes de llegar a mi depa en Lomas, estacionó en un mirador discreto con vista a la ciudad iluminada. Las luces parpadeaban como estrellas caídas, el viento fresco colándose por la ventanilla entreabierta, trayendo olor a pino y smog romántico.

Se giró hacia mí, sus ojos oscuros devorándome. "No aguanto más tu pasión por los resultados, Ana. Me tienes loco desde la primera junta". Sus labios capturaron los míos, urgentes, con sabor a tequila y menta. Gemí en su boca, mis manos enredándose en su cabello negro revuelto. El beso se profundizó, lenguas danzando salvajes, su barba incipiente raspando mi piel sensible. Bajó la mano a mi blusa, desabotonándola con dedos temblorosos de ansia. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.

"Qué chingonas estás", gruñó, chupando uno mientras pellizcaba el otro. El placer me recorrió como electricidad, arqueando mi espalda. Olía a su excitación, ese almizcle macho que me empapaba la panocha. Desabroché su cinturón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante en mi mano. Era enorme, caliente, goteando precum que lamí con deleite, salado y adictivo. "Qué rica verga, wey", susurré, mamándola profunda, garganta relajada por la práctica solitaria en mis noches de estrés laboral.

Me levantó la falda, rasgando las panties con un tirón juguetón. "Eres una puta por los resultados, ¿verdad?", bromeó, y yo reí, abriendo las piernas. Sus dedos exploraron mi concha húmeda, resbaladiza, círculos en el clítoris que me hacían jadear. "Sí, pendejo, fóllame ya". Me penetró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placentero se convirtió en éxtasis cuando bottomed out, su pubis contra mi clítoris. El coche se mecía con nuestros embistes, vidrios empañados por nuestros jadeos, el sonido húmedo de piel contra piel, slap-slap rítmico como un tambor azteca.

Esto es mejor que cualquier bono. Su verga me llena, me rompe, me hace suya. Más fuerte, Marco, dame esos resultados que tanto anhelo...

Lo cabalgué después, montándolo en el asiento del conductor reclinado. Mis nalgas rebotaban en sus muslos peludos, tetas saltando frente a su cara. Él las mordía, succionaba, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico bajo la blusa. Sudábamos, cuerpos pegajosos, olor a sexo crudo impregnando el aire confinado. Mi orgasmo se acercó como una ola, contrayendo mis paredes alrededor de su polla. "¡Me vengo, cabrón!", grité, nails clavándose en su pecho. Él gruñó, bombeando semen caliente dentro de mí, llenándome hasta rebosar.

Pero no paramos. Salimos del coche, medio desnudos bajo la luna, apoyados en el capó aún tibio. Me puso de perrito, entrando de nuevo, sus bolas golpeando mi clítoris. El viento fresco lamía mi sudor, contrastando con el fuego interno. "Tu pasión por los resultados me enciende, Ana", jadeó, azotando mis nalgas suaves. Cada palmada era fuego, placer punzante. Vine dos veces más, piernas temblando, antes de que él explotara de nuevo, pintando mi espalda con chorros calientes.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos en el asiento trasero, envueltos en su chaqueta, cuerpos entrelazados y pegajosos. El corazón le latía contra mi mejilla, fuerte y constante. Besos suaves ahora, lenguas perezosas explorando bocas hinchadas. "Neta, eso fue épico", murmuró, acariciando mi cabello revuelto. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas. La ciudad ronroneaba abajo, indiferente a nuestro clímax.

En mi depa después, bajo la ducha caliente, jabón espumoso deslizándose por curvas marcadas por sus manos. Me lavó con ternura, dedos gentiles en mi panocha sensible, aún palpitante. "Vamos a por más resultados juntos, ¿sale?", propuso, ojos brillantes. Sonreí, besándolo. "Sale, wey. Mi pasión por los resultados ahora incluye esto... y a ti".

Nos acostamos en sábanas frescas, su brazo alrededor de mi cintura, piel contra piel. El sueño llegó con su respiración rítmica en mi nuca, el recuerdo de su verga aún fresco, prometiendo rondas matutinas. Mañana, en la oficina, las miradas cómplices, los roces disimulados. Pero esa noche, en el silencio del amanecer filtrándose por las cortinas, supe que los verdaderos resultados eran estos: placer puro, conexión carnal, una pasión que trasciende las cifras.

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