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Pasion de Gavilanes Capitulo 146 Fuego en las Venas

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Pasion de Gavilanes Capitulo 146 Fuego en las Venas

La noche caía sobre la hacienda como un manto de terciopelo negro, cargado del aroma dulce de las buganvillas y el humo lejano de una fogata. Gabriela se recargaba en la baranda del porche, el vestido ligero de algodón mexicano pegándose a su piel por el calor húmedo del verano. Sus ojos, oscuros y brillantes como obsidiana, escaneaban el camino de tierra rojiza esperando a Javier. Hacía semanas que no se veían, desde esa pelea tonta por celos absurdos, pero esta noche todo cambiaría. En su mente, revivía Pasión de Gavilanes capítulo 146, esa escena donde la pasión estallaba como un volcán, y se imaginaba a sí misma como la protagonista, lista para entregarse sin reservas.

El rugido del motor de la camioneta rompió el silencio, y ahí venía él, con su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando el vello oscuro que Gabriela tanto adoraba tocar. Javier era alto, moreno, con manos callosas de tanto trabajar la tierra, pero tierno cuando se lo proponía. Aparcó y bajó de un salto, su sonrisa pícara iluminando la penumbra.

—Órale, mi reina, ¿me extrañaste? dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel.

Gabriela sintió un cosquilleo en el vientre, el deseo despertando como una llama lenta. Se acercó, rozando su cuerpo contra el de él, inhalando su olor a tierra, sudor fresco y un toque de colonia barata que lo hacía irresistible.

—Más de lo que crees, cabrón, murmuró ella, mordiéndose el labio. Esta noche va a ser como en Pasión de Gavilanes capítulo 146, pura pasión sin frenos.

Javier rio bajito, tomándola por la cintura y atrayéndola hacia la casa. El interior era cálido, iluminado por velas que parpadeaban sobre la mesa de madera rústica, con una botella de tequila reposado esperando. La besó entonces, un beso profundo, hambriento, sus lenguas danzando con sabor a menta y anhelo acumulado. Sus manos exploraban la curva de su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas con firmeza, haciendo que Gabriela jadeara contra su boca.

La tensión inicial se disipaba como niebla al sol. Habían discutido por una foto inocente en redes, tonterías de weyes celosos, pero ahora solo importaba el pulso acelerado de sus corazones latiendo al unísono. Javier la llevó al sofá amplio, cubierto de cojines bordados a mano, y la sentó en su regazo. Ella sentía su erección dura presionando contra su entrepierna, un recordatorio ardiente de lo que vendría.

¿Por qué peleo con él si esto es lo que más quiero? Su calor me quema, me hace sentir viva, deseada como una diosa azteca.

Las manos de Gabriela desabotonaron la camisa de Javier con urgencia, revelando su torso musculoso, marcado por el sol. Lo besó ahí, lamiendo el salado de su piel, bajando hasta el ombligo mientras él gemía bajito, —Ay, Gabriela, qué rica eres, no pares. El aire se llenaba del aroma almizclado de su excitación, mezclado con el tequila que él sirvió en vasos de cristal tallado. Bebieron un trago, el líquido quemando sus gargantas, avivando el fuego interior.

Él levantó su vestido, deslizando las manos por sus muslos suaves, subiendo hasta encontrar sus bragas de encaje húmedas. Gabriela arqueó la espalda, un suspiro escapando de sus labios pintados de rojo. Javier la miró a los ojos, pidiendo permiso con esa mirada intensa.

—Dime que lo quieres, mi amor, susurró.

—Sí, Javier, te quiero todo, hazme tuya, respondió ella, empoderada en su deseo.

La quitó la ropa con delicadeza reverente, exponiendo su cuerpo desnudo a la luz danzante de las velas. Sus pechos firmes, pezones endurecidos como chocolate amargo, imploraban atención. Javier los tomó en su boca, succionando con maestría, haciendo que ondas de placer recorrieran su espina dorsal. Gabriela enredó los dedos en su cabello negro, tirando suavemente, guiándolo.

El conflicto interno de Gabriela bullía: ¿Y si mañana volvemos a pelear? No, esta noche es nuestra, puro fuego como en esa telenovela que tanto me prende. Javier la recostó, besando un sendero ardiente por su vientre, hasta llegar a su centro húmedo y palpitante. Su lengua experta exploró cada pliegue, saboreando su néctar dulce y salado, mientras ella gemía alto, las caderas moviéndose al ritmo de su boca. ¡Qué chingón eres, no pares, cabrón!

Los sonidos llenaban la habitación: lamidas húmedas, jadeos entrecortados, el crujir del sofá bajo sus cuerpos. El olor a sexo se intensificaba, embriagador, como incienso prohibido. Javier se incorporó, quitándose los pantalones, su miembro erecto saltando libre, grueso y venoso, listo para ella. Gabriela lo tomó en su mano, acariciándolo con lentitud tortuosa, sintiendo su pulso furioso bajo la piel aterciopelada.

Se posicionó sobre él, guiándolo dentro de su calor resbaladizo. Lentamente, centímetro a centímetro, lo acogió, gimiendo por la plenitud exquisita. —Eres enorme, mi rey, me llenas tanto, susurró. Comenzaron a moverse, un vaivén hipnótico, piel contra piel sudorosa, el slap slap de sus cuerpos uniéndose como música erótica.

La intensidad crecía. Javier la volteó, poniéndola de rodillas, penetrándola desde atrás con thrusts profundos que la hacían gritar de placer. Sus manos amasaban sus pechos, pellizcando pezones, mientras ella empujaba hacia él, exigiendo más.

Esto es el paraíso, su verga me parte en dos de la mejor manera, soy suya y él mío, sin cadenas.
El clímax se acercaba, tensiones liberándose en oleadas. Gabriela sintió el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en su bajo vientre, explotando en estrellas detrás de sus párpados cerrados. Gritó su nombre, contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo.

Javier la siguió segundos después, gruñendo como un animal salvaje, derramándose dentro de ella en chorros calientes. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y satisfacción. El afterglow los envolvió como una manta suave, el corazón de Gabriela latiendo sereno contra el pecho de él.

Minutos después, Javier la besó en la frente, —Perdóname por lo de antes, mi vida. Eres lo único que quiero.

Ella sonrió, trazando círculos en su piel con la uña. —Yo también, amor. Esta noche fue épica, como Pasión de Gavilanes capítulo 146 pero mejor, porque es real.

Se quedaron así, envueltos en el aroma persistente de su unión, escuchando el canto de los grillos afuera y el viento susurrando promesas. La reconciliación era total, el deseo saciado pero con un rescoldo listo para encenderse de nuevo. Gabriela cerró los ojos, sabiendo que su historia continuaba, capítulo a capítulo, llena de pasión eterna.

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