Pasión Prohibida de Mónica Spear
Yo soy Mónica Spear, la reina de las telenovelas, con curvas que encienden pantallas y ojos que hipnotizan a medio México. Pero detrás de las luces y los aplausos, late una pasión prohibida que me quema por dentro. Todo empezó en el set de filmación de Pasión Prohibida, esa novela que prometía ser el hit del año. Ahí estaba Diego, mi coprotagonista, con su mandíbula cuadrada, tatuajes asomando bajo la camisa y una mirada que me hacía temblar las rodillas. Órale, neta que desde el primer ensayo supe que íbamos a meternos en broncas.
Era un día caluroso en los estudios de Televisa, en San Ángel. El aire olía a café recién molido y a maquillaje dulce, mezclado con el sudor de los extras. Yo llevaba puesto el vestido rojo ajustado de mi personaje, una viuda ardiente que se enamora del capataz de la hacienda. Diego, con su camisa blanca desabotonada, simulaba ser ese hombre rudo del campo.
«Míralo, Mónica, qué chulo se ve sudado. No mames, ¿por qué el productor nos obliga a ensayar solos estas escenas tan calientes?»pensé mientras el director gritaba "¡Acción!".
Su mano rozó mi cintura al fingir el primer beso. El toque fue eléctrico, como un rayo que me recorrió la espina dorsal. Su piel cálida contra la mía, el aroma masculino de su colonia mezclada con sal de sudor... Sentí mi corazón latiendo a todo lo que daba, y entre las piernas un calor húmedo que me traicionaba. Terminamos la toma, pero él no soltó mi mano de inmediato. Sus ojos cafés me clavaron: "Estás increíble, Mónica. Neta que esto de Pasión Prohibida se siente demasiado real." Yo solo atiné a sonreír, mordiéndome el labio, mientras el crew aplaudía.
La tensión creció esa semana. Cada ensayo era una tortura deliciosa. En una escena, tenía que caer en sus brazos después de una "pelea". Su pecho duro contra mis tetas, el roce de su verga semi-dura contra mi muslo... ¡Qué rico! Olía a él todo el día, a hombre hecho y derecho. Por las noches, en mi depa en Polanco, me tocaba pensando en Diego.
«No puedo, carnal. El productor dijo que nada de romances en el set, o nos corre a los dos. Pero ¿y si solo es un rato? ¿Quién se entera?»Mi clítoris palpitaba bajo mis dedos, imaginando su lengua ahí.
El conflicto explotó el viernes, después de una fiesta de productores en un roof top con vista al Periférico iluminado. Todos bailando cumbia rebajada, chelas frías y tacos de suadero humeantes. Diego me acorraló en un rincón, su aliento con tequila rozando mi oreja. "Mónica, no aguanto más. Esa pasión prohibida de la novela... la quiero contigo de verdad." Su mano subió por mi espalda desnuda, enviando escalofríos. Yo, empinándome contra él, sentí su verga tiesa presionando mi panza. "Diego, pendejo, nos van a cachar. Pero... chinga, ven conmigo."
Nos escabullimos al elevador. Adentro, solos, nos comimos a besos. Su boca sabía a tequila y limón, lengua invadiendo la mía con hambre de lobo. Manos por todos lados: él amasándome las nalgas, yo arañándole la espalda. Bajamos a su hotel cercano, un cinco estrellas con sábanas de mil hilos. La puerta se cerró y ya estábamos desnudos. Su cuerpo era un sueño: pectorales duros, abdomen marcado, verga gruesa y venosa apuntando al techo. Olía a deseo puro, ese musk animal que me volvía loca.
Acto dos: la escalada. Me tiró a la cama, besando mi cuello, mordisqueando hasta dejar chupetones. Sus labios bajaron a mis tetas, chupando los pezones duros como piedras. Gemí fuerte, "¡Ay, Diego, qué rico, no pares!" Su lengua trazaba círculos, tirando suave con los dientes. Bajó más, lamiendo mi ombligo, hasta llegar a mi concha empapada. El olor de mi excitación llenaba la habitación, dulce y salado. Él inhaló profundo: "Neta que hueles a paraíso, Mónica." Separó mis labios con los dedos, lamiendo el clítoris con la punta de la lengua. ¡Madre mía! Ondas de placer me sacudían, mis caderas se movían solas, empujando contra su boca. Metió dos dedos, curvándolos justo en mi punto G, mientras succionaba. Grité, arqueándome, el sudor perlando mi piel.
Lo volteé, queriendo mi turno. Su verga en mi mano, caliente y pulsante, venas saltando. La lamí desde la base, saboreando el pre-semen salado. Él gruñó, "¡Órale, Mónica, trágatela toda!" La engullí hasta la garganta, sintiendo cómo latía. Jugaba con sus huevos, pesados y calientes. Él me jalaba el pelo suave, guiándome. Pero quería más. Me subí encima, frotando mi concha mojada contra su pija. "Cójeme ya, cabrón. Hazme tuya." Deslicé su verga adentro, centímetro a centímetro. ¡Qué estirón tan delicioso! Llenándome hasta el fondo, tocando mi cervix.
Cabalgamos como posesos. Mis tetas rebotando, él amasándolas. El sonido de piel contra piel, chapoteo de jugos, nuestros jadeos mezclados con el tráfico lejano de la ciudad. Sudor goteando, mezclándose. Cambiamos: él encima, misionero profundo. Sus embestidas fuertes, saliendo casi todo y metiendo hasta el fondo.
«Esto es nuestra Pasión Prohibida, Mónica Spear. Nadie nos para.»pensé en éxtasis. Me volteó a perrito, jalándome las caderas, azotando mis nalgas. El placer subía como marea, mi concha contrayéndose alrededor de su verga. "¡Me vengo, Diego! ¡No pares!" Explosión: orgasmos múltiples, piernas temblando, chorros de placer.
Él se vino después, gruñendo como bestia, llenándome de leche caliente que chorreaba por mis muslos. Colapsamos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. El olor a sexo impregnaba todo, sábanas revueltas. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse.
En el afterglow, fumamos un cigarro en la terraza, Reforma brillando abajo. "Esto fue chingón, pero prohibido, ¿eh? El productor nos mata si se entera." Él me besó la frente: "Pues que nos mate, Mónica. Tú vales la pena. Seguiremos viéndonos, en secreto." Sonreí, saboreando el beso final, su sabor en mi boca. La pasión prohibida de Mónica Spear apenas empezaba. Mañana, al set, fingiríamos ser solo actores. Pero por dentro, ardíamos.
Desde esa noche, cada mirada en el set era fuego. Toques "accidentales" que nos dejaban jadeando. Nuestra historia, como la novela, prometía más giros. Neta, la vida es más caliente que cualquier guion.