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Pasión de Gavilanes Capítulo 78 La Llama Prohibida

7118 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 78 La Llama Prohibida

Ana se acomodó en el sofá de su departamento en Guadalajara, con el aire cargado del aroma dulce de las velas de vainilla que acababa de encender. La noche era cálida, de esas que invitaban a quedarse en casa, envueltos en el calor de los cuerpos. Luis, su novio de dos años, se sentó a su lado, su mano grande y callosa rozando casualmente su muslo desnudo bajo la falda corta. Qué chulo está hoy, pensó ella, notando cómo su camisa ajustada marcaba los músculos de su pecho.

—Órale, nena, ¿vamos a ver esa novela que tanto te gusta? —preguntó Luis con esa voz ronca que siempre le erizaba la piel.

—Sí, carnal, justo Pasión de Gavilanes capítulo 78. Dicen que ahí se arma buena —respondió Ana, guiñándole un ojo mientras sintonizaba el televisor. El sonido del opening llenó la habitación, con esa música dramática que prometía amores intensos y traiciones ardientes.

En la pantalla, los hermanos Reyes y las hermanas Elizondo se miraban con ojos de fuego, el aire entre ellos vibrando de tensión no resuelta. Ana sintió un cosquilleo en el vientre, como si la pasión de la novela se colara en su propia piel. Luis la atrajo más cerca, su aliento cálido contra su cuello oliendo a menta y a hombre después de un día de trabajo.

La mano de él subió un poco más por su muslo, trazando círculos lentos con los dedos. Ana contuvo un jadeo, mordiéndose el labio inferior.

¿Por qué cada vez que vemos esto me prende como yesca?
pensó, mientras en la tele una escena de celos explotaba en un beso robado, húmedo y desesperado.

El beso en la novela era puro fuego: bocas chocando, lenguas enredándose, manos aferrándose a la ropa como si el mundo se acabara. Ana giró la cabeza hacia Luis, sus ojos encontrándose en la penumbra iluminada por la pantalla.

—Mira eso, wey... qué pasión —murmuró ella, su voz ya ronca de anticipación.

Luis no dijo nada. En cambio, la besó. Sus labios fueron suaves al principio, probando, saboreando el gloss de fresa en los de ella. Pero pronto el beso se volvió hambriento, como el de la novela. Ana gimió bajito, el sonido ahogado por su boca. Sus lenguas danzaron, el sabor salado de su sudor mezclándose con el dulzor de su aliento. Sintió su erección presionando contra su cadera, dura y caliente a través de los jeans.

Las manos de Luis se colaron bajo su blusa, subiendo hasta encontrar sus pechos libres de sostén. Los amasó con gentileza, los pulgares rozando los pezones que se endurecían al instante. Ana arqueó la espalda, un escalofrío recorriéndole la espina dorsal. El olor de su excitación empezaba a flotar en el aire, almizclado y embriagador.

—Te sientes tan rica, mi amor —susurró él contra su oreja, mordisqueándola suavemente. El roce de sus dientes envió ondas de placer directo a su centro.

Ana lo empujó hacia atrás, montándose a horcajadas sobre él. La falda se arremangó hasta la cintura, revelando sus bragas de encaje negro ya húmedas. No aguanto más, se dijo, mientras desabotonaba su camisa con dedos temblorosos. La tela se abrió, dejando al descubierto su torso moreno, salpicado de vello oscuro que ella lamió con la lengua plana, saboreando el salado de su piel.

En la televisión, Pasión de Gavilanes capítulo 78 seguía su curso: ahora era una discusión acalorada que terminaba en caricias furtivas detrás de un establo. Ana rio bajito, el sonido vibrando contra el pecho de Luis.

—Ellos no tienen idea de lo que se nos viene —dijo ella, bajando la cremallera de sus jeans. Su miembro saltó libre, grueso y palpitante, la punta ya brillando de presemen. Lo envolvió con la mano, sintiendo las venas hinchadas bajo su palma, el calor que irradiaba como una brasa.

Luis gruñó, sus caderas elevándose instintivamente. —Muñeca, vas a volverme loco.

Ella se inclinó, su cabello cayendo como una cortina sobre su rostro mientras lo tomaba en la boca. El sabor era puro sexo: salado, ligeramente amargo, con ese toque único de él que la volvía adicta. Lo chupó despacio al principio, la lengua girando alrededor de la cabeza, luego más profundo, hasta que sintió su garganta acomodarse. Los gemidos de Luis llenaron la sala, graves y guturales, mezclándose con los diálogos apasionados de la novela.

Pero Ana quería más. Se enderezó, quitándose la blusa con un movimiento fluido. Sus pechos rebotaron libres, los pezones rosados y erectos clamando atención. Luis los capturó con la boca, succionando uno mientras pellizcaba el otro. El placer era agudo, como descargas eléctricas que se acumulaban entre sus piernas.

—Te necesito dentro de mí, pendejo —jadeó ella, empujándolo al sofá y quitándose las bragas. Se posicionó sobre él, frotando su humedad contra su longitud. El roce era exquisito, sus fluidos mezclándose, lubricando todo.

Luis la miró con ojos oscuros de deseo puro. —¿Estás segura, nena? ¿Aquí mismo?

—Sí, cabrón, fóllame ya —exigió ella, empalándose en él de un solo movimiento. El estiramiento fue delicioso, llenándola por completo. Gritó su nombre, las paredes de su sexo contrayéndose alrededor de su grosor.

Comenzaron a moverse al unísono, un ritmo primitivo y frenético. El sofá crujía bajo ellos, el slap-slap de piel contra piel resonando como aplausos obscenos. Ana cabalgaba con fuerza, sus uñas clavándose en los hombros de él, dejando medias lunas rojas. Sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre sus pechos, el olor almizclado intensificándose con cada embestida.

Esto es mejor que cualquier novela
, pensó Ana mientras él la volteaba, poniéndola de rodillas en el sofá. Entró por detrás, profundo y posesivo, una mano en su cadera y la otra enredada en su cabello. Cada golpe rozaba ese punto dentro de ella, construyendo la tensión como una tormenta.

—¡Más duro, Luis! ¡Ay, qué rico! —gritaba ella, el placer volviéndose insoportable. Sus bolas golpeaban su clítoris, enviando chispas de éxtasis.

Él aceleró, sus gruñidos convirtiéndose en rugidos. —Me vengo, mi reina... ¡juntos!

El orgasmo la golpeó como un rayo, su cuerpo convulsionando, el sexo apretándolo en espasmos mientras chorros calientes la llenaban. Gritó, el mundo reduciéndose a esa explosión de sensaciones: el pulso de él dentro, el temblor de sus muslos, el sabor de su propio sudor en los labios.

Colapsaron juntos, jadeantes, enredados en el sofá. La novela seguía de fondo, pero ya nadie prestaba atención. Luis la besó en la frente, su mano acariciando su espalda en círculos perezosos.

—Gracias a Pasión de Gavilanes capítulo 78 por la inspiración —murmuró él con una sonrisa cansada.

Ana rio suavemente, acurrucándose contra su pecho. El corazón de él latía fuerte bajo su oreja, un tambor de satisfacción. Esto es lo que necesitaba: pasión real, no de ficción. La noche se extendía ante ellos, prometiendo más rondas, más susurros, más de ese fuego que solo ellos podían avivar.

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