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Pasion Por Algo Delicioso

6720 palabras

Pasion Por Algo Delicioso

En el corazón de Oaxaca, donde el aire huele a cacao tostado y vainilla quemada, tengo mi taller de chocolates artesanales. Me llamo Ana, y desde chiquita he tenido una pasion por algo que me hace vibrar: el chocolate. No cualquier chocolate, sino el que preparo con mis manos, moliendo granos de Tabasco hasta que suelten su esencia oscura y seductora. Cada día, el calor del metate me hace sudar, y ese aroma terroso se me pega a la piel como un amante pegajoso.

Era un viernes de mercado, con el sol pegando duro en las calles empedradas. El bullicio de los vendedores gritando "¡Mole, tamales!" se mezclaba con risas y reggaetón lejano. Yo estaba detrás del mostrador, moldeando tabletas con chile y canela, cuando él entró. Diego, con su camisa ajustada que marcaba unos brazos fuertes de quien trabaja con las manos, ojos cafés intensos y una sonrisa pícara que decía "neta, qué chida eres".

Órale, este wey está cañón, pensé. ¿Por qué me late tan fuerte el corazón? Es solo un cliente más.

—Prueba esta, güey —le dije, ofreciéndole un pedacito de chocolate con almendras tostadas—. Es mi especialidad, puro fuego mexicano.

Se lo metió a la boca despacio, sus labios carnosos cerrándose alrededor del trozo. Masticó, cerró los ojos y soltó un gemido bajo que me erizó la piel.

Delicioso, Ana. ¿Cómo le haces para que sepa tan... intenso? —preguntó, lamiéndose los labios con la lengua, dejando un rastro brillante de chocolate derretido.

El calor de la tarde se sentía más pesado, como si el aire entre nosotros se hubiera espesado. Nuestras miradas se engancharon, y sentí un cosquilleo en el estómago, bajando hasta mis muslos. Hablamos un rato, de recetas secretas y noches de fiesta en el zócalo. Me contó que es carpintero, que ama la madera tanto como yo al cacao. Pasion por algo, eso compartíamos.

Al cerrar el taller, el sol se ponía tiñendo todo de naranja. Él no se fue.

—Déjame ayudarte a limpiar, ¿va? —dijo, con esa voz ronca que me hacía apretar las piernas.

Asentí, y mientras lavábamos los utensilios, nuestras manos se rozaron bajo el chorro de agua. El jabón olía a limón fresco, pero su piel... ay, su piel era cálida, áspera de callos. Me volteó despacio, su aliento cerca de mi cuello.

No mames, Ana, ¿qué estás haciendo? Esto es tu taller, tu santuario. Pero joder, lo quiero tanto.

Acto dos: la escalada. Lo invité a una cata privada en la trastienda, donde guardo mis experimentos. Encendí velas de cera de abeja, el humo dulce flotando. Le até los ojos con una bufanda de algodón oaxaqueño.

—Confía en mí, carnal. Voy a hacerte probar pasión por algo que no olvidarás —susurré, untando chocolate tibio en sus labios con mis dedos.

Él jadeó, su pecho subiendo y bajando rápido. Lamí el chocolate de su boca, lento, saboreando el dulce mezclado con su sal. Nuestras lenguas bailaron, resbalosas, el sabor explosivo en mi paladar. Sus manos encontraron mi cintura, apretándome contra él. Sentí su dureza presionando mi vientre, grande y palpitante bajo los jeans.

—Estás rica, Ana. Me traes loco —gruñó, bajando la bufanda para mirarme con hambre.

Lo empujé contra la mesa de trabajo, desabrochando su camisa. Su torso moreno brillaba de sudor, músculos tensos como cuerdas de guitarra. Besé su pecho, mordisqueando un pezón, mientras mis uñas arañaban suave su espalda. Él me levantó la blusa, exponiendo mis tetas llenas, pezones duros como piedras de obsidiana.

El aroma del chocolate derretido se mezclaba con el almizcle de nuestra excitación, espeso y embriagador. Me recargó en la mesa, sus labios bajando por mi cuello, lamiendo hasta mi ombligo. Desabrochó mis shorts, deslizándolos con mis calzones. El aire fresco rozó mi panocha húmeda, ya chorreando.

Qué chingón se siente su boca tan cerca. No pares, pendejo, dame más.

Arrodillado, untó chocolate en mis muslos internos, caliente y pegajoso. Su lengua trazó caminos lentos, subiendo, probándome. Gemí alto cuando alcanzó mi clítoris, hinchado y sensible. Chupó suave al principio, círculos con la lengua, luego más fuerte, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis jugos mezclados con chocolate, mis jadeos rebotando en las paredes de adobe.

—¡Órale, Diego! ¡Así, cabrón! —grité, jalándole el pelo, mis caderas moviéndose solas contra su cara.

La tensión crecía como un volcán, mi cuerpo temblando, pulsos acelerados en orejas y garganta. Él se levantó, pants abajo, su verga saltando libre: gruesa, venosa, la cabeza brillante de pre-semen. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero duro, masturbándolo lento mientras lo besaba con furia.

Lo guié dentro de mí, centímetro a centímetro. Llenándome, estirándome delicioso. El chocolate en nuestras pieles hacía todo resbaloso, erótico. Empezamos a movernos, lento al inicio: él embistiendo profundo, yo arqueando la espalda. El choque de carne contra carne, slap-slap, mis tetas botando, sus bolas golpeando mi culo.

Aceleramos. Sudor goteando, mezclándose con chocolate, oliendo a sexo puro mexicano. Me volteó de espaldas, cogiéndome contra la mesa, una mano en mi clítoris frotando rápido. El placer subía en olas, mi mente nublada solo en sensaciones: su calor adentro, mi humedad chorreando por mis piernas, su aliento jadeante en mi oreja.

—¡Ven conmigo, Ana! ¡Dame todo! —rugió.

Exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera: paredes internas apretándolo, grito ahogado, visión borrosa de estrellas. Él se vino segundos después, caliente dentro, llenándome hasta rebosar.

Acto tres: el afterglow. Nos desplomamos en el piso, sobre una manta tejida. Cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas calmándose. El taller olía a nosotros: cacao, semen, sudor dulce. Lo abracé, su cabeza en mis tetas, besando su frente salada.

—Neta, nunca probé algo tan bueno —dijo riendo bajito.

—Es mi pasión por algo especial, wey. Pero ahora... tengo pasión por ti también.

Esto no fue solo un revolcón. Siento algo más profundo, como si el chocolate nos hubiera unido para siempre. ¿Volverá mañana? Ojalá.

Nos limpiamos con trapos suaves, riendo de los manchones. Afuera, la noche oaxaqueña cantaba con grillos y mariachis lejanos. Él me besó en la puerta, prometiendo regresar. Yo cerré, el cuerpo aún zumbando, saboreando el eco de su sabor en mi boca. Mi taller nunca había olido tan vivo, tan lleno de vida.

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