Pasión Cap 39 Fuego en la Carne
El sol del atardecer teñía de naranja las ventanas del penthouse en Polanco, y el aire estaba cargado con el aroma a jazmín del jardín colgante. Sofia se paseaba por la sala, el corazón latiéndole como tambor en fiestas de pueblo. Hacía meses que no veía a Marco, su carnal de toda la vida, ese wey que la volvía loca con solo una mirada. Habían sido novios en la uni, pero la vida los separó: ella con su chamba en la agencia de modas, él volando como piloto. Ahora, después de tantos mensajes calientes, volvían a encender la chispa.
Se miró en el espejo, ajustándose el vestido negro ceñido que marcaba sus curvas como guante. Qué rica estás, Sofia, pensó, pasando las manos por sus chichis firmes. El sonido de la llave en la puerta la hizo brincar. Ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía problemas.
—Neta, muñeca, te extrañé un chingo, dijo Marco, cerrando la puerta y dejando caer su maleta. Su voz grave era como ron miel, envolviéndola.
Se acercó despacio, el olor de su colonia mezclándose con el sudor del vuelo, un perfume macho que le erizaba la piel. Sus labios se rozaron primero, suaves, tentadores, como preludio de tormenta. Sofia sintió el calor de su aliento, el roce de su barba incipiente contra su mejilla. Esto es lo que necesitaba, wey, pensó mientras sus lenguas se enredaban, saboreando el leve toque salado de su boca.
Las manos de Marco bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con fuerza juguetona. Ella gimió bajito, el sonido vibrando entre ellos. Lo empujó hacia el sofá de piel blanca, donde cayeron riendo, cuerpos entrelazados. El tacto fresco del cuero contrastaba con el fuego de sus pieles. Sofia le desabotonó la camisa, revelando el pecho velludo y musculoso que tanto le gustaba lamer.
—Marco, estás cañón, neta no aguanto más —susurró ella, mordisqueando su oreja.
Él la volteó, quedando encima, sus caderas presionando contra las de ella. Sintió la dureza de su verga a través del pantalón, palpitante, lista. Pasión cap 39 de nuestra historia, pensó Sofia fugazmente, recordando cómo contaba mentalmente cada encuentro como capítulos de su novela privada. Este sería el más intenso.
Marco deslizó el vestido por sus hombros, exponiendo sus senos al aire acondicionado. Los pezones se endurecieron al instante, rosados y ansiosos. Él los besó, chupó, lamió con devoción, el sonido húmedo de su boca llenando la habitación. Sofia arqueó la espalda, las uñas clavándose en sus hombros, oliendo su cabello recién lavado con shampoo de eucalipto. Qué rico, cabrón, jadeó en su mente, mientras oleadas de placer subían desde su vientre.
Pero no quería apresurarse. Esta era su noche, su reencuentro. Lo levantó, lo llevó al cuarto, donde la cama king size los esperaba con sábanas de satén negro. La ciudad brillaba afuera, luces parpadeantes como estrellas caídas. Marco la desnudó por completo, admirando su cuerpo desnudo: piernas largas, culo redondo, panocha depilada reluciendo de anticipación.
—Eres mi diosa, Sofia. Ven, déjame probarte, murmuró, arrodillándose.
Ella se recargó en la cabecera, abriendo las piernas. El primer toque de su lengua en su clítoris fue eléctrico, como chispa en gasolina. Sofia gritó suave, ¡ay, wey! El calor húmedo de su boca la devoraba, lamiendo despacio, círculos perfectos. Saboreaba sus jugos, dulces y salados, mientras sus dedos entraban y salían, curvándose para tocar ese punto que la volvía loca. El sonido era obsceno: chapoteos, gemidos, su respiración agitada. Sofia tiró de su pelo, montándolo como vaquera, el olor almizclado de su arousal llenando el aire.
Internamente, luchaba: No quiero correrme ya, pero neta me estás matando de gusto. Marco aceleró, chupando más fuerte, un dedo en su ano juguetón, enviando shocks por todo su cuerpo. Las luces de la ciudad danzaban en las paredes, sincronizadas con sus pulsos acelerados.
Se corrió primero ella, un tsunami rugiente. Su cuerpo convulsionó, piernas temblando, un grito ahogado escapando: ¡Sí, Marco, no pares! Jugos fluyendo, él lamiéndolos todos, prolongando el éxtasis hasta que ella lo jaló arriba, jadeante, sudorosa.
Ahora era su turno. Sofia lo desvistió del todo, admirando su verga erecta, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomó en mano, sintiendo el calor, el pulso como corazón propio. La masturbó lento, oliendo su esencia varonil, luego la lamió desde la base hasta la punta, saboreando el salado preeyaculatorio. Marco gruñó, qué chingón, sus caderas empujando.
Lo miró a los ojos, verdes intensos, llenos de deseo puro.
—Te la chupo hasta que ruegues, pendejo, dijo juguetona, metiéndosela entera. Su garganta se acomodó, babeando, el sonido de succión resonando. Él la cogía la boca suave, respetuoso, pero firme. Ella jugaba con sus huevos pesados, sintiendo cómo se tensaban.
Pero querían más. Sofia se puso a cuatro, ofreciéndole su culo. Marco se colocó atrás, frotando su verga contra su raja húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. ¡Qué llena me sientes! pensó ella, el ardor inicial convirtiéndose en placer puro. Él la embistió rítmico, piel contra piel, palmadas suaves en sus nalgas. El olor a sexo impregnaba todo, sudor, jugos, pasión cruda.
Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como reina. Sus chichis rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones. Sofia giraba caderas, sintiendo su verga golpear profundo, tocando su cervix con cada bajada. Gemían juntos, ¡qué rico, amor! ¡Cógeme más! El clímax se acercaba, tensión en espiral. Marco se sentó, abrazándola, besándola mientras follaban sentados, íntimo, sudorosos cuerpos pegados.
El orgasmo los golpeó simultáneo. Ella primero, contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él rugió, llenándola de semen caliente, chorros potentes que sintió chorrear. Colapsaron, exhaustos, risas entre jadeos. El afterglow era perfecto: pieles pegajosas, corazones latiendo al unísono, el aroma de sus fluidos mezclados.
Se acurrucaron bajo las sábanas, Marco acariciando su cabello. Esto es pasión cap 39, pensó Sofia, sonriendo. No era solo sexo; era conexión, almas enredadas como sus cuerpos. Mañana seguiría la vida, pero esta noche era eterna.
Fuera, la ciudad susurraba, testigo de su fuego. Sofia besó su pecho, saboreando el salado sudor. —Te amo, wey. No me sueltes nunca.
—Jamás, mi reina. Esto apenas empieza, respondió él, sellando el capítulo con un beso profundo.