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Pasiones Tóxicas

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Pasiones Tóxicas

La noche en Polanco olía a jazmín y a tequila reposado, con ese calor pegajoso que se te pega a la piel como una promesa. Yo, Ana, acababa de entrar al bar de siempre, con mi vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa urbana. Llevaba semanas sin verlo, pero ahí estaba él, Javier, sentado en la barra con esa sonrisa de pendejo que me volvía loca. Sus ojos oscuros me clavaron en el sitio, y sentí ese cosquilleo familiar en el estómago, como si mi cuerpo recordara cada roce de sus manos.

¿Por qué carajos vengo aquí si sé que lo voy a encontrar? pensé, mientras me acercaba. Javier era mi pasión tóxica, el tipo que me había roto el corazón dos veces, pero que cada vez que nos veíamos, desataba un fuego que no podía apagar. "Órale, Ana, qué buena onda verte, wey", dijo él con esa voz ronca que me erizaba la piel. Le di un beso en la mejilla, pero mi nariz captó su colonia, esa mezcla de sándalo y hombre que me hacía salivar.

Pedimos unos tequilas, y mientras charlábamos de pendejadas —el tráfico infernal, el pinche jefe que nos tenía hasta la madre—, su rodilla rozaba la mía bajo la barra. Cada toque era eléctrico, como chispas en la oscuridad. "Te extrañé, nena", murmuró, y su aliento cálido contra mi oreja me hizo apretar los muslos. Neta, sabía que era una mala idea, pero mi cuerpo no escuchaba razones. Sus dedos subieron por mi muslo, despacio, tanteando, y yo no lo detuve. Al contrario, me incliné más cerca, oliendo el sudor leve de su cuello, ese aroma que gritaba deseo puro.

Salimos del bar tomados de la mano, el bullicio de la avenida nos envolvía como un abrazo caótico. Caminamos hasta su departamento en una torre reluciente, con vistas al skyline de la ciudad. En el elevador, no aguantamos más: sus labios se estrellaron contra los míos, urgentes, saboreando a tequila y a menta. Mi lengua bailó con la suya, áspera y hambrienta, mientras sus manos me apretaban el culo con fuerza posesiva. "Eres mi vicio, Ana", jadeó contra mi boca, y yo respondí mordiéndole el labio inferior, sintiendo su erección dura contra mi vientre.

Adentro, la luz tenue de las lámparas pintaba sombras en su piel morena. Me quitó el vestido con dedos temblorosos, besando cada centímetro que descubría: el hueco de mi clavícula, el valle entre mis pechos. Olía a su excitación, ese musk almizclado que me inundaba los sentidos. Me tendió en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que se sentían como seda contra mi espalda desnuda. "Déjame probarte", susurró, y su boca descendió por mi cuerpo, lamiendo el sudor salado de mi ombligo.

Estas pasiones tóxicas nos van a matar algún día, pero qué chido morir así, pensé, mientras sus labios rozaban mi monte de Venus, enviando ondas de placer que me arquearon la espalda.

Su lengua se hundió en mí, caliente y experta, saboreando mis jugos con gemidos guturales que vibraban contra mi clítoris. Agarré su cabello negro, tirando fuerte, mientras mis caderas se mecían al ritmo de su boca. "¡Sí, Javier, así, cabrón!", grité, el sonido de mi voz rebotando en las paredes insonorizadas. El aire se llenó del slap húmedo de su lengua, del olor acre de mi arousal mezclado con su saliva. Sentí el orgasmo construyéndose, una tensión deliciosa en mi bajo vientre, hasta que explotó en oleadas que me dejaron temblando, con las piernas flojas y el corazón latiendo como tambor.

Pero no paramos. Él se incorporó, quitándose la camisa con un movimiento fluido que dejó al descubierto su pecho tatuado —un águila devorando una serpiente, puro México en su piel—. Lo empujé contra el colchón, montándome a horcajadas. Su verga palpitaba, gruesa y venosa, goteando precum que lamí con deleite, salado y ligeramente dulce. "Métetela, Ana, no aguanto", suplicó, con los ojos vidriosos de lujuria. Me acomodé sobre él, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía placenteramente, y gemí largo cuando nuestros pubes se tocaron.

Cabalgaba despacio al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, el roce de sus bolas contra mi culo. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras, enviando descargas directas a mi coño. El sudor nos unía, resbaladizo, y el slap slap de carne contra carne se mezclaba con nuestros jadeos. "Eres tan chingona, wey, me tienes loco", gruñó él, embistiéndome desde abajo con fuerza controlada. Aceleré, el placer subiendo como lava, mis uñas clavándose en su pecho mientras el clímax nos barría a los dos. Él se corrió dentro de mí con un rugido, caliente y abundante, y yo colapsé sobre su torso, sintiendo las contracciones de su polla ordeñándome.

Nos quedamos así un rato, respiraciones entrecortadas calmándose en el silencio roto solo por el zumbido del aire acondicionado. Su mano acariciaba mi espalda en círculos perezosos, y yo besaba su cuello, probando el salitre de nuestro esfuerzo. "Esto es una locura, Javier. Nuestras pasiones tóxicas siempre terminan igual: en llamas", murmuré, con la cabeza en su pecho oyendo los latidos que se normalizaban.

Él rio bajito, esa risa que me derretía. "Pero neta, Ana, ¿quién necesita cordura cuando está esto? Tú y yo somos adictos el uno al otro, como el tequila bueno que quema pero sabe a gloria". Me incorporé para mirarlo, sus ojos cafés brillando con esa mezcla de ternura y fuego. Por un momento, imaginé una vida normal, sin dramas, sin rupturas. Pero sabía que no, esto era lo nuestro: explosivo, adictivo, tóxico pero jodidamente perfecto.

Nos duchamos juntos después, el agua caliente lavando el sudor pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas resbalaban por mi piel, reviviendo chispas, pero esta vez solo nos mimamos, besos suaves bajo el chorro. Salimos envueltos en toallas, y mientras él preparaba unos tacos de carnitas en la cocina —el olor a cebolla y cilantro llenando el aire—, hablamos de todo y nada. "Vente conmigo a la playa el fin, ¿va?", propuso, y yo asentí, sabiendo que sería otro ciclo de éxtasis y dolor.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa sobre las torres de vidrio, nos despedimos en la puerta con un beso que prometía más. Caminé por las calles despertando, el cuerpo aún zumbando de placer, el sabor de él en mi lengua. Pasiones tóxicas, sí, pero las mías, y valían cada maldito segundo. Mañana pensaría en las consecuencias, pero hoy, solo sonreía como idiota.

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