Frases de Amor y Pasion en la Piel Ardiente
La luz tenue de las velas parpadeaba en mi sala, pintando sombras suaves en las paredes de mi depa en Polanco. El aroma del mole poblano que preparé flotaba en el aire, mezclado con el perfume de jazmines que compré en el mercado esa mañana. Hacía semanas que no veía a Javier, mi carnal de alma, el wey que me hacía temblar con solo una mirada. Neta, lo extrañaba tanto que mi cuerpo ardía solo de pensarlo. Me puse ese vestido rojo ceñido que le encanta, el que marca mis curvas como si fueran un mapa para sus manos.
Escuché la llave en la cerradura y mi pulso se aceleró. Ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice todas las mentiras deliciosas. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis chichis y bajando hasta mis muslos. "Mamacita", murmuró, cerrando la puerta con un pie mientras dejaba su maleta. Se acercó despacio, como un tigre acechando, y me tomó por la cintura. Su olor a hombre, a sudor fresco del avión y colonia cara, me invadió las fosas nasales.
¿Por qué carajos me pones así de loca, Javier? Solo con tu presencia ya quiero arrancarte la camisa.
"Te extrañé, mi reina", dijo besándome el cuello, su aliento caliente rozando mi piel. Sus labios eran suaves pero firmes, saboreando mi sal. Respondí con un gemido bajito, enredando mis dedos en su cabello negro y revuelto. Cenamos rápido, el mole resbalando por nuestras gargantas mientras nos comíamos con la mirada. Hablamos de tonterías, de su viaje a Guadalajara, pero el aire estaba cargado de promesas. Cada roce de su pie contra mi pierna bajo la mesa era una chispa.
Después de la cena, nos fuimos al sillón. Me sentó en su regazo, sus manos grandes explorando mi espalda. "Dime, ¿qué hiciste mientras no estuve?", preguntó, mordisqueándome la oreja. Le conté de mis días, pero lo que quería era oírlo a él. "Javier, susúrrame esas frases de amor y pasión que solo tú sabes decirme", le pedí, mi voz ronca de anticipación. Se rio bajito, ese sonido grave que vibra en mi pecho.
"Eres mi fuego eterno, Ana, la que enciende mi alma con cada mirada", empezó, mientras sus dedos bajaban la cremallera de mi vestido. La tela se deslizó por mis hombros, exponiendo mi piel al aire fresco. Sentí sus labios trazando un camino desde mi clavícula hasta mis pechos, lamiendo despacio, saboreando mi sabor dulce mezclado con el sudor nervioso. Mi corazón latía como tambor en fiesta, ¡órale!, y mis pezones se endurecieron bajo su lengua experta.
Lo empujé suave hacia atrás, queriendo tomar el control. "A ver, pendejo, déjame a mí", le dije juguetona, desabotonando su camisa. Su pecho ancho, marcado por horas en el gym, olía a testosterona pura. Besé cada músculo, mordiendo ligero, oyendo sus jadeos roncos. Bajé más, desabrochando su cinturón con dientes, sintiendo su verga dura presionando contra los jeans. "Qué rica estás de ansiosa, mi amor", gruñó él, sus manos en mi cabello guiándome.
Nos levantamos tambaleando hacia la recámara, dejando un rastro de ropa por el pasillo. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio, frescas y suaves. Me tumbó con gentileza pero firmeza, su cuerpo cubriendo el mío. Piel contra piel, el calor de él me envolvía como manta viva. Sus besos se volvieron urgentes, explorando mi boca, mi lengua danzando con la suya en un duelo húmedo y salado. "Te amo con toda el alma, Ana, eres mi pasión desatada", susurró entre besos, una de esas frases de amor y pasión que me derriten.
¡Dios, Javier, tus palabras son como afrodisíaco puro! Cada una me hace mojar más, sentirme reina en tu mundo.
Sus manos bajaron a mis caderas, abriendo mis piernas con delicadeza. Rozó mi concha con los dedos, sintiendo mi humedad resbaladiza. "Estás empapada, preciosa", dijo, metiendo un dedo despacio, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace arquear la espalda. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. El placer era eléctrico, oleadas subiendo por mi espina. Lo miré a los ojos, oscuros y llenos de hambre. "Tómame ya, wey, no aguanto más".
Se posicionó, su verga gruesa y venosa presionando mi entrada. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo. "¡Qué chingón se siente esto!", exclamó él, empezando a moverse con ritmo pausado. Yo clavaba las uñas en su espalda, oliendo nuestro sexo mezclado con el jazmín lejano. El slap-slap de nuestros cuerpos chocando era música obscena, sus bolas golpeando mi culo suave.
Acabamos el ritmo, yo arriba ahora, cabalgándolo como amazona. Mis chichis rebotaban con cada bajada, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Sudor perlaba su frente, goteando en mi vientre. "Eres mi diosa del amor, la pasión que me consume", jadeó, otra frase que me llevó al borde. Aceleré, mi clítoris frotando su pubis, el orgasmo construyéndose como tormenta. "¡Ven conmigo, Javier!", grité, y exploté en espasmos, mi concha apretándolo como vicio.
Él se corrió segundos después, gruñendo mi nombre, su leche caliente llenándome, desbordando. Colapsamos juntos, respiraciones agitadas sincronizadas. Su peso sobre mí era perfecto, protector. Besos suaves en mi frente mientras el placer bajaba en olas suaves. "Neta, Ana, contigo todo es poesía de frases de amor y pasión", murmuró, acariciando mi cabello húmedo.
Nos quedamos así un rato, envueltos en el olor almizclado de nuestro amor. La ciudad zumbaba afuera, pero aquí dentro solo existíamos nosotros. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón calmarse. Esto es lo que necesitaba, pensé, plena y satisfecha. Mañana sería otro día, pero esta noche, con sus palabras y su cuerpo, era eterna.
Al final, mientras el sueño nos vencía, susurró una última: "Duerme, mi vida, que en tus sueños te seguiré amando con toda la pasión del mundo". Y así, enredados, nos fuimos al mundo de los sueños, listos para más.