Relatos Prohibidos
Inicio Sexo con Maduras La Flor Pasional Despierta La Flor Pasional Despierta

La Flor Pasional Despierta

7372 palabras

La Flor Pasional Despierta

La noche en la fiesta de Polanco era un remolino de luces tenues y risas alegres. El aire olía a jazmín fresco mezclado con el humo dulce de los cigarros finos que fumaban los invitados. Yo, Ana, de treinta y dos años, con mi vestido rojo ceñido que acentuaba mis curvas, me sentía como una bomba a punto de estallar. Había llegado sola, harta de las noches solitarias en mi departamento de la Condesa, buscando algo que me hiciera vibrar de verdad.

Entonces lo vi. Javier, alto, con esa piel morena que brillaba bajo las luces, camisa blanca arremangada mostrando brazos fuertes. Sus ojos negros me atraparon desde el otro lado de la sala. Órale, este wey es puro fuego, pensé mientras tomaba un sorbo de mi margarita helada, el limón picante en mi lengua despertando mis sentidos. Se acercó con una sonrisa pícara, oliendo a colonia amaderada y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

—Hola, preciosa. ¿Qué hace una flor pasional como tú en un jardín tan aburrido? —me dijo, su voz grave retumbando en mi pecho como un tambor.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. ¿Flor pasional? Nadie me había llamado así nunca. Sus palabras me encendieron por dentro, como si supiera exactamente lo que bullía bajo mi piel calmada.

¿Y si esta noche dejo de ser la Ana correcta y me entrego al deseo que me quema?

Hablamos de todo: de la ciudad que nunca duerme, de tacos al pastor en la esquina y de cómo la vida en México te obliga a ser apasionado o te come vivo. Sus manos rozaban las mías al gesticular, enviando chispas eléctricas por mi espina. El sonido de la banda sonidera retumbaba, invitándonos a bailar. Lo hice, pegándome a su cuerpo firme, sintiendo el calor de su torso contra mis pechos. Su aliento en mi cuello era caliente, con sabor a tequila, y yo arqueé la espalda, deseando más.

La tensión crecía con cada giro. Sus caderas contra las mías, el roce sutil de su dureza creciente que me hacía mojarme entre las piernas. Neta, este carnal me va a volver loca. Le susurré al oído: —¿Y si nos salimos un rato, Javier? Este jardín necesita un poco de tu fuego.

Me tomó de la mano y salimos al balcón, donde el viento fresco de la noche nos envolvió. Las estrellas parpadeaban sobre los edificios iluminados de la colonia. Nos besamos por primera vez allí, sus labios carnosos devorando los míos con hambre. Sabían a sal y deseo puro. Su lengua exploró mi boca, y yo gemí bajito, mis uñas clavándose en su nuca. El olor de su sudor mezclado con mi perfume floral me mareaba. Sus manos bajaron a mis nalgas, apretándolas con fuerza posesiva pero tierna.

—Eres mi flor pasional, Ana —murmuró contra mi piel–. Quiero verte abrirte para mí.

El corazón me latía como un mariachi enloquecido. Lo jalé adentro, hacia uno de los cuartos vacíos de la casa. La puerta se cerró con un clic que sonó a promesa. La luz de la luna se colaba por las cortinas, bañándonos en plata. Nos desvestimos despacio, saboreando cada revelación. Su camisa cayó, mostrando un pecho velludo y musculoso que olía a hombre puro. Yo dejé caer mi vestido, quedando en tanga negra y bra de encaje. Sus ojos se oscurecieron de lujuria.

—Qué chingona estás, mi flor —dijo, arrodillándose frente a mí.

Su boca encontró mis pezones endurecidos, chupándolos con succión suave al principio, luego más fuerte. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Sus manos masajeaban mis muslos, subiendo hasta mi centro húmedo. Sentí sus dedos deslizándose bajo la tela, rozando mi clítoris hinchado. Ay, Dios, qué rico se siente esto. El aroma de mi propia excitación llenaba el aire, almizclado y dulce.

No puedo creer que esté pasando. Este wey me está despertando algo que ni sabía que tenía.

Lo empujé a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como una caricia. Me subí encima, besando su cuello salado, bajando por su abdomen definido. Su verga se erguía dura, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y grosor. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado y ligeramente dulce. Javier gruñó, sus caderas alzándose.

—Chúpamela, flor pasional. Sí, así... neta, eres una diosa.

La engullí profunda, mi garganta acomodándose a su tamaño. El sonido húmedo de mi boca en él era obsceno, excitante. Sus manos enredadas en mi cabello, guiándome sin forzar. Me empapaba más con cada gemido suyo, mi concha palpitando de necesidad. Me detuve antes de que se viniera, queriendo guardarlo para lo que seguía.

Me recostó boca arriba, abriendo mis piernas con delicadeza. Su lengua atacó mi panocha depilada, lamiendo mis labios hinchados, chupando el clítoris con maestría. Sentí oleadas de placer subiendo por mi vientre, mis jugos cubriendo su barbilla. Olía a sexo crudo, a nosotros dos fundiéndonos. Grité su nombre, mis muslos temblando alrededor de su cabeza.

—¡Javier, no pares! Me voy a venir...

El orgasmo me golpeó como un rayo, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer escapando. Él lamió todo, sonriendo triunfante. Entonces se posicionó entre mis piernas, su verga rozando mi entrada resbaladiza.

—¿Quieres que te la meta, mi flor pasional?

—Sí, chíngame ya. Lléname.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placentero se mezcló con éxtasis puro. Sus embestidas empezaron lentas, profundas, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Aceleró, sus huevos golpeando mi culo, mis tetas rebotando. Lo monté después, cabalgándolo como una amazona, mis caderas girando, sintiendo su verga tocar mi punto G una y otra vez.

El cuarto se llenó de nuestros jadeos, el crujir de la cama, el olor almizclado del clímax acercándose. Sus manos en mis caderas, guiándome más fuerte.

—¡Ana, qué rica estás! Tu concha me aprieta como guante...

Soy su flor pasional, abriéndome al sol de su deseo. Nunca me había sentido tan viva, tan mujer.

Cambié a cuatro patas, él detrás, penetrándome duro. Sus dedos en mi clítoris, embistiéndome como animal. El placer creció en espiral, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Vino primero, gruñendo mi nombre, su leche caliente llenándome en chorros potentes. Eso me llevó al borde: exploté en un orgasmo múltiple, gritando, el mundo disolviéndose en luces blancas.

Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegada a piel. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi hombro. El aire olía a sexo satisfecho, a jazmín marchito por la pasión. Afuera, la fiesta seguía, pero nosotros estábamos en nuestro propio paraíso.

—Despertaste mi flor pasional, Javier —le susurré, trazando círculos en su pecho.

—Y tú la mía, mi amor. Esto apenas empieza.

Me quedé allí, sintiendo su pulso calmarse contra el mío, un calor profundo en el alma. Por primera vez, México nocturno no me parecía caótico, sino lleno de promesas ardientes. La flor pasional había despertado, y nada volvería a ser igual.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.